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jueves, 28 de septiembre de 2023

El negocio del ocio

 

Siguiendo una tradición de este blog, voy a colgar mi propuesta para las jornadas de investigación que anualmente se hacen en UNEARTE. El tema esta vez es la ociosidad. El ocio, por supuesto, no es sólo un negocio: es una de las mayores industrias que existen en el mundo. Los saltimbanquis, payasos, trapecistas, trabajan por gusto, pero trabajan muy duro para que los que no necesariamente trabajan por gusto tengan algo que hacer cuando les dejan libres por un rato de sus asalariados trabajos. 

Probablemente vamos hacia una civilización del ocio. Es peligroso, requiere tener mucha conciencia. ¿Qué haríamos si no tuviéramos que trabajar? No todos somos artistas, por desgracia, y como dijo un sabihondo, el arte no es democrático. Quizás va siendo hora de pensar bien ese tema. Algunos no sabrán cómo manejar la ociosidad. La inteligencia artificial amenaza con dejarnos a solas con nuestra estupidez natural. Sigo perplejo y estupefacto. Al menos tengo este blog, que voy llenando para que Google no me lo cierre, y ofreciendo algunas ideas peregrinas a mis cuatro gatos lectores...

REIVINDICACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE LA OCIOSIDAD

DE LUDOVICO SILVA

PEDRO LEONARDO GONZÁLEZ

Pobres trabajadores. ¡Cornudos y apaleados! El trabajo es una maldición, Saturno. ¡Abajo el trabajo que se hace para ganarse la vida! Ese trabajo no dignifica, como dicen, no sirve más que para llenarles la panza a los cerdos que nos explotan. Por el contrario, el trabajo que se hace por gusto, por vocación, ennoblece al hombre. Todo el mundo tendría que poder trabajar así. Mírame a mí: yo no trabajo, y ya lo ves, vivo; vivo mal, pero vivo sin trabajar.

Diálogo con un sordomudo de Don Lope, en Tristana, de Luis Buñuel.

“La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Esta sentencia la oímos repetir desde que tenemos uso de razón. ¿Pero y si la ociosidad fuera, por el contrario, la madre de todas las grandes obras del arte y del pensamiento? Ya Aristóteles, en su Metafísica, afirmaba que la matemática (máthesis, que en griego significa conocimiento y deseo de saber) había nacido en Egipto, porque ahí la casta sacerdotal podía disfrutar a sus anchas de todo el ocio y el tiempo libre que quisieran.

Esta es una reflexión muy importante en nuestros tiempos, pues aún existe un culto pseudo-religioso, una sacralización del trabajo. Paul Lafargue es autor de una obra que viene como anillo al dedo en apoyo a esta argumentación: se trata de El derecho a la pereza, también conocida como Refutación del derecho al trabajo. En ella, este yerno cubano de Carlos Marx asegura que el amor al trabajo es una locura, una extraña aberración mental, sobre todo entre las clases trabajadoras. Los curas, los economistas y los moralistas han sacro-santificado al trabajo, a pesar de que éste era originalmente una maldición de Dios. En el Paraíso, Adán y Eva andaban desnudos y libres por ahí, disfrutando de una ociosidad perfecta. Al pretender igualarse a Dios, por intermedio de la serpiente y el conocimiento del bien y del mal (es decir, de la moral), fueron expulsados de aquel estado de perfecta felicidad, y se les impuso como la peor de todas las condenas aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Laura Marx y Paul Lafargue

 

El trabajo aparece como la causa de toda degeneración intelectual y orgánica según Lafargue, quien también recuerda que los antiguos sabios griegos despreciaban el trabajo. Sólo a los esclavos se les permitía trabajar. Los poetas cantaban loas a la pereza, y consideraban el ocio como un regalo de los dioses. Incluso Cristo alabó la pereza, cuando dijo que los lirios del campo, que nunca trabajaban, eran más hermosos que Salomón en toda su gloria.

En el capitalismo, el trabajo es sinónimo de dolor, miseria y corrupción. Hombres, mujeres y niños crearon la civilización industrial con jornadas de trabajo de quince horas. Y todo eso para que los filántropos autodenominados bienhechores de la humanidad pudieran estarse sin trabajar, dando trabajo a los pobres. “Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista”.

Entonces, en vez de ser la ociosidad la madre de todos los vicios, ¿será el trabajo el peor de todos los vicios? Depende. Porque existe otro tipo de trabajo: no el que se hace porque no queda más remedio, para no morirse de hambre, sino el que, en palabras de Don Lope, “se hace por gusto, por vocación”. Ese, que por el contrario, “ennoblece al hombre”, no es otro que el trabajo del artista, del poeta (no sólo el que hace versos, rimados o no. Según la etimología griega, el poeta es “el que hace”… arte, poesía, música, filosofía… y lo que le da la gana).

Y ya va siendo hora de hablar de Ludovico Silva y su Filosofía de la Ociosidad. Al poeta nunca lo conocí personalmente, pues él murió en 1988, y yo empecé en la escuela de filosofía de la UCV en el año 2000. Siempre he creído que, para ese entonces, la escuela había entrado en decadencia: ya no estaban, para citar tres nombres, ni Ludovico, ni García Bacca, ni Juan Nuño. Por cierto, lo que me motivó a estudiar filosofía fue que estaba harto y asqueado del trabajo. Hasta el año anterior había sido traductor de doblaje, sometido a la consabida explotación y desprecio de los capataces de empresas como Etcétera, que trataban a sus trabajadores como a un rebaño de llamas (entiéndase, camélidos del Perú y zonas aledañas) de su propiedad. En mis primeros años en la UCV, me preguntaron por qué había escogido la filosofía. Yo respondí que estaba harto del trabajo y quería dedicarme a hacer algo perfectamente inútil. Eso hasta me ganó cierto prestigio entre mis compañeros.

Ludovico Silva de 17 años

Aunque siempre tuve preferencia por los filósofos griegos antiguos, especialmente Epicuro, cuando tuve que hacer mi tesis de grado me encontré que iba a ser muy difícil encontrar un tutor, pues los grandes cacaos de la filosofía antigua pertenecían a lo que yo llamaba “la derecha ilustrada” y no eran receptivos al tema que a mí me interesaba, que era la postura crítica de Epicuro ante la filosofía de Platón. Entonces tomé un seminario sobre marxismo en las obras de Ludovico Silva con el profesor Gonzalo León. Me asocié con mi compañero y veterano locutor de radio José Antonio González y nos pusimos a trabajar con el profe León. Hacer una tesis, como le dije a alguien en aquel momento, es como hacer un negocio a conveniencia de todos los socios.

La columna vertebral de la tesis era un libro de Ludovico, La alienación como sistema, que nos condujo al descubrimiento de una de las obras menos conocidas de Marx, los misteriosos Grundrisse. Fue una revelación descubrir en ese libro de difícil lectura una noción muy esclarecedora sobre el tema del trabajo: el sistema de producción capitalista, cada vez más dependiente de la tecnología, llegaría a un punto en que podría prescindir por completo del trabajo humano. El trabajador se dedicaría apenas a inspeccionar el funcionamiento de las máquinas; y el tiempo libre, el ocio, que había sido hasta entonces privilegio exclusivo de la clase propietaria, se generalizaría a toda la sociedad. Es exactamente lo que se visualiza hoy en día con la Inteligencia Artificial. El nuevo problema para los ex-trabajadores será qué hacer con el tiempo libre, o sea, con la ociosidad.

La tesis era sobre la alienación del tiempo libre. Hay dos anécdotas personales que recuerdo de esos tiempos. La primera era que el profe León, nuestro tutor, hacía una diferenciación muy fuerte entre tiempo libre y ocio. El primero tenía connotaciones nobles y positivas; el segundo era, desde luego, el padre de todos los vicios. Cuando se habla de ociosidad, parece que todo el mundo se vuelve moralista. Eso se debe en parte a que se supone que en Venezuela la gente no siente esa veneración por el trabajo, y que por culpa de ello es que el país está atrasado. Si fuéramos como los portugueses, verdaderos animales de trabajo, o disciplinados como los alemanes y japoneses, el país echaría adelante. Quién sabe. ¿Qué sería de España si todos fueran laboriosos y aplicados como los catalanes? No tendrían ni flamenco ni toreros ni la picaresca de los andaluces. Sería un país incompleto.

La otra anécdota es que descubrí entre los títulos (más de treinta) de la bibliografía de Ludovico uno que me llamó la atención: Filosofía de la Ociosidad. Era difícil de encontrar. No había sido re-editado en la nueva colección del IPAS-ME (tal vez porque los derechos los tiene la Academia Nacional de la Historia). Por fin lo ubiqué en la biblioteca de la UCSAR. Llené mi ficha para pedirlo. Pero cuando me lo trajo, la señora bibliotecaria tenía una expresión rara en su rostro. Parecía estar escandalizada de que hubiera un libro que uniera la detestable palabra “ociosidad” con la respetabilidad de la “filosofía”.

Nietzsche loco

Filosofía de la ociosidad
es un compendio (de casi 400 páginas) de “aforismos, sentencias, petits essays, fragmentos, diarios perdidos, oraciones, poemas, jaculatorias, rendición de cuentas…” y, si no me equivoco, fue el último libro que su autor publicó en vida (en 1987, Ludovico falleció en 1988). Aparte de la evidente analogía con el estilo aforístico de Nietzsche, también se dio la circunstancia de que el año anterior, Ludovico había sido internado en una clínica mental “porque estaba loco”, al igual que el teutón de los bigotes chorreados. El alcohol, viejo compañero de su vida bohemia, había producido aquella crisis casi letal cuando su hígado decidió pasarle factura.

Con toda intención de desnudarse (o confesarse) ante sus lectores, el libro inicia con esta cita de Antonio Machado: “Bebo, porque el alcohol forma parte de mi leyenda, y sin leyenda no se pasa a la historia”. Frase que saludo y reivindico plenamente. Siempre he sostenido (y por eso mis estudios de historia están “en pico de zamuro”) que la leyenda es incluso más importante (o al menos más interesante) que la pretenciosa historia, con su total dependencia de la (muchas veces) ambigua y frívola documentación.

Quizás la frase más célebre de Ludovico Silva sea aquella según la cual El arte es ocio, y lo demás, negocio. Como estudioso de las lenguas clásicas, Ludovico jugaba con el latín otium y su negación, negotium. Una de las cosas que más me atraen de este poeta-filósofo es que nunca le pareció contradictorio que un acucioso marxista como él se dedicara a estudiar las lenguas clásicas. Así, se divertía diciendo que prefería el ocio (scholé en griego) a la ascholía (ocupación, actividad, negocio). Eso me recuerda a otro autor, Bukowski, que decía (palabra más, palabra menos): “todo el mundo quiere hacer algo, menos yo. Yo lo que quiero es beber”. Por cierto, algunas páginas de Filosofía de la Ociosidad son descripciones bastante gráficas de relaciones sexuales durante la juventud del autor, muy al estilo del gran novelista ebrio que muchas veces puede ser deliberadamente pornográfico.

Bukowsky echándose un palo

Volviendo a aquello de que el arte es ocio, esta afirmación tan extremista puede parecer bastante discutible. Pensemos, por ejemplo, en el trabajo intenso y extenuante, física y mentalmente, al que se somete una bailarina clásica. Nadie podría decir que la chica es ociosa ni perezosa. Sin embargo, el resultado final de tanto trabajo es presentarse ante un público cómodamente sentado en sus butacas, dedicando un buen rato de ocio a contemplar el duramente adquirido arte de aquellos “esclavos de Terpsícore”, que han sudado la gota gorda en el montaje del espectáculo. Al final, el ocio es lo que permite una placentera experiencia estética, al menos de un lado del teatro.

Poetas malditos, malditos poetas

Ludovico fue un gran bohemio cuyos héroes eran Poe, Baudelaire y Rimbaud, la santísima trinidad de los poetas malditos. Pero no sólo era poeta, sino uno de los más fervientes marxistas de su tiempo. Le tocó vivir la dictadura ideológica del marxismo en los años 70, cuando todo el mundo se declaraba marxista, y su inevitable declive en la siguiente década. Murió antes de la caída de la URSS, cuando el naufragio de la gran potencia marxista hizo que casi todo el mundo terminara de darle la espalda al barbudo de Tréveris. Él se mantuvo fiel hasta el final: su libro póstumo, En busca del socialismo perdido, pretende señalar, entre las ruinas de la perestroika y el glasnost, un nuevo camino hacia la utopía socialista. Lo cierto es que, incluso después de la derrota de la URSS en la guerra fría, el pensamiento de Marx en su meollo esencial no ha perdido vigencia, como muchas veces escribió Ludovico. Cada vez que aparece una de las crisis cíclicas del capitalismo (todavía se sienten los efectos de la última, la de 2008; y la que se aproxima, con el vaticinado derrumbe del dólar, se estima que será mucho peor) los libros de Marx vuelven a venderse como pan caliente.

Termino reivindicando a este singular personaje, poeta dionisíaco y filósofo summa cum laude, al que muchos quisieron tirar al basurero de la historia cuando se hundió el mito del socialismo real, que nunca fue real, sino más bien un mamarracho burocrático autofágico ante el cual la libertad, igualdad y fraternidad apenas sobrevivían como lejanas aspiraciones, como la luz al final del túnel. Porque la URSS, ejemplo por excelencia de régimen totalitario, represivo, hipócrita, no podía ser la realización de ninguna utopía. Ni tampoco China, a pesar de sus éxitos económicos, porque lo que ha logrado es mimetizarse con el capitalismo preservando un monolítico poder político que asusta y tampoco se parece al reino de la libertad del hombre. Como decía Oscar Wilde, necesitamos la utopía, porque el único verdadero progreso al que podemos aspirar es a la realización de las utopías. Alcemos nuestras copas y brindemos in memoriam Ludovico Silva. 


 

viernes, 24 de septiembre de 2021

Indagación sensible sobre "La burbuja del arte"

 

Jugando al artista en Los Galpones

La decadencia del arte actual es un crudo reflejo de la actual decadencia de la cultura “occidental”. Que no es necesariamente “nuestra” cultura (afortunadamente). Para corroborar esto, basta con darse un paseo por los museos, galerías y/o “centros de arte” —como Los Galpones, donde estuve recientemente. Encontré ahí expuesta, tal como esperaba, la consabida rutina: malas imitaciones de Andy Warhol, Marcel Duchamp o Joseph Beuys. En vez de latas de sopa Campbell, hay paquetes de Harina Pan o Maizina Americana, en semicuero (¡puagh!). Con razón a los niños ya no les gusta el arte. Les aburre.

Hay quienes creen —y dicen— que a los niños les gustan las obras “interactivas”, como los penetrables de Soto. A mí me parecen platos de espagueti invertidos, de modo que los fideos queden guindando. Ciertamente, Soto es muy limpio, clásico y decente; supongo que alguien con un espíritu más travieso —como Duchamp— podría añadirle a los filamentos colgantes una sustancia viscosa a modo de salsa para que los que interactúen con ellos salgan todos manchados. Pero eso de agredir al espectador ya no está de moda. 

Artnet

 

¿Cuáles son las noticias que escuchamos últimamente sobre el mundo del arte? Que Fulanito vendió una “obra” (algún mamarracho, como las colillas de cigarro de Damien Hirst) en no sé cuántos millones de dólares. Recordemos la banana pegada con tirro en la pared que se vendió por $ 120 mil. Hace unos años, se estableció un récord (y ya sabemos que los récords están ahí para romperlos): apareció un supuesto cuadro de Leonardo Da Vinci, debidamente restaurado y autentificado, que fue subastado por una de las grandes casas de mercadeo de arte (Christie’s). Un comprador anónimo (dicen que fue un príncipe de una de las petromonarquías del Golfo Pérsico —sólo esa gente tiene suficiente dinero para esas extravagancias) pagó la bicoca de 450 millones de dólares por la pinturita en cuestión…

¿Qué es el arte entonces? ¿Una industria que produce artículos de lujo que sólo los ultrarricos pueden comprar? Si un artista quiere promocionar su obra, el mejor argumento que puede ofrecer es que una pieza suya fue elegida para una subasta de Christie’s o Sotheby’s… Y si le preguntas a uno de esos yupis neoliberales que abundan por ahí ¿qué es el arte?, te responderá sin vacilar: es una inversión. No se refiere a una inversión de valores éticos ni nada por el estilo. Es algo que compras a un precio hoy para venderlo más caro mañana. O un “activo” para inflar tu declaración de patrimonio. O un fetiche para presumir de tu riqueza.

En mi búsqueda de juicios críticos respecto a la locura del arte contemporáneo, descubrí a un personaje realmente interesante: se trata de Ben Lewis, quien se autodefine como “historiador cultural interdisciplinario”, periodista, escritor y documentalista británico (supongo). Casualmente pasaron hace poco su documental “La Burbuja del Arte” por la inefable Vale TV (Canal 5; posteriormente lo encontré en YouTube, doblado al español castizo). Al igual que Avelina Lésper, Lewis asume una visión irónica y escéptica ante el patético espectáculo que presenta el mundo del arte mal llamado “contemporáneo”.

En vez de escribir crípticos elogios reforzados por citas de Heidegger y Derrida para justificar y contribuir al mercadeo de exposiciones de mamarrachos, tanto Avelina como Ben Lewis se proponen revelar las mezquindades y frivolidades del gran negocio fraudulento que practican las actuales celebridades del mundo del arte, incluyendo artistas, curadores, marchantes y el resto de la fauna.


Revisando el blog de Ben Lewis, me entero de que su último libro está dedicado justamente al ahora famoso cuadro que ostenta el récord de la pieza de arte más cara de la historia. La pintura en cuestión, cuyo título es “Salvator Mundi”, empezó su periplo comercial en la década de 1950, cuando fue calificada como una copia de escaso valor, y vendida por $ 57. Se pensaba entonces que el cuadro era cuando mucho obra de alguno de los aprendices del gran Leonardo.

Lo cierto es que un consorcio de marchantes de arte le vio posibilidades al pequeño cuadro, y en 2005, cuando todavía no era oficialmente atribuido a Leonardo, lo compraron por $ 10.000, pensando que al final podrían sacarle mucho más. La llevaron a restaurar y analizar con los respetables peritos de la National Gallery de Londres. En 2011, tras seis años de restauración, recibió la bendición de los expertos londinenses, y en 2017 produjo el mencionado terremoto en la sede niuyorquina de Christie’s.

Salvator Mundi contando billete (por Ben Lewis)

Se rumora que el comprador anónimo no es otro que el príncipe coronado de Arabia Saudita, Mohammad Bin Salman. Se anunció en el momento que la pintura iba a ser expuesta en el nuevo Louvre de Abu Dhabi, pero luego de su adquisición en la subasta de marras, nadie sabe que ha sido de ella. Según los rumores, está colgada en una pared del yate supermegalujoso de Bin Salman, aunque no hay manera de saberlo con certeza. No todo el mundo puede entrar en ese botecito.

Hay que señalar que no todos los expertos están de acuerdo en que la obra sea efectivamente de Leonardo. Lewis opina que lo más probable es que haya sido pintada en colaboración con uno o varios de sus muchos discípulos. Otros conocedores estiman que la participación de Leonardo estaría entre un 5 y un 20%. Lewis incluso llega a decir que, si esto último fuera cierto, el valor de la pintura disminuiría considerablemente: entre un mínimo de $ 1,5 millones y un máximo de $ 20 millones. Incluso añade que la razón por la que el cuadro se mantiene oculto es para evitar que una apreciación demasiado crítica ponga en duda el veredicto de autenticidad y la obra se deprecie en consecuencia.

Y ahora puedo comenzar con mi propuesta de indagación sensible[1], que consiste en una reseña, sin mayores pretensiones, del documental “La gran burbuja del arte contemporáneo” de Ben Lewis. El contexto histórico-temporal de este filme es la tremenda crisis financiera mundial de 2008. Acá en Venezuela no percibimos en aquel momento la gravedad de la catástrofe: en aquellos años, vivíamos una especie de segunda ola de prosperidad petrolera. La gente compraba neveras, televisores gigantes, camionetas, cocinas y otros artefactos chinos que nos ofrecían a precio de gallina flaca. Y eso sin mencionar los viajes fraudulentos de los raspacupos. Teníamos una venda en los ojos: la crisis de entonces la estamos viviendo ahora, pero magnificada.

En los días previos a la catástrofe, Lewis se pasea por Londres en su coche eléctrico, decorado por el famoso diseñador Tobías Rehberger, recordando que entre 2003 y 2008 se vivía en un mundo de excesos y extravagancias. El petróleo estaba casi a $ 150 el barril. Pero todo el mundo sabía que esa prosperidad era una gran farsa: todo eran burbujas creadas por las trampas, estafas y engañifas de unos cuantos pillos que se endeudaban más allá de lo que podían pagar. Y la burbuja más burbujeante de toda la economía mundial era la del arte contemporáneo.

Incluso cuando empezaban a verse las grietas en el casino (el desempleo crecía y los bancos se hundían), el mercado del arte seguía en alza, con precios absurdos y obscenos que sólo los multimillonarios podían pagar. La frase en boga era una de Andy Warhol: “hacer dinero es arte”. Por cierto, una de sus obras llegó a venderse en $ 72 millones. Todos sabían que el “nuevo arte” era producido en masa, repetitivo y comercial, una mera inversión para los coleccionistas, pero los periódicos, en vez de denunciar los hechos, se limitaban a reseñar los nuevos precios-récord.

El mercado del arte contemporáneo abarcaba maestros consagrados ya muertos, como Warhol y Rothko, y las nuevas estrellas muy vivas, entre las que descollaban Damien Hirst y Jeff Koons. Entre 2003 y 2008, el valor de esta clase de arte aumentó en un 80%. Las ganancias de una subastadora como Sotheby’s en el mismo período superaban el millardo de dólares, un incremento del 600%. Para muchos, esto era un nuevo Renacimiento, que combinaba una inmensa riqueza con un sentido de la innovación.

Las voces agoreras anunciaban una inminente crisis mundial, pero el mercado del arte ganaba nuevos adeptos: los oligarcas rusos y los jeques petroleros, que gastaban chorros de millones para adquirir los nuevos trofeos icónicos, la nueva mercancía del siglo XXI. Pero había algo más detrás del auge de los precios del arte contemporáneo.

¿Qué clase de ética puede existir en este mundo estimulado por sus propios excesos? Las estrategias de los marchantes de arte son bien conocidas. Una de ellas es mantener (por no decir inflar) los precios de las piezas de los artistas que ellos mismos representan. Para este fin, las propias subastadoras les prestan dinero a los participantes en las subastas para subir los precios lo más que se pueda.

Estas astucias podrían tildarse de “prácticas monopolistas”, pero en el mercado del arte estas últimas no son ilegales. Ya nadie se asombra al saber cómo los Lirios de Van Gogh se vendieron en casi $ 54 millones en 1987: Sotheby’s simplemente le prestó la mitad de ese dinero al comprador. Así se creó la burbuja de las subastas engañosas, donde los supuestos intermediarios participan en el negocio, invierten, corren riesgos, especulan.

Otra viveza practicada por los multimillonarios es la donación de obras de arte a instituciones públicas a cambio de reducciones en los impuestos a sus ganancias. Por eso no es de extrañar que tantos eventos artísticos sean patrocinados por los grandes bancos. La evasión de impuestos ligada a las exposiciones públicas y la protección de precios de las obras de ciertos artistas conocidos por producir en masa son los grandes fuelles que inflan la burbuja del arte contemporáneo.

The Masticator

Un ejemplo clásico de esta práctica “burbujeante” es la historia de la compra fraudulenta de una obra llamada “For the Love of God” del más conspicuo representante del arte decadente de hoy en día: Damien Hirst. Esta obra, un cráneo de platino engastado con 8.601 diamantes, fue ofrecida a la venta por $ 100 millones. La galería que representa al artista declaró haber vendido el fulano cráneo por el precio mencionado. Pronto se descubrió que un consorcio formado por los representantes y el propio Hirst poseía más de la mitad del cráneo. Esto es equivalente en el mundo bursátil a una emisión fallida de acciones que tienen que volver al vendedor porque nadie las ha comprado.

En realidad, la galería tenía una colección de cientos de obras de Hirst que no había podido vender. Pero no nos compadezcamos por la suerte del artista: resulta que el mismo día en que se desató la crisis de 2008, el Lunes Negro cuando quebró Lehman Brothers y se confirmó la peor recesión en 60 años, Hirst lanzó una megasubasta en Nueva York. Una de las obras puestas a la venta fue el famoso Becerro de Oro, muy significativa dadas las circunstancias. Se vendieron todos los lotes y se obtuvo una ganancia de $ 200 millones.


Adoramos al Becerro de Oro mientras el Titanic navega a toda máquina hacia el iceberg. Lewis nos informa de que en octubre de 2008 finalmente estalló la burbuja, y las subastas a partir de esa fecha fueron un desastre. Sólo se vendió la mitad de los lotes por la mitad del dinero esperado. A finales de 2008, Sotheby’s reconoció $ 83 millones en pérdidas. En 2009, el negocio había caído un 75%.

Han pasado 12 años desde el final de esta historia. ¿Cuál es la situación actual del mercado del arte? No sé, y la verdad, no me importa. Sin embargo, aunque comparto la conclusión ética de que la burbuja del arte es el epítome de la vanidad y la locura de nuestro tiempo, estimo conveniente que a nuestros estudiantes de arte se les enseñe como parte de la carrera algunas destrezas que seguramente necesitarán cuando salgan a enfrentar el verdadero mundo del arte. Esas destrezas son contabilidad, administración y mercadeo, tres materias que deberían formar parte del pensum de nuestra querida universidad. Es mejor salir de ella teniendo una idea clara de lo que es el dinero en vez de aprenderlo en la llamada “universidad de la vida” siendo estafado por algún pillo de siete suelas.



[1] Este término ha sido definido informalmente por mi amigo Zacarías García como una investigación libre en el campo de las artes, sin aspiraciones de ser considerada como un trabajo científico o académico a la altura de las grandes publicaciones oficiales.