viernes, 15 de marzo de 2019

Negro con bata, chichero


Blanco con bata, doctor; negro con bata, chichero.

Dicho vulgar venezolano

Cuando uno viene desde los estadios hacia la estación del metro de Ciudad Universitaria, al final de la isla de esa avenida que creo que se llama Las Acacias, hay una plazoleta donde puede verse la estatua de un hombre ataviado con algo que parece una bata desabotonada. Si se hiciera una encuesta al pie de este monumento y se le preguntara a los transeúntes quién es el personaje en cuestión, lo más probable es que muy pocos podrían identificarlo. 



No es de extrañar. La falta de memoria histórica nos caracteriza como pueblo. Es un mal probablemente incurable. Pero digamos rápidamente que se trata de un personaje fundamental, un hito en la Historia con hache mayúscula del país, una figura además cuya historia personal es apasionante y polémica y tiene un final trágico. Se trata de Rafael Rangel, el bachiller que nunca llegó a ser doctor por ser negro e hijo ilegítimo, como el 70% de la población de Venezuela, según se dice y se repite constantemente por ahí. 

Siempre he pensado que la historia de Rafael Rangel merece ser contada en una película (porque esta última es una forma narrativa con el potencial de llegar a una audiencia masiva, aunque tantos venezolanos lamentablemente —y quizás justificadamente— aborrezcan el cine nacional). Podría ser un documental minucioso y exhaustivo como los que hizo Manuel de Pedro en los 70. O una reconstrucción histórica (como las que hacen magistralmente, hay que reconocerlo, los ingleses) de la Venezuela de los primeros años del siglo XX, con tres personajes principales: ante todo, el propio Rangel como protagonista. El segundo lugar, por contraste, lo ocuparía una figura que todo el mundo reconoce, ya que es parte entrañable de nuestra iconografía popular y expresión de nuestro gran complejo de inferioridad nacional, de nuestra frustración y hambre de reconocimiento que se retuerce ante la tozudez de la iglesia católica romana, que sigue negándose a oficializar a nuestro primer santo venezolano. Como si el reconocimiento del pueblo no fuera suficiente. Tal vez al Vaticano no le gusta el aura de curandero-mandinga que ha adquirido. ¿O será que el abogado del diablo ha descubierto cosas que no nos quieren decir?

Mini-altar en el Hospital Vargas


Aparte de su condición de pioneros, héroes e incluso mártires de la ciencia médica en Venezuela, el bachiller Rangel y el doctor José Gregorio Hernández tienen otra cosa en común: ambos son andinos, provenientes de dos poblaciones muy cercanas entre sí del estado Trujillo (Betijoque e Isnotú). Ambos aparecen en el preciso momento en que los andinos finalmente reclamaban el protagonismo que les correspondía por derecho propio en nuestra tragicómica historia, de la mano del tercer gran protagonista que propongo para mi sainetesca película: Cipriano Castro, el Caudillo Restaurador del Liberalismo, a quien no deberíamos permitir que su reciente reivindicación moral le quite nada de su patética humanidad. 



Al morir Joaquín Crespo (1898), el país se quedó sin Macho Alfa, y los diversos machos rivales se enzarzaron en una lucha sin cuartel por la jefatura indiscutible de la manada nacional. Cipriano decidió que él tenía el coraje y la capacidad para derrotarlos a todos, y no sólo lo consiguió, sino que fundó una dinastía tachirense que iba a dominar el naciente siglo XX. Como dice Mariano Picón Salas, entre los 60 compañeros que venían con Cipriano desde el Táchira había tres futuros presidentes de Venezuela, los tres primeros de la mentada dinastía: el propio Castro, su compadre Juan Vicente Gómez, y un quinceañero llamado Eleazar López Contreras. Por cierto, en la película hay que darle un papel secundario pero decisivo a Gómez. Y hay que ser justos con ambos personajes: Cipriano, juerguista y parrandero, tiene una tendencia a la prosopopeya que lo hace caricaturesco. Por su parte, Gómez, en la plenitud de su vigor, tiene una tremenda pinta de galán y no parece un vejete repugnante y adulador. ¿Se puede ser imparcial ante el peor tirano de nuestra historia (que lo fue) y poner en la balanza sus pros y sus contras? Porque no existe un “lado correcto de la historia”, esa expresión horrenda que se oye por ahí últimamente. 



Aprovecho para criticar brevemente la película La Planta Insolente, que me parece terriblemente fastidiosa como todos los “biópicos” (término hollywoodense que fusiona lo biográfíco con lo épico). Encuentro mucho más interesante narrar un episodio breve que involucre a personajes relativamente secundarios de la escena histórico-política del momento (una especie de historia desde abajo), con breves y ocasionales apariciones de las grandes figuras, que hacen sentir su poder, pero como parte del background de la historia que se está narrando. Antes de pasar de una vez a echar el cuento de Rangel, digamos que empieza mientras Venezuela aún está dominada por un Castro aparentemente omnipotente, que ha derrotado a todos sus enemigos, internos y externos; y termina después de que su hasta entonces fiel lugarteniente Gómez, aprovechando la salida del país de su compadre para curar su riñón enfermo, lo desaloja del poder. 

El Macho Alfa y el Macho Beta

Empecemos la historia por el final, como recomienda Marcel Roche en su libro. Rafael Rangel, prestigioso jefe del flamante laboratorio del Hospital Vargas de Caracas, aparece con su bata blanca desabotonada, ingiriendo una dosis mortal de cianuro de potasio. ¿Por qué un joven tan talentoso, respetado por sus colegas y (hasta ese momento) protegido por los poderosos, decide matarse de un modo tan patético? Como decía Cantinflas, “hasta la pregunta es necia”: El talento siempre ha engendrado envidias, y más en un medio tan mezquino como el nuestro, donde las nulidades engreídas siempre se han enseñoreado. Con la caída de Castro, las alabanzas que habían llovido sobre Rangel se convirtieron en chismes e intrigas, y para los nuevos poderosos pasó de ser una eminencia a una rémora del gobierno anterior

Rafael Rangel "vestido de patiquín"

Rangel era hijo ilegítimo de un comerciante de Betijoque. Su madre murió poco tiempo después de su nacimiento y fue reconocido por su padre (es decir, le dio su apellido), quien entonces lo llevó a vivir con su familia legítima al cuidado de su esposa, que para Rafael era una madrastra. Todo esto es una historia muy común en Venezuela. Sus rasgos no eran negroides, sino más bien mestizos (alguien dijo que parecía un hindú de tez morena y cabello negro lacio). Con el apoyo de su padre, llegó a Caracas a estudiar medicina, terminando dos años de la carrera con buenas calificaciones. En ese momento se le ofreció la oportunidad de trabajar en el recién creado laboratorio clínico del Hospital Vargas, dirigido por el doctor José Gregorio Hernández. Allí, Rangel se entregó a la labor investigativa, mucho menos glamorosa que los estudios de medicina. Entre esputos, excrementos, orina, pus y otras secreciones corporales descubrió la belleza de la microbiología y se convirtió en pionero de lo que hoy en día llamaríamos “bioanálisis”. Entre 1902 y 1907, sus investigaciones y publicaciones como patólogo y microbiólogo fueron tan destacadas que mereció ser promovido a jefe del laboratorio, el cual estaba bajo la protección directa del gobierno de Cipriano Castro, quien no vacilaba en asignar importantes sumas para su dotación y modernización. Y entonces se presentó el episodio que resultaría decisivo en la carrera (y en la tragedia) de Rangel: el estallido de la epidemia de peste bubónica en la Guaira en 1908. 

Las ojivas neogóticas del Hospital Vargas

La peste, el cuarto jinete del Apocalipsis, representa uno de los miedos atávicos de la humanidad. Como se sabe, la transmite una pulga que vive como parásita de la rata negra. Cuando la pulga se infecta con el bacilo de la peste, mata a las ratas donde vive normalmente, y entonces pasa a chuparle la sangre al hombre. La peste ha arrasado Europa y Asia varias veces, matando millones. Las ratas la transportan en los barcos, por eso los puertos suelen ser los primeros sitios donde se presenta. La señal inconfundible de su llegada es que empiezan a morir las ratas. Como secuela de la gran peste de Hong Kong en 1896, diseminada en otros puertos del Atlántico y el Pacífico en los años siguientes, las ratas empezaron a morir en el puerto de La Guaira a principios de 1908. 

La rata negra (Rattus rattus)

La reacción de los gobiernos ante la sola mención de la palabra peste es lo que los psicoanalistas llaman mecanismo de negación, porque saben que implica tomar medidas impopulares y ruinosas como la cuarentena, el cierre de puertos y la incineración de cadáveres y propiedades. Castro, que había sido llamado el Salvador de la República, adoptó la misma consabida actitud: en su gobierno no podía ocurrir aquella calamidad. Cuando los rumores aumentaron y aparecieron los primeros muertos, se comisionó a Rafael Rangel para que bajara a La Guaira a constatar si aquello era o no era peste, con la clara esperanza de que no lo fuera. Es interesante el hecho de que se enviara a Rangel, que no era doctor sino apenas bachiller, y no a José Gregorio Hernández, profesor de bacteriología de la Universidad Central de Venezuela. Según Roche, la razón es que Hernández estaba pasando por una crisis de vocación religiosa muy profunda, que lo impulsaría, aún en medio de aquella situación de emergencia, a salir del país para ingresar como monje cartujo en un monasterio en Italia (experiencia que, como se sabe, terminaría siendo fallida). En vista de aquella circunstancia, Rangel fue considerado más competente y mejor equipado que su maestro. 

Muerte de José Gregorio en un muro en La Pastora

En La Guaira, Rangel despliega toda su actividad y experiencia, en contacto permanente con el propio presidente Castro por medio del telégrafo. Al principio, los cultivos e inoculaciones en animales de laboratorio no parecen indicar la presencia del bacilo de la peste; y estos resultados, aunados a la presión del gobierno y de la temerosa ciudadanía, llevan a Rangel a emitir un primer diagnóstico negativo. De momento se arma una gran alharaca y casi se le declara héroe nacional. Sin embargo, siendo un genuino científico que no buscaba los aplausos sino comprobar la verdad, siguió examinando nuevos casos, hasta que finalmente confirmó la presencia del temido bacilo. Enseguida telegrafió a Castro y tomó discretamente el tren a La Guaira, tratando de no alarmar innecesariamente a la población, para iniciar una heroica lucha contra la epidemia. 
Ya este primer diagnóstico errado hacía prever el escándalo que se avecinaba. Cuando Castro decreta el cierre del puerto, la realidad se hizo inocultable. En medio del pánico generalizado, Rangel asume personalmente la dirección médica y administrativa del combate sanitario; con lo cual empieza a ganarse enemigos debido a las medidas extremas que tiene que tomar, entre ellas la quema de algunas viviendas infectadas. Entretanto, Castro y su gobierno apoyan moral y financieramente todo lo que hace. La batalla contra la peste termina oficialmente en mayo de 1908, cuando se reabre el puerto de La Guaira. Rangel y sus colaboradores reciben honores y condecoraciones. 
Pero el final de esa crisis coincide con el agravamiento de la enfermedad renal de Castro. Ningún médico venezolano se atreve a operarlo, y le recomiendan que viaje a Alemania a tratarse con un célebre especialista. Castro se embarca el 24 noviembre de 1908, y el 19 de diciembre su compadre toma el poder, para no soltarlo hasta su muerte 27 años después. Muchos enemigos dentro y fuera del país tenía Castro, muchos intereses poderosos cerraron la trampa sobre él. Y con su caída empezó el calvario de Rafael Rangel. 



Es lo que yo llamo “el síndrome del Helicoide”: si lo hizo el gobierno anterior, no sirve, y hay que abandonarlo, o si es posible, destruirlo. De pronto empezaron a aparecer comentarios en la prensa: que cómo se le ocurría a Castro mandar a un simple bachiller a atender algo tan serio como la peste…que con razón se equivocó en el diagnóstico…se ponen en duda los métodos usados…se dice que gastó demasiado dinero inútilmente, que dónde estaban los reales…que se quemaron unas casas y nunca se pagaron…Rangel trató de responder a todo con dignidad. Pero había que cobrarle su identificación con Castro, sus cartas llenas de lealtad y admiración hacia el que ahora todos llamaban “tirano”. Y para colmo, la merecida beca que le habían ofrecido años atrás para ir a estudiar Patología Tropical a Europa, y que en ese momento, como dice Roche, le hubiera permitido alejarse de la hostilidad que el cambio de gobierno había desatado contra él en Caracas, le es negada terminantemente, como para confirmar su caída en desgracia. 
Quizás había en Rangel un profundo resentimiento a causa de su origen social; quizás había sido maltratado y humillado por esa razón. No sería de extrañarse. Quizás tenía una tendencia a la depresión y al suicidio…Quizás tenía enemigos que aprovecharon las circunstancias para “hacer leña del árbol caído”. Quizás hasta lo habrán llamado “negro”, y no precisamente por cariño. Sólo se puede elucubrar al respecto. Uno de los anexos del libro de Roche trata de las discusiones e interpretaciones de los psicólogos sobre la personalidad de los suicidas. Ahí se dice que muchos grandes investigadores científicos han perdido a uno de sus progenitores en su primera infancia, como le pasó a Rangel con su madre: Newton, Kelvin, Lavoisier, Boyle, Huygens, Rumford, Madame Curie, Maxwell… 
También hay muchos rumores maliciosos sobre una posible enemistad entre Rangel y José Gregorio Hernández, pero no existen pruebas documentales contundentes de ello. Por el contrario, se sabe que Hernández fue su maestro, que lo recomendó para trabajar en el laboratorio y siempre alabó sus trabajos. Por otra parte, se dice que tenía un trato frío y distante, no sólo con él, sino en general. Roche recoge como anécdota el comentario que dicen que hizo Hernández al saber de la tragedia de Rangel: “Se murió ese loco”. En medio del positivismo reinante en la época, la religiosidad de Hernández probablemente no era muy bien vista y pudo haberle hecho antipático a los ojos de algunos de sus colegas. 

Esquina de Amadores

Poco después del suicidio y del escándalo subsiguiente, un conocido de Rangel de nombre Salustio González Rincones presentó en el Teatro Caracas una pequeña obra dramática (llamada Las Sombras) donde se hacen vagas alusiones con nombres supuestos a un famoso doctor que emplea como limpiador en su laboratorio a un chico provinciano, que resulta muy buen estudiante y termina como jefe del laboratorio. Luego el chico demuestra científicamente la existencia de la peste, pero lo obligan a callarse para no estropear un baile que piensa dar el Presidente de la República. El doctor y un ministro corrupto aprovechan la situación para comprar todas las vacunas y hacer negocio cuando se anuncie la peste. Más tarde, intrigan para que expulsen al chico del laboratorio, argumentando que no sólo no es doctor, sino que para colmo es negro. El chico, por supuesto, termina envenenándose. 


En fin, éste es el resumen de la tragedia de Rafael Rangel, pionero de los investigadores científicos de Venezuela, que prefirió ser un estudiante eterno en vez de graduarse de doctor, que vivió en carne propia los implacables vaivenes de la política y se quitó la vida a los 32 años, el 20 de agosto de 1909. Podría ser el tema de una interesante película documental, que rescataría la memoria de uno de los personajes menos reconocidos de la historia de Venezuela. Documental que nadie ha hecho todavía, que yo sepa. También da para un drama de época con estupendas posibilidades escénicas. Si algún estudiante de audiovisual siente interés por el tema, tendría que leerse el excelente libro del doctor Marcel Roche Rafael Rangel, ciencia y política en la Venezuela de principios de siglo, un magnífico estudio histórico con amplísima documentación. Además, recomiendo Días de Cipriano Castro de Mariano Picón-Salas. El blog El cronista de Tucutucu tiene información muy interesante y mucha bibliografía adicional. También es imprescindible el clásico de Albert Camus La peste.

viernes, 25 de enero de 2019

Soledades


El diálogo de la mente consigo misma no es primordialmente una realidad social. Lo único que el canon occidental puede provocar es que utilicemos adecuadamente nuestra soledad, esa soledad que, en su forma última, no es sino la confrontación con nuestra propia mortalidad.

Aunque la lectura, la escritura y la enseñanza son necesariamente actos sociales, la enseñanza posee también un aspecto solitario, una soledad que sólo dos pueden compartir.

No puedes enseñarle a alguien a amar la gran poesía si no llega ya con ese amor. ¿Cómo puedes enseñar la soledad? La verdadera lectura es una actividad solitaria, y no le enseña a nadie a convertirse en mejor ciudadano.

Harold Bloom. El canon occidental

Soledad, silencio y tristeza. La utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil. ¿Quién puede querer esa vaina? En los pozos más oscuros de la melancolía más profunda y sin motivo aparente, en la contemplación sin propósito de la propia tendencia al fracaso, quizás en el deseo de aniquilación que presiente que esa misma reflexión es irremediablemente inútil, ahí se encuentra el secreto de ser poeta o artista o meramente “un ser original y atormentado”: un narcisista introvertido rayano en el
Disfraz de Nerd
autismo, un intelectualoide sensiblero que siente cuando piensa y piensa cuando siente, siempre chapoteando en la melancolía (que etimológicamente es una bilis negra amarga y oscura). Y también acaso un inmaduro, un adolescente perpetuo enamorado de su propio proceso de cambio de niño a adulto a esa edad decisiva marcada por ese número cabalístico: el 17. Uno no es serio cuando tiene 17 años. Pero si eres testigo silencioso de todo lo que te marca en ese momento y luego eres fiel a ese adolescer por el resto de tu vida quizás merezcas al final “la corona de la vida”. O quizás no… la duda, la incertidumbre, también es parte de esta alquimia. El plomo que se convierte en oro no debe deslumbrarse con su propio brillo porque siempre llevará en sí el denso torpor inerte del metal burdo del que proviene. 

Disfraz de pseudo-hippy

Harold Bloom dice que puede leer mil páginas en un día. En el fondo no hay jactancia en ello: para lograr esa hazaña sólo hace falta una gran soledad (y una gran memoria, que más que un talento en sí es una capacidad mecánica). Harold Bloom escribió El Canon Occidental para loar los libros que leyó durante toda su vida, un lector compulsivo como el ciego Borges, pero además un profesor-baquiano que quiere guiarnos por el mundo de los libros que no morirán, que siempre serán leídos y recordados, aunque hace rato que estamos en la decadencia de la civilización occidental. No teme que lo llamen “eurocéntrico” o que la mayoría de los autores que propone sean varones blancos muertos. Dice que los anti-canónicos pertenecen a la Escuela del Resentimiento, “un mejunje crítico formado por multiculturalistas, marxistas, feministas, neoconservadores y neohistoricistas” empeñados en estropearle el placer de la lectura. Y no le falta razón.
Harold Bloom leyendo
Pero quiero ser fiel a mi propio camino en medio de la decadencia de una civilización greco-romana-cristiana-euro-germánica-anglo-sajona-sionista que es pero sobre todo no es la mía. Quizás no puedo evitar ser un resentido: me tocó lo que me tocó, pero sospecho que entre rechazos y humillaciones oí algunas trompetas apocalípticas realmente gallardas que señalaban la llegada de un cambio tan inevitable como refrescante. Por ello quiero presentar mi propio mini-canon que incluye las expresiones artísticas, musicales y poéticas que me marcaron cuando tenía 17 años y muy pocos más o menos. 

Mi mamá en el CEN de AD

Mi familia era adeca, lo cual quiere decir que era irreflexiva o inocentemente piti-yanqui. No había otra influencia cultural o artística en mi casa que pudiera competir con la televisión. En el canon de mi infancia no había nada de Shakespeare ni de Dante, pero sí mucho de Hechizada y Mi Bella Genio. Los héroes de mi niñez eran El Zorro, El Fugitivo y el Señor Spock. Y mi mamá compraba todos los meses Selecciones del Reader’s Digest, que junto a sus infaltables columnas como “La Risa, Remedio Infalible”, traía siempre algún artículo de la serie “Cómo Tal País Se Salvó del Comunismo” (“Cómo Indonesia Se Salvó del Comunismo”: mataron un millón de comunistas en una noche, etc.). Pero en Selecciones había cosas muy buenas: una vez apareció un reportaje sobre cómo
Los Beatles, que eran hasta entonces un símbolo de la moda, de los pantalones apretados y los botines de tacón, de la industria del entretenimiento, de las canciones pegajosas del hit parade en inglés, del consumismo y del kitsch, de repente se habían transformado en gente seria: ahora eran artistas respetables porque habían sacado un disco llamado El Sargento Pimienta.
El long-play de vinil de 33 1/3 rpm había dejado de ser un artículo más de consumo para convertirse en sustrato de obras de arte… pero sin dejar de ser un artículo más de consumo. Era el postmodernismo, se cumplía la profecía del arte pop, desaparecían las fronteras entre seriedad vanguardista y banalidad comercial. Claro, entonces yo no entendía nada, pero me compré mi Sargento Pimienta y tomé mi primera clase de inglés literario: nada de Ezra Pound ni T. S. Eliot, sino las letras de Lennon-McCartney en la contraportada de un disco (que me costó Bs. 14). 
 
Ya desde “Rubber Soul” los Beatles estaban creando un nuevo lenguaje que ya no era el rock’n’roll negro de Little Richard o Chuck Berry blanqueado por Elvis Presley, sino una búsqueda, financiada por la inmensa bola de libras esterlinas que produjo la Beatlemanía, de un nuevo producto artístico parecido a una hamburguesa multisápida o un sándwich club house que incluía los experimentos psicodélicos del gurú del LSD Timothy Leary, las letras influenciadas por Bob Dylan, el sitar y la tabla de Ravi Shankar, los ruidos electrónicos solemnizados de la música contemporánea y otros ingredientes eclécticos. Sin embargo, mi disco favorito de los Beatles y el primer ítem de mi canon personal es el llamado Disco Blanco, la encarnación emblemática de ese año revolucionario y parteaguas de la historia que fue 1968.
El Disco Blanco se sale de la línea psicodélica que ya era un kitsch tipo Disney (recuerdo los muñecotes plásticos del Submarino Amarillo) para entrar en el minimalismo y/o conceptualismo yoko-onesco de la portada totalmente blanca y un estado de ánimo más perplejo ante un mundo que se transformaba violentamente. Quisiera señalar algunos temas que todavía escucho: Dear Prudence es una visión mística digna del Maharishi Mahesh construida sobre dos notas. Happiness is a warm gun ilustra la idea de Lennon de que una canción puede hacerse uniendo varios pedazos (tres en este caso) aparentemente inconexos. Además es un anticipo de su propia muerte. Me gusta más la versión de Revolution que aparece en este disco que la otra más rápida y más conocida. Y me gusta mucho esta versión acústica de While My Guitar Gently Weeps, de Harrison, aunque la que sale en el disco es espectacular, con Eric Clapton en la guitarra. Clapton es un tipo serio que decía que el lenguaje del jazz y el del blues era el mismo y que él era un músico y no le interesaba llamar la atención haciendo morisquetas.
Estos experimentos serían rápidamente imitados por muchos músicos de esa generación que se plegaron a la idea de que los Beatles eran “más populares que Jesucristo”. De todos ellos, los Rolling Stones eran los hermanos menores que querían diferenciarse, pero sin dejar de estar bajo el hechizo. De todo el rock que oía en esa época, quisiera señalar con el dedo esta curiosa alegoría ballenera con algo de Moby Dick de Procol Harum, un grupo que influyó mucho en el posterior “rock sinfónico” de gente como Jethro Tull. Este tema de Deep Purple es bipolarmente maníaco-depresivo. Y éste de Led Zeppelin habla de un condenado a la horca que quiere sobornar al verdugo pero termina balanceándose en el patíbulo.
Pero el músico más impresionante de este período es Jimi Hendrix, empezando por su historia: el
Se salvó de Vietnam por un pelo
mayor genio del momento era un exsoldado negro vagabundo —se salvó de Vietnam por un pelo— que andaba por ahí pasando hambre, tocando en cualquier parte, hasta que lo “descubre” un tipo inglés del grupo The Animals, que no puede creer lo que está viendo y oyendo y se lo lleva a Inglaterra. Los negros cruzaron encadenados el Atlántico y crearon el blues y el jazz en las colonias inglesas; su música cruzó otra vez el océano y conquistó a los jóvenes de la metrópoli, que a su vez volvieron a cruzarlo para devolver la música negra transformada adonde había nacido. El ciclo se completa cuando Jimi vuelve a cruzar la mar y revoluciona la revolución. Como un meteoro recorre el horizonte, y en cuatro años ya estaría muerto. Cuando llegó (1966) sacó ese disco insuperable llamado Are you experienced? La guitarra eléctrica puede ser una destructiva fuente de ruidos distorsionados (dicen que una vez Pink Floyd tocó en un acuario y los peces murieron), pero Jimi lograba que el instrumento fuera una orquesta capaz de excentricidades interplanetarias, pero también de una inesperada melancolía poética.
Cuando el rock conquistó el mundo empezó, como era de esperarse, su decadencia. Entretanto yo, como buen esnobista, decidí seguir la huella de sus orígenes: todo venía, en última instancia, de la rica historia de la música negra americana, con mucho de judía, comúnmente reunida bajo la etiqueta “jazz”. Empecé a descubrir que había gente tendiendo puentes entre algunos de los aspectos más interesantes del rock, como la amplificación eléctrica y electrónica, las hiperdifíciles composiciones hipercontemporáneas de gente como Edgar Varèse o John Cage y otras cosas como el teatro del absurdo y de la crueldad, y el jazz vanguardista, que a mediados de los 60 se encontraba desconcertado ante tantas innovaciones. Uno de los pioneros en este campo fue sin duda Frank Zappa, que cuando no tocaba distorsiones en su guitarra dirigía con batuta y todo a sus Madres de la Invención. Pero el gran suceso de finales de la década fue cuando el gran Miles Davis decidió hacer la fusión del jazz con el rock y así abrir las puertas hacia nuevas direcciones en música. 
Miles era el último gigante del jazz: nacido durante la época gloriosa de Louis Armstrong, tenía 20
años cuando Charlie Parker y Dizzy Gillespie transformaron el jazz en una especie de música de cámara experimental con enormes exigencias no sólo para el ejecutante sino también para quien lo escuchaba. Y la trompeta ensordinada de Miles gobernaba este jazz que se enorgullecía de ser vanguardia mientras el rhythm and blues y el rock’n’roll eran mero kitsch. Sus innovaciones, como las legendarias orquestaciones de Gil Evans o el super-sexteto con Bill Evans, Cannonball Adderley y el gran John Coltrane (con el disco Kind of Blue como candidato al mejor de la historia por sus novedosos conceptos compositivos e improvisacionales), sentaron cátedra. A mediados de los 60 Miles era líder de un quinteto soñado de jóvenes virtuosos que además eran grandes compositores y conceptualistas musicales: el saxofonista Wayne Shorter, que luego sería uno de los fundadores de Weather Report; el pianista Herbie Hancock, otro líder del movimiento fusionista; y los reyes de la sutileza en la sección rítmica, el contrabajista Ron Carter y el baterista Tony Williams. Con ellos grabó en 1965 “ESP”, quizás su último gran capolavoro en el jazz acústico.
Miles Davis en la isla de Wight (1969)
En 1969 Miles cruza el Rubicón y, generando polémicas entre los puristas, empieza a utilizar instrumentos eléctricos para atraer a la audiencia juvenil rockera. Aunque lo acusan de venderse (como antes le había pasado a Bob Dylan), consuma una transformación radical no sólo de su música, sino hasta de su indumentaria. Pero antes de disfrazarse de Sly Stone, a principios de 1969 aparece una obra maestra llamada In a Silent Way, que todavía no es jazz-rock pero incluye una sutilísima guitarra eléctrica semi-hinduista tocada por el virtuoso británico John McLaughlin (que luego formaría la legendaria Mahavishnu Orchestra). Combinada con un recital de címbalos y platillos de Tony Williams y los teclados electrificados de Joe Zawinul, Chick Corea y Hancock, más Shorter en el saxo soprano, este disco abre una nueva era en la que dejarían de tener sentido las etiquetas genéricas como jazz o rock.
Lo que vino después, los clásicos de la fusión por un lado, el punk por el otro —incluso una historia similar a la de Jimi Hendrix: la de Bob Marley y el reggae— ya no son parte de mi canon personal. Tampoco cosas como el jazz afro-caribeño o Silvio Rodríguez o Alí Primera (o Bach, León Gieco, Los Jaivas o la bossa nova): ya tenía bastante más de 17 cuando me metí con eso.  Con el tiempo me volví un espectador cada vez más distante. La música perdió gradualmente el protagonismo mientras el show se lo comía todo. Y ahora todo está etiquetado: es sorprendente (cyber-punk, steam-punk, indy-trash, etc). En la época del reguetón y del perreo (que ya tienen como 20 años y no se renuevan) me sumerjo en la nostalgia y mi mente reconstruye la historia.