lunes, 23 de diciembre de 2019

Giordano Bruno visto por Axel Sivira





Cuando estuve en Roma fui a ver una película que daban en un cine que quedaba en el Campo dei Fiori. Me habían dicho que ése era un sitio peligroso donde se reunían los peores malandros de Roma (y mira que ahí los hay muy malos), y siendo un extranjero andaba un poco asustado. Por eso me impresionó más aún la imponente estatua negra de Giordano Bruno en medio de aquel lugar donde su cuerpo había ardido más de tres siglos antes.

Bruno fue un rebelde renegado más de los muchos que protagonizaron aquella época tan apasionante. Como Miguel Servet, y como Spinoza un poco después; personalidades polémicas que tuvieron la desgracia de quedarse solos ante un poder que se sentía amenazado y por eso mismo se mostraba implacable. Recordemos que a Lutero lo hubieran quemado de no haber sido por sus poderosos protectores, que más que por motivos religiosos, actuaron por razones políticas.

Dice De Quincey que a todos los verdaderos filósofos siempre los han querido matar. A algunos les ha tocado esa suerte. Otros han salvado la vida pero han sufrido persecuciones y ostracismos. Ese tema tan interesante quizás lo trate más adelante en otro "post". Mientras tanto, disfrutemos de este apasionado ensayo de Axel sobre la azarosa vida y muerte de un rebelde que nunca se doblegó.


Giordano Bruno el outsider filosófico del renacimiento

Por Axel Sivira

Era la madrugada del 17 de febrero del año 1600, cuando Giordano Bruno fue quemado vivo en el Campo dei Fiori de Roma. De la Torre di Nona, frente a Castell Sant’Angelo, surgen ruidos confusos, a esas horas de la madrugada, y más en febrero, pues no era común que la gente deambulara por la calle, sin embargo, ya es numerosa la muchedumbre que se agolpa ante la entrada de la prisión y tiene que ser contenida por los alabarderos que se empeñan en mantenerla despejada. Bruno vestía una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos, la ruta a seguir estaba llena de curiosos y personas conocidas; se había dado gran publicidad a aquella quema, incluso se habían hecho folletos que pasaban de mano en mano para informar sobre el gran espectáculo. Los verdugos se acercan a la lumbre con antorchas en la mano y aplican el fuego a la leña por los cuatro costados de la plataforma, se hace un silencio en espera de oír los gritos del moribundo… Las llamas ascienden por la hoguera, una sofocante ola de calor abrasa los pulmones de Giordano. A media mañana ya no hay curiosos ni verdugos en el Campo dei Fiori, apenas se distingue el cadáver calcinado que ardió durante un largo rato. La flama se ha consumido, los restos de Bruno son reducidos a polvo con martillos y las cenizas se esparcen al viento para que nadie pudiera conservar nada del hereje como reliquia.
Giordano Bruno fue un filósofo del renacimiento condenado a la hoguera por orden de la Santa Inquisición, su delito: decir y publicar que el universo es ilimitado, sin centro ni bordes; que la tierra da vueltas alrededor del sol; que la Luna y los planetas de nuestro sistema son otros mundos; que las estrellas son soles, alrededor de los cuales giran planetas habitados; que toda la materia del universo está compuesta por átomos y que es la organización de estos en formas, y no las sustancias, lo que determina la entidad de las cosas, los seres y las personas. Él fue, sin duda, el primer ser humano que supo ver la inmensidad del universo. Rompió con la imagen de la bóveda celeste para sustituirla por el espacio sideral, anticipándose cuatro siglos a la idea del cosmos en una concepción tan extraordinaria. Pagó su atrevimiento con la vida, tras el gesto heroico (que pocos filósofos y científicos tuvieron ante la iglesia) de negarse a firmar una retractación de sus “herejías”. También se le condenó por mantener peligrosas opiniones de índole religiosa y política: atacaba a la Iglesia Católica, acusándola de haber traicionado las amorosas enseñanzas de los apóstoles al emplear la fuerza y la coacción contra los divergentes; también reprochaba a las facciones protestantes su justificación a través de la fe y su desprecio por el valor de las buenas obras; pensaba que Dios y el cosmos son una misma y única realidad; que la religión verdadera y natural es la que practicaban los antiguos magos egipcios, corrompida después por el judaísmo y el cristianismo; que el alma del hombre y de todas las cosas, vivas o inanimadas, proviene de una sola alma universal, multiplicada en los infinitos átomos; que los planetas son seres vivos dotados de su propia voluntad e inteligencia; que la magia hermética da al sabio poderes sobre demonios y espíritus… este era el loco de las estrellas, el hereje impenitente, Giordano Bruno el filósofo outsider del renacimiento.

Ante el Santo Oficio
Filippo Bruno (Giordano Bruno) nació en Nola, Nápoles el 9 de febrero de 1548, fue un astrónomo, filósofo, teólogo, matemático y poeta italiano. Sus padres eran
Giovanni Bruno, hombre de armas en el ejército español, y Fraulissa Savolino.
Comienza sus estudios en Nola y en 1562 se traslada a Nápoles, donde recibe lecciones de Giovanni Vincenzo de Colle en el Studium Generale y de Teófilo da
Vairano en el monasterio agustino de la ciudad, pero los escasos recursos de sus padres, insuficientes para la sed de conocimiento de Giordano, hacen que a los 17 años ingrese en la Orden de los Dominicos, en el monasterio de Santo Domingo Mayor de Nápoles, donde se dedica al estudio de la filosofía, matemática y teología. Cuando finaliza el noviciado adopta el nombre de Giordano. Durante sus estudios con los dominicos, obtiene acceso a las lecturas de las obras de Erasmo y Copérnico, ahí es cuando decide desnudar su habitación de estampas e imágenes religiosas medievales y tan solo dejar colgado un crucifijo sin crucificado. Este gesto y su ánimo polémico hacen que tenga problemas, se crea un escándalo que culmina en una denuncia anónima de alguno de sus compañeros, primero al rector, y luego al Santo Oficio. A los 24 años se ordena sacerdote y a los 27 es Doctor en Teología. En el año 1571 expone su sistema mnemotécnico aprendido de la obra de Ramón Llull. Con la Docta Ignorancia de Nicolás de Cusa, y las ideas del universo infinito, Giordano se inquieta por el tema, repudia a Aristóteles y se adhiere a la filosofía de Platón y sus discípulos.


En marzo de 1576 se fuga del convento debido a la denuncia de otro fraile al
Santo Oficio, y así se vio huyendo por todo el norte de Italia, en un viaje clandestino despojado de su hábito de fraile. Se ganaba la vida dando clases particulares, pero cambiaba de residencia constantemente por temor a ser descubierto. Sus teorías cosmológicas superaron el modelo copernicano, pues propuso que el sol era simplemente una estrella; que el universo debía contener un infinito número de mundos habitados por animales y seres inteligentes. Repudiaba la artificiosidad del sistema de Ptolomeo: Bruno imaginaba la tierra en el centro de su entorno cósmico, pero girando sobre su eje cada veinticuatro horas, movida por siempre en su rotar por el ímpetu inicial de la creación, el ímpetu divino del que hablaron Filopon y Ockham; los planetas, el sol, la luna sufrían la influencia de ese ímpetu y, cautivos del remolino celeste, eran arrastrados en un giro eterno alrededor de la tierra. Es así como la luna sólo tardaría 28 días en circundar la tierra, el sol lo haría en un año y Saturno en 29. Mas lejos de esto las estrellas fijas no reciben la influencia del ímpetu permaneciendo eternamente quietas en el espacio. Todo el conjunto de astros se encuentra iluminado por el sol. Y más allá de todo esto ¿qué puede haber? El universo no puede tener límites, aunque hubiese espacio vacío también sería universo, más allá de donde el sol no llegase, donde la vista no alcanzara, Giordano creía que habría planetas u otros mundos habitados por mortales, movidos por el ímpetu de Dios, rodeado de planetas y estrellas estáticas. La bóveda celeste de Ptolomeo y Copérnico explota, haciéndose pedazos por esta revelación del nolano.

Copérnico
 Con respecto a lo antes mencionado M. Rosental y P. Iudin expresan:

El punto de partida de su filosofía es el sistema de Copérnico, que
Bruno enriqueció con ideas nuevas, por ejemplo, la idea de la existencia de un número infinito de mundos, la de la atmósfera terrestre que gira conjuntamente con la Tierra, la del Sol que se desplaza con relación a las estrellas. La audaz doctrina de Bruno asestó un golpe vigoroso a la religión. Su tesis fundamental sobre la unidad material del universo compuesto por un número infinito de mundos semejantes a nuestro sistema solar, desempeñó un papel considerable en el desarrollo de la ciencia, no obstante sus extravagancias panteístas. A Bruno pertenece la idea de la historia de los mundos en el tiempo. Fue él igualmente quien adelantó la hipótesis de los cambios geológicos perpetuos de nuestro planeta, introduciendo así la idea de desarrollo en este dominio.
Según él, la materia y el movimiento son inseparables, pero su concepción del movimiento sigue siendo metafísica. Sostiene que el conocimiento científico de la naturaleza debe fundarse en la experiencia, y rechaza resueltamente la escolástica estéril con sus definiciones huecas al margen de la naturaleza. Junto a la experiencia, la razón humana debe desempeñar un papel importante. Además, Bruno consideraba el conocimiento de las leyes de la naturaleza como la finalidad suprema del pensamiento humano”. (Diccionario filosófico abreviado).
Convertido de nuevo en fraile, cuando estuvo por Padua los compañeros dominicos le recomendaron que volviese a vestir el hábito si quería conseguir trabajo de enseñante, así Bruno siguió su peregrinar intentando inútilmente conseguir un trabajo de docente en alguna universidad. Tras diversos intentos fallidos por Europa y atrapado por el invierno en camino, pide refugio en el convento de Chambery, donde lo aceptan aunque con cierto recelo, por miedo a haber dado cobijo a un hereje. Poco después este miedo se confirma con la llegada al convento de un correo donde se comunica que el padre Giordano Bruno ha sido excomulgado por la iglesia. Bruno vuelve a huir, esta vez a tierras protestantes. Ahí es acogido por el marqués de Vico, quien era el jefe de los exiliados italianos en Ginebra, sobrino de un Papa y ferviente calvinista. El marqués de Vico colocó a Bruno como corrector en una conocida imprenta ginebrina, proporcionándole un sueldo para que alquilase una habitación, se pagara comida, ropa y pudiese ahorrar dinero, este trabajo le permitió tener acceso a libros prohibidos en Italia.
Dispuesto a probar suerte en la vida docente, se matricula en la Academia de
Ginebra y comienza a acudir a una serie de conferencias donde se impartían temas variados de ciencia y filosofía. Una de éstas la daba Antoine de la Faye, un célebre profesor calvinista. Giordano publica un panfleto exponiendo veinte errores cometidos por el profesor pedante en una de sus lecciones. Por ese motivo fue arrestado y abandona Ginebra tan pronto como puede. Se traslada a Francia donde, en la Universidad de Toulouse, se doctoró en teología y enseñó dos años (1580-1581), aunque en un principio no se le admitió como profesor de la universidad por carecer del adecuado currículum, entonces se dedicó a dar clases particulares de astronomía, matemáticas y cualquier asignatura que sus estudiantes necesitaran perfeccionar. Escribió la Clavis magna (lulista) y explicó el tratado De Anima de Aristóteles. Luego de varios tropiezos por la guerra religiosa, fue aceptado por Enrique III como profesor de la Universidad de París en 1581.
 
En 1583 viajó a Inglaterra, tras ser nombrado secretario del embajador francés
Michel de Castelnau. Enseñó en la Universidad de Oxford la nueva cosmología copernicana, atacando las ideas tradicionales. Después de varias discusiones debió abandonar Oxford. Sus escritos más importantes son De umbris idearum, de 1582; La cena de las cenizas, Del universo infinito y los mundos y Sobre la causa, el principio y el uno, las tres últimas escritas en 1584. En 1585 escribió Los furores heroicos donde, en un estilo de diálogo platónico, describe el camino hacia Dios a través de la sabiduría. La influencia de la teología se hace sentir en su doctrina (por ejemplo, la identificación de Dios y la naturaleza) lo que se explica por circunstancias históricas. Sin embargo, el panteísmo de Bruno constituía en esa época el medio más cómodo de propagar las concepciones materialistas. Ese mismo año regresó a París con el embajador, para luego dirigirse a Marburgo, donde dio a la prensa las obras escritas en Londres. En Marburgo retó a los seguidores del aristotelismo a un debate público en el Colegio de Cambrai, donde fue ridiculizado, atacado físicamente y expulsado del país. En 1586 expuso sus ideas en la Sorbona, en el Colegio de Cambrai, y enseñó filosofía en laUniversidad de Wittenberg. En 1588 viajó a Praga, donde escribió artículos dedicados al embajador de España Guillem de Santcliment y al emperador Rodolfo II.
Pasó a servir brevemente como profesor de matemáticas en la Universidad de
Helmstedt, pero tuvo que huir otra vez cuando fue excomulgado por los luteranos. En 1590 se dirigió al convento de las Carmelitas en Fráncfort y Zúrich. Ahí escribió algunos poemas. Regresa a Italia y Mocenigo se convierte en su protector, para impartir cátedra particular, fijando su residencia en Venecia. El 21 de mayo de 1591, Mocenigo, no satisfecho de la enseñanza y molesto por los discursos heréticos de su huésped, le denunció a la Inquisición (aunque más bien hubiese parecido una trampa política, por intereses de partidos y cuestiones de ego con respecto a los amigos de Bruno). La Inquisición veneciana lo encarcela el 23 de mayo de 1592 y es reclamado por Roma el 12 de septiembre de 1592. El 27 de enero de 1593 se ordenó el encierro de Giordano Bruno en el Palacio del Santo Oficio, en el Vaticano. Estuvo en la cárcel durante ocho años mientras se disponía el juicio, en el que se le adjudicaban cargos por blasfemia, herejía e inmoralidad; así como por sus enseñanzas sobre los múltiples sistemas solares y sobre la infinitud del universo.


 El 20 de enero del año 1600 se celebró una sesión extraordinaria del Santo
Oficio, presidida por el Papa Clemente en persona. El 8 de febrero lo trasladaron a una sala donde estaría el tribunal que lo juzgaría. El cardenal Madruzzo dio las instrucciones precisas y los guardias obligaron al nolano a arrodillarse. El procurador Materenzii iba a leer la sentencia:

“Habiendo invocado el nombre de nuestro señor Jesucristo y su gloriosa madre María siempre virgen, en razón de la causa llevada ante el Santo Oficio entre, por una parte, el Procurador Fiscal de dicho Santo Oficio y por otra, vos, el susodicho Giordano Bruno, acusado, interrogado y llevado a juicio, habéis sido encontrado culpable, impenitente, obstinado y pertinaz. Nosotros, los miembros de este Tribunal, por medio del presente documento, publicamos, anunciamos, pronunciamos, sentenciamos y os declaramos ser un hereje impenitente, merecedor de todas las censuras y sanciones que se imponen a tales impenitentes no confesos, pertinaces y obstinados herejes, por lo que como tal os degradamos de todas vuestras órdenes eclesiásticas en las que habíais sido ordenado, y os expulsamos de nuestra sagrada e inmaculada Iglesia, de la que os habéis hecho indigno. Y prescribimos que debéis ser entregado a la corte secular para ser castigado, aunque fervorosamente suplicamos a dicha corte que mitigue el rigor de sus leyes en cuanto a fatigas de vuestra persona y que no estéis en peligro de muerte o de mutilación de vuestros miembros. Además, condenamos todos vuestros libros y otros escritos por heréticos y erróneos. Ordenamos que sean destruidos y quemados y que sean inscritos en el índice de libros prohibidos. Así lo pronunciamos los cardenales generales de los inquisidores, cuyos nombres suscribe este documento”. (Giordano Bruno, el loco de las estrellas)

Pero Giordano nunca fue un hombre corriente y alzándose del suelo pronunció una frase desafiante y heroica: “Maiori forsan cum timore sententiam in me fertis, quam ego accipiam” (El temor que os produce dictar vuestra sentencia es mayor que el mío al escucharla). Las ocho herejías por las que se le acusaban a Giordano, y de las que él se negó a renunciar fueron las siguientes:

La declaración de «dos principios reales y eternos de la existencia: el alma del mundo y la materia original de la que se derivan los seres».
La doctrina del universo infinito y los mundos infinitos en conflicto con la idea de la Creación: «El que niega el efecto infinito niega el poder infinito».
La idea de que toda realidad, incluyendo el cuerpo, reside en el alma eterna e infinita del mundo: «No hay realidad que no se acompañe de un espíritu y una inteligencia».
El argumento según el cual «no hay transformación en la sustancia», ya que la sustancia es eterna y no genera nada, sino que se transforma.
La idea del movimiento terrestre que, según Bruno, no se oponía a las
Sagradas Escrituras, las cuales estaban popularizadas para los fieles y no se aplicaban a los científicos.
La designación de las estrellas como «mensajeros e intérpretes de los caminos de Dios».
La asignación de un alma «tanto sensorial como intelectual» a la Tierra.
La oposición a la doctrina de Santo Tomás sobre el alma: la realidad espiritual permanece cautiva en el cuerpo y no es considerada como la forma del cuerpo humano. (Enciclopedia Libre, pagina web)

El papa Clemente VIII dudó de la sentencia impuesta a Giordano antes de dictarla, porque no deseaba convertir a Bruno en un mártir. Es así como en la madrugada del 17 de febrero del año 1600, Giordano es quemado en la hoguera por rebatir las acusaciones de la Inquisición, la cual no sabía qué hacer con Bruno, pues éste atraía con sus ideas a muchos jóvenes y era para la iglesia más peligroso que los sucesores de Lutero y Calvino. Giordano era considerado un destructor del orden interior, un subversivo y de esta forma debían neutralizarlo, pero les era muy difícil encontrar a alguien capaz de estar a su altura y se le pudiera enfrentar en el proceso refutando sus ideas. Los primeros interrogatorios y su escrito en defensa habían dejado este tema muy claro: nadie podía rebatirle a Giordano. Al nolano le hicieron una jugarreta con las ocho herejías que fueron sacadas de sus obras, lo tenían acorralado, el único camino era negar que había escrito todo aquello, pero Bruno les entregó una apelación al Papa, y solo a él le explicaría sus razones. Este encuentro nunca llegó, o quizás como narra Michael White se dio el encuentro entre estos personajes de manera poética:

Mientras Bruno ardía aquel jueves festivo del 19 de febrero del año 1600, la multitud gritaba y agitaba sus banderolas, los niños corrían hacia la hoguera acercándose temerariamente a las llamas, y las madres asustadas tiraban de ellos obligándolos a retroceder. Y cuando el espectáculo hubo terminado y el mundo fue librado de otro hereje, las cenizas de Bruno fueron cayendo sobre las cornisas y los campos cercanos. Allí la lluvia infiltró en el suelo moléculas que antes habían formado parte de su cuerpo. Con el paso del tiempo, las moléculas fueron disueltas y las plantas absorbieron sus átomos. Las plantas fueron comidas por animales, y algunos de ellos terminaron llegando a las mesas de Roma y otros lugares. Otros elementos de Bruno cayeron al agua y fueron reciclados para mojar las caras de los bañistas y en vasos y copas. Y así, quizás, al menos a un nivel atómico, el Papa terminó fundiéndose con el hereje después de todo. Como hubiese dicho Bruno: el universo es infinito, y es una sola cosa. Todos somos cada uno de los otros. Todo es todo lo demás.

Escribir sobre el nolano, y darlo a conocer entre las personas como un gran filósofo lleno de más aciertos que desaciertos, ha sido una idea que me ha rondado la cabeza desde hace algunos años. Primero se presentó a mí a través de un profesor que dirán no es muy cuerdo por creer en teorías conspiranoides, luego llegó a través de mi teléfono en un libro electrónico que contenía una novela histórica basada en la vida de Giordano. Ahí fue cuando no pude desprenderme de aquellas páginas y no pude evitar sentir cierto aprecio y admiración por aquel mártir que muchos de la filosofía burguesa aún lo hacen pasar por un idealista para intentar restar la importancia histórica de su pensamiento y su influencia sobre el occidente, y para denigrar de las ideas del ilustre polaco Copérnico, del que Bruno había tomado y desarrollado. Fue un eminente profesor de mnemotecnia, famoso por su prodigiosa memoria. Apasionado poeta y escritor, maestro en fabulosas metáforas y complejas representaciones, contradictorio, extremo, polémico, testarudo, orgulloso, confuso, oscuro, misterioso y profundo, tanto en su vida como en su obra. Como se ve, Giordano Bruno, además de ser el padre de geniales intuiciones cosmológicas y acertados juicios políticos y morales, elaboró un sinfín de teorías sobre todo lo humano y divino.


 La imagen de Giordano Bruno posee una fuerza e influencia tales entre los innovadores de aquella época, que no se explica cómo este personaje no es considerado por la historia a la altura de Galileo, Kepler y Newton, como un continuador fundamental de la revolución iniciada por Copérnico. La razón quizá, está en su conducta penosa, indomable ante sus jueces y los que se encargan de escribir la historia a su conveniencia, que han intentado y siguen intentando echar leña al fuego durante muchos años. Hoy día existen autores que se esfuerzan en desprestigiar a Bruno resaltando sus frivolidades esotéricas por encima de sus aciertos cosmológicos, mientras otros esotéricos que también se ocupan de ese aspecto, quieren ver trazas de hermetismo en cada una de sus palabras; cuando solo 5 de los de sus más de 40 libros son explícitamente sobre la magia. Y aun en el tema de la magia Bruno ha sido sujeto de malinterpretaciones. Michael White, preguntándose el por qué se le han perdonado sus fantasías astrológicas a Kepler y no se ha hecho lo mismo con Bruno, llega a la conclusión que de esa manera se trata de minimizar la barbaridad que con él se perpetró, y es que aún hacen creer que no era más que un loco ocultista. Con la condena de Bruno se paralizó la marcha de la ciencia, hubo un atraso tecnológico en los países católicos; pero si a Giordano no lo hubiesen condenado, sería otra la historia que estuviésemos escribiendo: la de otro filósofo innovador, brillante e ignorado, renegado, mal comprendido; un outsider más de la filosofía.

BIBLIOGRAFIA

Enciclopedia Libre, Giordano Bruno. (https://es.wikipedia.org/wiki/Giordano_Bruno) Pagina Web.
Giordano Bruno. La Cena de le Ceneri, 1584. Libro Electrónico.
Giordano Bruno. Spaccio de la Bestia Trionfante. 1584. Libro Electrónico.
Giordano Bruno. De l’infinito universo e mondi. 1584. Libro Electrónico.
Giordano Bruno. De la causa, principio et uno. 1584. Libro Electrónico.
Giordano Bruno. De gli Eroici Furori. 1585. Libro Electrónico.
Michael White. The Pope and the Heretic, 2001. Libro Electrónico.
Miguel Ángel Pérez Oca. Giordano Bruno, el loco de las estrellas, 2000. Libro
Electrónico.
M. Rosental y P. Iudin. Diccionario filosófico abreviado. 1959. Libro Electrónico.
Johannes Hirschberger. Geschichte der Philosophie. 1954. Libro Electrónico.
Patricia Castelli. L’estetica del Rinascimento. 2005. Libro Electrónico.



sábado, 7 de diciembre de 2019

Ñeñe-ku-ñeke (ñuñe-ken-jarro)

Fondo de ojo de voyeur
 ¿Qué significa ese título? Es un pequeño secreto mío, un tanto vergonzante, que prefiero que siga siendo secreto. Como siempre que publico mis trabajos de fotografía editada digitalmente, me gusta poner un título enigmático para llamar la atención de los cuatro gatos que me leen.

Con tal de no ver TV
Esta imagen (que ya tiene unos añitos) consigue lo que yo busco, que es asombrarme a mí mismo. ¿Que por qué no publico en Instagram? Porque aborrezco las redes sociales. ¿Por qué? Porque todo el mundo habla de ellas, convencidos de que es lo máximo que hay en el mundo, pero en realidad son una trampa cazabobos. Me parece que detrás de ellas hay la intención de homogeneizar y controlar a los incautos que siguen lo primero que se pone de moda. No comparto plenamente las conspiranoias del movimiento anti-tecnología, pero sus argumentos están ahí. También odio los teléfonos llamados "inteligentes", esas láminas diseñadas para caerse y quebrarse y que nadie se atreve a sacar en la calle para que no se las roben. En mi opinión el celular mejor diseñado sigue siendo aquel Motorola inspirado en las cajitas con tapa que integraban comunicadores y armas láser usados por los tripulantes del Star Trek original (aquel de finales de los sesenta).

El ojo del dinosaurio
Quiero que mis últimos trabajos estén en la "nube", pero no en las redes sociales, esas cloacas llenas de chismes, insultos y frivolidades. Disfrútenlos, mis cuatro fieles gatos lectores.

Algunos personajes coloridos
Se me dañó la batería de la cámara, y un teléfono que me habían prestado se me cayó y se inutilizó su touch-screen. Es decir, soy un fotógrafo sin cámara. Con la edición digital, sin embargo, aprovecho mi archivo fotográfico para hacer estos pseudo-collages.

Maraña pa ti
Apropiándome de unos videos, obtuve estas imágenes que me recordaron una etapa de mi adolescencia durante la cual me apasioné por el voyeurismo. Era, como decía Rabelais, un libidinosuelo rústico, paralizado en el fondo por la timidez.

Reve du voyeur
Qué tiempos aquellos... lo digo sin nostalgia. Sigo siendo un inmaduro. Pero es que después de la madurez sólo queda la podredumbre. Mejor es permanecer en estado "pintón". A riesgo de que me llamen "viejo verde".

Voyeur deconstruido
Y para terminar, las manos. "Tengo una gran torpeza manual, y lo deploro". Y también: "La mano que escribe vale igual que la mano que ara. ¡Qué siglo de manos! Yo nunca tendré mano. Después, la domesticidad lleva demasiado lejos".

Quirurgia
Hasta la vista. Nos vemos en el café Els Quatre Gats. O en Armando el Cafetín, allá en Caño Amarillo, donde pronto tendremos el Bar del Mono Pancho.

Personajes en ocre y rojo


domingo, 1 de diciembre de 2019

Epicuro y mi derecho a la pereza

Siempre estoy diciendo que Epicuro es mi filósofo griego favorito. Ahora por fin me decido a rescatar este resumen de su pensamiento que escribí creo que en 2009. En aquel entonces trabajaba en la Universidad Católica Santa Rosa, cuya sede en Sabana del Blanco es uno de los sitios más agradables de nuestra Caracas. Pretendía que este artículo me lo publicaran en la revista de la mencionada universidad, pero lamentablemente (para ellos) me echaron a patadas poco después...

Patio central de la U. C. Santa Rosa

En vez de revivir cualquier resentimiento, prefiero seguir fiel a las enseñanzas de Epicuro, que con toda su aspiración a la serenidad era un tipo sumamente polémico, enfrentado a las tres grandes escuelas filosóficas de su tiempo: platónicos, peripatéticos y estoicos; y a todos los prejuicios e injusticias de la sociedad griega de entonces, como espero mostrar en el siguiente escrito. Quiero hacer como él: buscar mi propio camino, sintetizar y elevar como en un Aufhebung hegeliano lo que me gusta y me interesa de las enseñanzas de otros.

Sostengo que si la filosofía tiene algún valor es como guía para buscar la felicidad. No puedo avalar filosofías de la angustia y el miedo a la muerte, como el existencialismo; ni pirotecnias verbales como la fenomenología; ni reduccionismos y descalificaciones a priori como el positivismo lógico. Una de las cosas que más admiro de Epicuro es precisamente su desprecio por la terminología complicada, la retórica y los sofismas; aunque eso precisamente lo convierte en un filósofo poco atractivo para los académicos, que siempre andan buscando giros y sutilezas del lenguaje, o sea, aire caliente (palabras) para hacer sus verbosas (e inútiles) tesis. Por otra parte, el llamado Filósofo del Jardín (aunque en realidad era una huerta organopónica, adelantada a su época - Epicuro también es pionero del pensamiento ecológico) ofrecía convincentes reflexiones para aliviar los mayores temores del ser humano. Además, enseñaba que la filosofía era la más agradable de las actividades, ya que daba placer por sí misma, sin necesidad de esperar a recoger ninguna cosecha.



Epicuro: una filosofía ecuménica y liberadora
Epicurus: an ecumenical and liberating philosophy
Pedro Leonardo González
RESUMEN
La filosofía de Epicuro es ecuménica, porque fue la primera que, en vez de encerrarse en los límites de la polis griega (que había quedado reducida a un mero municipio dentro de un vasto imperio), buscaba adeptos en todas las regiones conquistadas por Alejandro. Es igualitaria porque explícitamente incluyó a mujeres, bárbaros y esclavos. Es hedonista porque enseñaba el verdadero placer catastemático, y cómo éste se equilibra con el dolor. Es pacifista porque proponía el aislamiento político como medio para protegerse de las constantes guerras de la época. Pero sobre todo es liberadora, porque su meta definitiva era  liberar al hombre del miedo y la ignorancia.
PALABRAS CLAVE: Epicuro, filosofía helenista, placer catastemático.

ABSTRACT
Epicurus’ philosophy is ecumenical, for it was the first one not exclusively limited to the Greek polis (now a mere department within a much larger Empire), and sought followers in the regions conquered by Alexander. It is egalitarian, since it explicitly included women, barbarians and slaves. It is hedonist, since it showed what true, katastematic pleasure was, and how it could be balanced with pain. It is pacifist because it preached political aislationism as a means of protection against the constant wars of the time. But above all it is liberating because its ultimate goal was to free man from fear and ignorance.
KEY WORDS: Epicurus, helenistic philosophy, katastematic pleasure. 

Busto de Epicuro en la Biblioteca Nacional de Nápoles


Introducción
Después de alcanzar sucesivamente con Sócrates, Platón y Aristóteles las cimas más elevadas de su historia, es natural que la filosofía griega clásica entrara en un período de decadencia. Es lo que dice Marx en su tesis doctoral (1841): “nada tiene de sorprendente el que la filosofía griega, tras su florecimiento sumo en Aristóteles, se marchitara. Sólo que la muerte de los héroes se parece al ocaso de un sol, y no al reventar de una rana inflada” (Marx, ed. de 1997; p. 23). En efecto, no sería justo ni exacto decir que las escuelas filosóficas sucesoras de la gran tradición clásica, denominadas “helenísticas” o “alejandrinas,” sean el “final gris” de una mala tragedia (lo cual se decía frecuentemente en la época de Marx). Más bien hay que verlas como la proyección del espíritu de la antigua Grecia sobre la naciente civilización romana, destinada a ser su auténtica heredera histórica. Por eso Marx, lejos de considerar a epicúreos, estoicos y escépticos como “un apéndice extemporáneo, sin relación alguna con sus potentes predecesores,” asegura que son “los tipos originales del espíritu romano,” dignos representantes de “la figura de Grecia al peregrinar a Roma” (p. 24).

Karl Marx joven

            En este crepúsculo histórico de la Grecia clásica se destaca la figura de Epicuro como exponente de una filosofía que no sólo fue capaz de sintetizar todo el pensamiento precedente, sino también de insertarse en el nuevo mundo cosmopolita surgido a consecuencia de las conquistas de Alejandro Magno de Macedonia. En los siglos siguientes, el epicureismo también gozaría de amplia aceptación en el mundo romano, como lo demuestra el colosal poema de Lucrecio, De Rerum Natura, el cual, según Farrington (1968, p. 186), no sólo fue el texto en lengua latina más importante de su tiempo, sino que “sigue siendo, según la opinión general, el mayor poema filosófico del mundo.” Finalmente, conviviría, se asimilaría y ejercería una gran influencia sobre la nueva religión destinada a prevalecer en todo el Imperio Romano: el Cristianismo, a su vez una poderosa síntesis de elementos religiosos y filosóficos del Oriente y de Grecia. Como bien lo dice N. W. DeWitt (1964; p. 64) en su exhaustivo estudio: la obra de Epicuro representa “nada menos que la síntesis de la física que los jonios cultivaron, pero descuidando la ética, con la ética que Sócrates y Platón cultivaron, pero descuidando la física.”

El Helenismo, universalización de la cultura griega
El tiempo de vida de Epicuro coincide con la destrucción del modelo de la ciudad-estado, que tal vez fue el mayor orgullo de los griegos, pero también a fin de cuentas el mayor obstáculo para su unidad nacional; cuya ausencia facilitó la conquista macedónica. En las nuevas condiciones, los griegos estaban sometidos a un amo que, si bien compartía con ellos lengua y cultura, seguía siendo visto como un bárbaro. El descontento y la sensación de derrota eran generalizados. Era el fin de una civilización y el nacimiento de otra: la helenística.

La marcha triunfal de Alejandro Magno, que apenas duró una docena de años, supuso para el oriente de la cuenca mediterránea una verdadera revolución. Por primera y última vez, el poderío de las armas griegas había unificado bajo una férula única un inmenso territorio que se extendía desde Macedonia hasta el Punjab y desde el sur de Egipto hasta el actual Afganistán. Los conquistadores, aunque perdieran rápidamente la unidad política y se dividieran en diversos reinos, lograron asentarse en casi todo el ámbito conquistado por Alejandro, y formaron sobre las poblaciones indígenas subyugadas una superestructura militar, política, económica y cultural que habría de permanecer siglos enteros… La cultura de la polis griega, hasta el momento cerrada en el ágora y en sus murallas, se extiende por territorios sin barreras y se hace casi universal, gracias a una educación común, ocupando casi todo el mundo conocido y habitado (oikoumene, en gr.) (Piñero, 1989; p. 7).

La batalla de Issos
                La palabra oikoumene (de la cual se deriva nuestro término “ecuménico”) significa exactamente eso: “todo el mundo conocido y habitado” para aquel momento histórico, sobre el cual la cultura griega ahora predominaba. Por su parte, la lengua griega evolucionaba hacia la koiné, la lengua común que unía a numerosos pueblos profundamente diferentes entre sí. El griego siguió siendo la lingua franca del Medio Oriente por milenios. Ni siquiera el latín imperial pudo desplazarlo.

Amigos que “viven ocultamente”
A diferencia de Platón, Epicuro nació pobre, aunque recibió cierta educación (era hijo de un maestro de escuela, figura socialmente desdeñada). Su familia, de origen ateniense, se había visto obligada a emigrar a una colonia agrícola en la isla de Samos, patria de Pitágoras, donde nació Epicuro. La vida de un colono o klerújos era bastante dura, sometida a los vaivenes de las constantes guerras de entonces, que para el hombre común sólo traían sufrimientos y carencias de todo tipo. Por otro lado, con la desaparición de la polis, la libre participación del ciudadano en la vida pública era imposible. Para enfrentar estas realidades, la filosofía epicúrea se aparta de sus antecesoras platónico-aristotélicas y se concentra en el individuo al margen (o más allá) del estado; en contraste con el ideal clásico del ciudadano, que identifica la ética con la política. “El hombre epicúreo es como una ciudad asediada que se encierra dentro de sus muros” (Daraky y R.-Dherbey, 1996; p. 59).
            Durante aquella “espantosa gestación del mundo helenístico… siempre bajo la amenaza de la hambruna” (Ibíd., p. 7), Epicuro predicaba el apoliticismo, o más exactamente, la no participación en el servicio público (leitourgía). Es interesante señalar que lo que Epicuro propugnaba equivalía a no colaborar con una forma de gobierno que para los griegos era, ni más ni menos, una ocupación militar.

El ideal político epicúreo se sintetiza en la máxima “Vive ocultamente” (láthe biósas). Como dice el fragmento 552 de Usener: “Los epicúreos huyen de la política como daño y destrucción de la vida dichosa.” Sustituyendo a la política, la amistad o philía universal, más preciosa que la misma sabiduría, es el único nexo que mantiene unidos a los miembros de la escuela epicúrea. Sin embargo, aunque el Sabio propone el placer y la amistad como fines y bienes supremos, no deja de ser básicamente un asceta, en la tradición de Sócrates y de Diógenes de Sínope; cuya sabiduría consistía en minimizar sus necesidades y atenderlas con la mayor simplicidad posible. En una aparente paradoja, “la moral del placer desemboca en un frugal ascetismo, y la universalidad de la amistad epicúrea acaba reduciéndose al marco de un retirado jardín” (García y Acosta, 1973; p. 83). Sin embargo, Epicuro llegó a ser tan popular que, como recuerda Diógenes Laercio, “su patria… lo honró con estatuas de bronce; sus amigos… eran en tan gran número que ya no cabían en las ciudades.” Lejos de ser un movimiento aislado, su escuela “permanece sin interrupción de maestros a discípulos, cuando todas las otras han acabado” (D. L. X, 6) [1].
           
Placer, virtud, temor, libertad y fatalidad
En palabras del gran Francisco de Quevedo, autor de una Defensa de Epicuro Contra la Común Opinión (ed. de 1997; p. 5), “Epicuro puso la felicidad en el deleite, y el deleite en la virtud.” Epicuro concordaba con Aristipo el Cirenaico en que la sabiduría consistía, no en abstenerse del placer, sino en dominarlo para que no nos envilezca (D. L. II, 75); pero se diferenciaba de aquél en el concepto mismo de placer. Para Epicuro, el verdadero placer era el catastemático, o inmóvil; es decir, un estado que consiste en una simple ausencia de dolor y turbación (aponía). El verdadero placer era no tener sed, no tener hambre, no tener frío. Aquí se oponía a tanto a los cirenaicos como al Platón del Filebo, que niega que pueda existir placer sino en el movimiento indispensable para obtener la katástasis o restauración de un estado doloroso (comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed). Para Epicuro, el placer era el resultado o katastéma, y no la acción que lleva a él (García y Acosta, 1973; p. 32).
      Por otro lado, la teoría epicúrea del mundo físico es una adaptación con pocos cambios del atomismo de Demócrito. A pesar de la importancia de la física en su doctrina, el interés principal de Epicuro, más que ofrecer una explicación científica de la naturaleza, es fundamentar su teoría ética, cuyo propósito es eliminar el temor a los dioses y a la muerte por medio de una actitud racional y calculadora hacia el placer y el dolor (el llamado tetrafármaco). Su intención era “proporcionar una visión conjunta de la naturaleza que permitiese la tranquilidad del ánimo y ayudara a liberar el espíritu humano de los terrores supersticiosos ante los prodigios impresionantes de la naturaleza, en los que Demócrito había visto una de las causas de la religión” (García y Acosta, 1973; p. 211-212). 

Demócrito muerto de la risa
Como a Sócrates, a Epicuro le parece ocioso ocuparse del origen y la formación de este mundo (o de los infinitos mundos que según él existían). Acepta la teoría atómica sólo porque le parece suficientemente plausible. Pero lo único que realmente le interesa es el sufrido hombre de su época, esclavizado por el miedo. Por eso, hasta en la física dejaba un margen para la libertad, “pues sería mejor aceptar la fábula popular sobre los dioses que ser esclavo de la Fatalidad de los fisiólogos” (D. L. X, 134).

Igualitarismo, ataraxia y posible orientalismo
También como consecuencia de la destrucción de la civilización de la polis, el epicureismo fue la primera doctrina filosófica griega que no se dirigía exclusivamente al ciudadano griego. Por eso DeWitt (1964, p. 26) dice que fue la primera “filosofía misionera,” que buscaba adeptos de todas las nacionalidades y condiciones sociales. Era una doctrina para griegos y bárbaros, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, amos y esclavos por igual; unidos todos por el amor, el afecto y la amistad mutuos. Cabe señalar que mujeres, bárbaros y esclavos eran los grupos más discriminados en la sociedad griega, antes y después de Alejandro.
La felicidad consistía en la suspensión de toda ansiedad, la ausencia de perturbación, la calma perfecta: la ataraxia. Es posible hallar similitudes de esta doctrina con el budismo y otras religiones orientales, pues la definición epicúrea del ascetismo parecía “conducir a una especie de aniquilación de la persona, análoga al nirvana búdico” (Festugière, 1963; p. 26). De hecho, fue durante las conquistas de Alejandro cuando ocurrieron los primeros contactos entre hindúes y griegos, quienes llamaron a los ascetas hindúes “gimnosofistas,” o sea, sabios desnudos (Plutarco, ed. de 1970; p. 97). Sin embargo, Festugière (1963, p. 26) opina que la noción de “extinguir en sí mismo todos los deseos… tornarse indiferente a todos los móviles de la actividad humana,” es un “camino de vida” que “siempre ha repugnado al alma occidental, singularmente al alma griega” y “no presenta con la doctrina epicúrea sino analogías de superficie” (Ibíd.). A pesar de esta opinión, expresada por uno de los mayores conocedores de Epicuro, no es difícil encontrar muchas importantes semejanzas entre las doctrinas del sabio del jardín y el pensamiento oriental. 

Fakir indio en una cama de clavos
Por supuesto, también es evidente la filiación de Epicuro con las grandes corrientes del pensamiento griego. Algunas raíces del epicureismo pueden hallarse sin duda en la Ética Nicomáquea de Aristóteles (ed. de 1999), que dedica dos libros completos a la amistad: “Cuando los hombres son amigos, no hay necesidad de justicia… la más perfecta expresión de la justicia es la amistad… la amistad no es sólo un medio, sino un fin… En resumen, identificamos el bien con la amistad.” (1115a) También en el Estagirita hallamos la noción, defendida posteriormente por Epicuro, de que los dioses son indiferentes hacia los asuntos humanos: “¿No parecerá ridículo ver a los dioses haciendo contratos, devolviendo depósitos y otras cosas semejantes? etc.” (1178b). El cálculo del placer aparece en 1105a: “todo el estudio de la virtud y la política está en relación con el placer y el dolor, puesto que quien se sirve bien de ellos, será bueno, y quien se sirva mal, será malo.”

El epicureismo en Roma
Es natural que una filosofía tan amable como la de Epicuro tuviera numerosos seguidores, primero en el ámbito helenista, y luego entre los romanos. Aunque autores griegos como Plutarco, de creencias platónicas, y latinos como Cicerón, influenciado por los estoicos, fueron duros críticos del epicureismo, éste a su vez fue defendido por figuras igualmente ilustres, como los poetas Horacio (quien dijo de sí mismo que era “un cerdo de la piara epicúrea”) y Juvenal. También Epicuro es citado por Séneca (a pesar de ser éste también estoico) en 20 de sus epístolas: “todas las veces que necesita de socorro en las materias morales que escribe... Séneca habla de Epicuro con suma veneración… Más frecuente es Epicuro en las obras de Séneca que Sócrates y Platón y Aristóteles y Zenón” (Quevedo, ed. de 1997; p. 18).
Pero la mejor expresión de la importancia del movimiento en Roma es el ya mencionado poema de Tito Lucrecio Caro, monumento de las letras latinas; que se inicia con una alabanza al fundador, ese “varón griego” que se rebeló contra la religión, el fanatismo y “las fábulas de los dioses:”

No intimidó a este hombre señalado
La fama de los dioses, ni sus rayos,
Ni del cielo el colérico murmullo.
(…)
Por lo que el fanatismo envilecido
A su voz es hallado con desprecio;
¡Nos iguala a los dioses la victoria! (Lucrecio, ed. de 2007; 100-110)

David Sedley (citado por Clay, 2000), de Cambridge, ha propuesto que Lucrecio utilizó una obra ahora perdida de Epicuro (Peri Physeós o “Sobre la Naturaleza”) como base doctrinaria para sustentar De Rerum Natura. Curiosamente, el poema fue editado por un enemigo del epicureismo, el mismísimo Cicerón.
            Dice Farrington (1968, p. 190) que la razón de la antipatía que muchos en Grecia y en Roma sentían hacia el epicureismo era su negativa a usar la religión como instrumento político: “El gobernar era para los romanos lo que la filosofía había sido para los griegos,” y tanto unos como otros sostenían que la religión era el mejor medio para “impresionar a las masas… (y) llenar de miedo su imaginación.” Esta práctica de manipular políticamente al vulgo por medio de la religión era aprobada tanto por platónicos como por peripatéticos y estoicos, y todos ellos consideraban subversiva la posición epicúrea de “participar en el ritual estatal, pero (sin) permitir que (éste) afecte a su religión interior.” Los epicúreos, que participaban en el culto socialmente aceptado, pero sin renunciar a sus propias convicciones privadas, eran vistos por los fundamentalistas como unos infiltrados. 

Un cerdo de la piara epicúrea
     
Epicuro y el cristianismo
La aparición del cristianismo significó la fusión definitiva de la filosofía griega con la teología hebraica, después de siglos de estrecha convivencia. Quizás el primer episodio de este fenómeno fue la traducción de la Torá hebrea al griego koiné por los legendarios Setenta, en Alejandría. Esto permitió que los gentiles conocieran las Escrituras judaicas bajo nombres griegos (Biblia, Pentateuco, etc.). De cualquier modo, los nuevos amos europeos que reemplazaban a los sátrapas de los antiguos imperios asiáticos tenían costumbres que podían parecer escandalosas a los pueblos sometidos. El libro de los Macabeos (I, 1-42) relata justamente un enfrentamiento entre el pueblo judío y las autoridades helenísticas, motivado por la construcción de un gimnasio al estilo griego en Jerusalén, a la que habían seguido violaciones al código judío tan graves como “la restitución de los prepucios,” que los guardianes de la ortodoxia no pudieron soportar.
Para bien o para mal, la fusión cultural y religiosa se dio a la larga; y un personaje tan cosmopolita como el apóstol Pablo, judío de lengua griega y ciudadano romano, aparece como el mayor representante de ella. También es indudable que Pablo estaba familiarizado con las doctrinas epicúreas y estoicas que prevalecían en la época. En su obra St. Paul and Epicurus, DeWitt (1954, p. 2) llega a decir que San Pablo reconoció los grandes méritos de la ética epicúrea, y que la adoptó, otorgándole el rango de doctrina religiosa; pero sin admitir su deuda con Epicuro, cuyos reputados materialismo y hedonismo lo hacían aparecer al criterio cristiano como un pagano pecaminoso de la peor especie. Pero ni el materialismo de Epicuro lo hacía ateo, ni los placeres que buscaba eran los placeres de la carne, y un espíritu esclarecido como Pablo ha debido reconocer esto. 

San Pablo en Atenas
DeWitt (1954) propone una clave para descubrir los principios epicúreos ocultos en los escritos de San Pablo. Se puede concordar con él en que el ecumenismo, el igualitarismo, la prédica del amor y la paz, la preferencia por el estilo epistolar, la práctica de reunirse en residencias privadas y el aislacionismo político eran características que compartían los epicúreos con los primeros cristianos. Pero a un cristiano (y de hecho, al practicante de cualquier religión) le sería imposible aceptar la idea, central al epicureismo, de que los dioses son indiferentes a lo que ocurre en el mundo de los hombres. Tampoco podría aceptar el atomismo, y mucho menos la idea de que el alma, compuesta de átomos al igual que el cuerpo, desaparece por completo después de la muerte. En efecto, el dogma cristiano de la resurrección de la carne, defendido por Pablo en su discusión con los filósofos griegos en el areópago de Atenas (Hechos, XVII, 16-34), es irreconciliable no sólo con la filosofía de Epicuro, sino con la de cualquier otro pensador griego. Pitagóricos y platónicos, por el contrario, preferían creer en la reencarnación.
No obstante, es innegable que existen ecos, no sólo de Epicuro, sino de muchos otros filósofos griegos, en los escritos doctrinarios cristianos: los hay de Platón en el Sermón de la Montaña; de Heráclito y de los estoicos en la tesis del lógos hecho carne; de Sócrates en su injusta condena y su entrega al sacrificio, que anticipa el de Cristo. En conclusión, puede decirse que no sólo el epicureismo, sino también toda la filosofía griega, encuentran su culminación en el Cristianismo, al que ayudaron a dar forma y profundidad.

BIBLIOGRAFIA
Aristóteles (Ed. de 1999). Ética Nicomáquea. Gredos, Madrid.
Clay, Diskin (2000). “Recovering Originals: Peri Physeos and De Rerum Natura (A Review of David Sedley, Lucretius and the Transformation of Greek Wisdom).” En: Apeiron, Vol. XXXIII Nro. 3, Sept. 2000.
Daraki, María y Romeyer-Dherbey, Gilbert (1996). El Mundo Helenístico: Cínicos, Estoicos y Epicúreos. Akal, Madrid.
DeWitt, Norman Wentworth (1964). Epicurus and his Philosophy. University of Minnesota Press, Minneapolis.
DeWitt, Norman Wentworth (1954). St. Paul and Epicurus. Originally published by the University of Minnesota Press in 1954 (copyright expired). Epicurus_info E texts. 
Diógenes Laercio (Ed. de 1985). Vidas de los más Ilustres Filósofos Griegos. Traducido del griego por José Ortiz y Sainz. Orbis, Barcelona.
Farrington, Benjamin (1968). La Rebelión de Epicuro. Ediciones de Cultura Popular, Barcelona.
Festugière, A.- J. (1963). Epicuro y sus Dioses. Eudeba, Buenos Aires.
García Gual, Carlos y Acosta, Eduardo (1974). Epicuro. Ética. La Génesis de una Moral Utilitaria. Barral, Barcelona.
Marx, Carlos (Ed. de 1997). Diferencia entre la Filosofía de la Naturaleza según Demócrito y según Epicuro. Traducción directa del alemán por J. D. García Bacca. UCV, Dirección de Cultura, Caracas.
Piñero Sáenz, Antonio (1989). La Civilización Helenística. Historia del Mundo Antiguo Akal, Vol. 35. Akal, Madrid.
Plutarco (Ed. de 1970). Alejandro y César. Traducido por Carles Riba. Salvat, Barcelona.
Quevedo, Francisco de (ed. de 1996). Defensa de Epicuro contra la Común Opinión. Tecnos, Madrid.
Tito Lucrecio Caro (ed. de 2007). De la Naturaleza de las Cosas. Traducción del latín de José Marchena. El Perro y la Rana, Caracas.
Sagrada Biblia. Versión Nácar-Colunga (1988). Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.



[1] D. L.: Diógenes Laercio.