lunes, 11 de mayo de 2020

Por amor al Leviatán


El socialismo es una forma de organizarse para vivir peligrosamente, a diferencia de la forma de vida del burgués, que lo quiere todo seguro, predecible, tranquilo, cómodo, aséptico y ordenado. Algo así como la banda de Robin Hood contrastada con Fedecámaras. De ahí que la filosofía burguesa (como por ejemplo Hegel) sea necesariamente una forma de cobardía organizada. 
 
Por cierto, uno de los grandes dilemas de Hegel —y eso lo dijo Giovanni Papini— es que es demasiado burgués para los rebeldes e inconformes y demasiado estrambótico y problemático para los burgueses. En este momento de la historia —que continúa a pesar de que Hegel decretó hace siglos “el fin de la historia”— parece que nos preparamos para vivir peligrosamente, porque de repente se nos vino encima el apocalipsis con sus trompetas y jinetes. 
 
El mundo post-cuarentena representa una oportunidad para desnudar los delirios del capitalismo “de casino”, o la economía financiarizada; es decir, el actual sistema imperante en que los banqueros y demás pillos de cuello blanco tienen el derecho divino de apostar los recursos de todos a la ruleta, los naipes y los dados, pues si pierden, cuentan con la alcahuetería del estado para que les devuelva lo que perdieron por medio de “inyecciones de liquidez” que hacen que el dinero —que de por sí no es más que un esquema Ponzi, una vulgar pirámide en la que todos nos dejamos estafar con una sonrisa en los labios— tenga cada vez menos credibilidad. 
 
Al capitalismo de casino ya no le interesa ni la producción ni el trabajo, sino seguir concentrando el dinero en manos de una minoría cada vez más minúscula para que siga creando con engañifas cada vez más falaces burbujas cada vez más purulentas que, cuando estallan, salpican a todo el mundo menos a los responsables. En suma, hasta los verdaderos capitalistas chapados a la antigua están asqueados ante el monstruo que han creado. 
El Leviatán: No hay poder en la tierra que se le compare
 Recuerdo cómo me impresioné cuando era estudiante de filosofía y vi por primera vez la famosa portada o frontispicio del Leviatán de Thomas Hobbes. Parecía la portada de un disco de rock, que ocultaba un significado profundo tras una fachada irreverente e irónica. La figura gigantesca del rey formado por los cuerpos pequeñitos de sus súbditos es exactamente lo que yo llamo una “interpretación plástica” de las ideas de Hobbes. 
 
Cuando pasé de la portada al contenido, me resultó muy atractivo el radical pesimismo hobbesiano, según el cual el hombre ya no era un “animal político” relativamente decente, sino un salvaje agresivo y egoísta que, si se le dejaba en su estado natural, terminaría por destruirse a sí mismo y a sus semejantes. Para salir de una vida “solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta” y poder vivir en sociedad, los hombres se veían obligados a renunciar a su libertad y entregarle el monopolio de la violencia a un monarca con poder absoluto en lo político y en lo religioso. Ese tirano semejante al monstruoso Leviatán bíblico era preferible a la anarquía y la guerra de todos contra todos, puesto que el hombre es un lobo para los otros hombres. 
 
Hobbes es además un tipo muy interesante: lo llamaban “el hijo del miedo” porque nació el mismo año (1588) en que los españoles habían amenazado con destruir Inglaterra con la Armada Invencible, sembrando el terror en todo el país. Este genocidio anunciado terminaría siendo uno de los mayores fiascos de la historia y marcaría la decadencia de España y el surgimiento de Inglaterra como futura potencia imperial. 
 
A Hobbes, monárquico aborrecedor de la democracia, le tocó vivir en carne propia todo lo que siempre había temido: el caos sanguinario y demagógico de la Revolución y las Guerras Civiles inglesas. Cuando los revolucionarios decapitaron al rey, Hobbes reconoció a Cromwell, el jefe de los regicidas, como la nueva encarnación del Leviatán, abandonando sus amistades pro-monárquicas para convivir con el Lord Protector. Al sobrevenir la restauración, el rey Charles II, el hijo del decapitado, lo cubrió de honores y le dio una pensión vitalicia. Pero el miedo lo acompañó hasta el final de su larga vida: siendo famoso como ateo intransigente, debió quemar sus propias obras cuando el parlamento, el nuevo Leviatán, aprobó una ley contra el ateísmo. 

Dicen que fue un montaje, pero también lo dicen de la bandera gringa en Iwo Jima
 Y es precisamente el ateísmo una de las razones por las que 1) no soy comunista y 2) se derrumbó ese Leviatán totalitario en que degeneró la utopía socialista en la Unión Soviética. No soy comunista porque soy agnóstico, pero no ateo. Como agnóstico no sé si Dios existe. Si digo que no existe, debo admitir que no tengo ninguna prueba de ello; entonces sólo puedo decir que creo que no existe. Ya hemos hablado de la apuesta de Pascal: es más conveniente apostar a que Dios existe, porque si es así salgo ganando, y si no, tampoco pierdo nada. 
 
Pero más allá de las razones egoístas, la persecución de la religión por los bolcheviques rusos terminó siendo contraproducente para ellos (tal vez la religión, más que “el opio del pueblo”, sea la poesía de los pueblos, como escribió Harold Bloom). Después de los días de gloria de Lenin, vino Stalin, que tal vez era un gran malandro, pero su malandrería fue necesaria para derrotar a un malandro peor: Hitler. Los que vinieron después de Stalin fueron bastante mediocres, y al final quedó claro que la gloriosa URSS, paraíso de los trabajadores, se había convertido en una gerontocracia fosilizada cuyo último recurso era la represión. Terminó hundiéndose en sus contradicciones. 
 
Después de una década de humillación, pudo retomar el lugar que le toca en el mundo gracias a un tipo que llegó reivindicando la religión ortodoxa: el gran Vladímir Vladimírovich Putin; el cual, digan lo que digan es un líder de categoría mundial. Por otra parte, el comunismo (o mejor dicho, el marxismo-leninismo) es una forma de religión atea e intolerante que pretende explicarlo todo basándose en unos pocos dogmas que sus fieles acólitos esperan que se cumplan al final de la historia: la sociedad sin clases, etc. Lo cierto es que el socialismo real lo que hizo fue tratar de prohibirlo todo: el jazz, los bluyines, el rokanrrol, el bikini, la minifalda… 
 
Cuando llegó la Revolución Tecnológica de los 80, se le vieron las costuras: era un modelo fracasado, incapaz de renovarse. Lo cual no quiere decir que Marx no fuera un genio: cada vez que llega una crisis capitalista, se oyen los ecos de sus profecías. El socialismo del siglo XXI ahora es que va a poder construirse, en el mundo post-apocalíptico que se avecina. Y ojalá que no sea otro Leviatán.

Cataratas de Hueque, en Falcón
 Mientras Hobbes veía al hombre como un lobo (con el perdón de los lobos) al que había que someter, Rousseau predicaba su bondad natural, pervertida por la opresión de la sociedad. En algún punto intermedio entre esos extremos se encuentra la verdad. 
 
Yo quiero un socialismo que no sea un Leviatán ni un Panóptico para vigilar y castigar. Yo quiero un socialismo donde pueda tomar vacaciones. En febrero de 2015 tomé las últimas vacaciones que recuerde: con 30 mil bolos que me había ganado en una traducción compré dos pasajes en avión para Coro, donde me hospedé en un hotel 5 estrellas (Bs. 1.300 la noche, desayuno incluido) y fui a conocer las cataratas de Hueque, una de las maravillas turísticas menos conocidas de esta Tierra de Gracia. 
 
A partir de entonces presencié junto con todos mis compatriotas el derrumbe de nuestra prosperidad petrolera, la destrucción de la moneda, el salario (término que viene justamente de la palabra "sal") convertido en sal y agua. Esa fue y todavía es la etapa más dura de nuestra revolución, mientras vamos aprendiendo que para hacer historia hay que pasar trabajo. La guerra psicológica, los miles que se fueron (Venezuela nunca había sido un país de emigrantes). La certeza de que el gobierno pudo haber hecho algo algo más...

Ésta y que también fue un montaje... aunque se alzó sobre un montón de cadáveres
 No se puede comparar con los horrores que pasaron los rusos (26 millones de muertos en la II Guerra Mundial, su Gran Guerra Patria que ahora quieren borrar de la historia) ni con las masacres y humillaciones que sufrió China a manos del imperialismo europeo y japonés. Y no hablemos de Vietnam. Ni siquiera de Cuba: seis décadas de bloqueo y abuso. Nunca les perdonarán los cohetes rusos que pusieron a 90 millas del territorio imperial, donde no había caído una sola bomba mientras el resto del mundo era arrasado. 
 
Ahora nos toca esperar que de nuestras penurias surja un nuevo orden social; no otro Leviatán que proteja a las oligarquías, sino “la mayor suma de felicidad posible” para todos. Pero cuidado, la pandemia permite experimentos siniestros de control masivo (en Perú decretaron unos días para que salieran los hombres y otros para las mujeres, ¡cuidado con eso¡). 
 
China conservó el socialismo como garantía del poder político, pero permitió la síntesis hegeliana con el capitalismo; y ahora nos ofrece la Iniciativa de la Franja y la Ruta inspirada en la antigua Ruta de la Seda, como ejemplo de que sí se puede compartir la prosperidad y la solidaridad a nivel global. Y sin dejar de hacer negocios. El mal no está en el negocio, sino en condenar el ocio. “De cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades”, esa es la esencia del socialismo. Debemos endurecernos, pero sin perder la dulzura. Y basta de eslóganes por hoy.

 

viernes, 17 de abril de 2020

El rebaño inmune (a costa del individuo)



Toda esta locura que nos restriegan y machacan todo el tiempo seguramente está sirviendo de inspiración para artistas, poetas, filósofos, místicos y otros majaderos. Ocio, soledad, tristeza y silencio son ingredientes perfectos para confeccionar alguna bagatela artística, o quizás alguna reflexión catártica que alivie el dolor y el miedo. Se dice que toda obra que valga la pena nace de un 1% de inspiración y un 99% de transpiración. Este lema emblemático del genio práctico anglosajón se atribuye nada menos y nada más que a Thomas Edison. La transpiración, el esfuerzo, consiste en este caso en tratar de poner algún orden en las dispares interpretaciones de los fenómenos delirantes que estamos viviendo para exponerlas de modo que puedan iluminarnos. La primera reflexión que hay que hacer es que, en la situación actual, todos somos prisioneros del miedo. Es necesario darse cuenta de eso: tenemos miedo a enfermar, a morir; o tal vez, peor todavía: miedo a violar el consenso impuesto sobre el rebaño de que hay que tener miedo. La segunda reflexión es que hay gente muy poderosa interesada en sacar provecho de ese miedo para incrementar el poder que ya tienen sobre nosotros, los individuos. Pero la individualidad es una cosa contradictoria. En realidad todos somos lo mismo, pero no somos iguales: ni con todo el poder del mundo se podría alterar el hecho de que cada uno de nosotros es único. Cada hoja de hierba es la misma hierba, pero cada una es diferente. Entonces, una clave para al menos aliviar nuestro miedo es saber que nunca podrán transformarnos en una masa homogéneamente asustada. Aunque siguen intentándolo.

Cuando Ronald Reagan asumió la presidencia de EE.UU en 1981, en su discurso inaugural dijo aquellas palabras fatales: “El gobierno no es la solución a nuestro problema. El gobierno es el problema”. Ese fue un momento histórico, un hito simbólico que marcaba el fin de una era iniciada cuando Franklin Roosevelt sacó a EE.UU de la Gran Depresión de los años 30, gracias precisamente a la acción decidida del gobierno (“tirando dinero desde un helicóptero”, como dijeron entonces). Después de la guerra, la confianza en que el gobierno estaba ahí para ayudarnos en los momentos de peligro empezó a desmontarse gradualmente. Ese proceso de desmantelamiento termina con Reagan asumiendo un gobierno que se niega a sí mismo, que renuncia definitivamente a ser el protector del colectivo para convertirse en alcahuete de la minoría de los ricachones. En eso consiste el famoso neoliberalismo, un constructo basado totalmente en mentiras, empezando por su nombre: parece que ofreciera una “nueva libertad”, pero esa libertad no es para todos. Es exclusiva para los plutócratas de siempre, que ahora pueden ejercer su señorío sin necesidad de disimular. Amparados por el mito de que la codicia es eficiente, se han hecho dueños de todo. En particular, convirtieron la educación y la salud públicas en sendos negocios. El mundo es un juego de monopolio, los políticos son prostitutas tarifadas, la supuesta democracia se limita a una falsa elección entre una falsa izquierda “progresista” y una falsa derecha “conservadora”, cuando lo único que progresa es la riqueza de los que ya tenían todo, y lo único que se conserva son sus privilegios. Pero no hay mal que dure cien años: según parece, podemos esperar que esa era funesta iniciada en 1980 haya llegado a su fin con otro hito histórico-simbólico: la actual pandemia en este cabalístico año 2020. Pero al mismo tiempo, desconfiemos: seamos fieles a la escuela de la sospecha

Donald Trump, autoproclamado heredero de Reagan, es el producto final de este decadente neoliberalismo globalizado: fatuo, frívolo, farandulero, hijito de papá que le dejó todo el dinero, emprende la política como un negocio más (¿y acaso no lo es?). Su forma de ganar las elecciones aprovechando el sistema indirecto supuestamente “democrático” que impera en EE.UU ilustra su pragmatismo de businessman pseudo-mafioso (bastaba concentrarse en algunos estados clave que le dieran la mayoría de votos electorales, ¿para qué perder tiempo y dinero buscando una innecesaria avalancha de votos populares?). Sin embargo, soy de los que cree que era mejor que ganara él y no Hillary, candidata de los que querían una guerra con Rusia. Trump se alineó con los cristianos sionistas y demás fundamentalistas puritanos (siendo él un sátiro hedonista amoral) que prefieren pelear con Irán y el Islam, explotando a su favor la idea calvinista de la predestinación: si tienes dinero y poder es porque Dios te lo ha dado. Eso te hace un elegido de Dios, y nadie le pregunta a Dios por qué eligió a semejante bufón. Desde mi perspectiva paranoica-crítica, delirante e irresponsable, quisiera proponer una nueva teoría conspirativa: el virus, la pandemia y el repentino apocalipsis es, entre muchas otras cosas, un complot contra Trump. No exclusivamente, pero es una de las aristas posibles, muy conveniente para los muchos enemigos de Trump. Para empezar, un manejo desastroso de la crisis de la pandemia es la única forma de lograr que pierda las elecciones. El candidato demócrata que quedó a última hora, el viejito Biden, es una nulidad senil con un “rabo de paja” larguísimo. Necesita un buen empujón para ganarle el hombre del copete anaranjado. El otro viejito, el supuesto “socialista” Sanders, ha sido siempre un fraude.
BBC-Getty Images
Hagamos una nueva lista de teorías conspirativas: primero tenemos la dicotomía a) el virus es una creación de laboratorio, o b) es producto de la evolución natural. Eso convertiría a la naturaleza en conspiradora, una idea nada antipática. Los argumentos que apoyan esta última teoría no son extremadamente convincentes. Pero poco importa si el responsable es Dios (o la naturaleza, como decía Spinoza) o los anónimos científicos sin ética de la guerra biológica. Ya el bicho está suelto y el mundo conmocionado. Nunca había habido una cuarentena global como ésta, ni siquiera cuando la Gripe Española (que no era española, sino gringa, pero esa es otra historia), que mató 20 millones hace un siglo. La globalización, de hecho, permite que el mundo sea uno: múltiple y variado, pero único, es decir, universal, que significa uno y diverso. ¿Y ahora qué? 
Radiosoh.com
No sabemos lo que viene, pero tenemos ciertos indicios. Pepe Escobar (brasileño que vive en China y sabe mucho de la Ruta de la Seda y demás chinerías) escribe que el plan es llegar al tan ansiado “gobierno único mundial”, con una moneda digital única que reemplazará definitivamente al papel moneda, con cada individuo debidamente inscrito en los archivos de un algoritmo de control social manejado a través del “internet de las cosas” y la inteligencia artificial. Lo que estamos viviendo ahora no es más que un ensayo, por eso el virus tiene una tasa relativamente baja de mortalidad-letalidad, pero funciona perfectamente para crear el pánico. Al final, los plutócratas maltusianos, o los gobiernos autoritarios, o una alianza de ambos, ofrecerán una vacuna contra la peste, y junto con ella insertarán en cada individuo una contraseña digital, como un código de barras o un nanochip que pasará a ser parte de nuestros cuerpos. Será una versión trans-post-hiper moderna de la Marca de la Bestia, tal como se la describe en Apocalipsis 13, 16-17: “e hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese una marca en la mano derecha y en la frente, y que nadie pudiese comprar o vender, sino el que tuviera la marca, el nombre de la bestia o el número de su nombre”. (Ya sabemos cuál es ese número…)

Pero como yo soy un optimista incurable, creo que después de superar esta prueba y algunos tragos muy amargos, después de sufrir en carne propia la agonía de este mundo fracasado, vendrá una nueva Era Dorada en que las grandes potencias, en vez de desperdiciar sus energías en complots y guerras mezquinas y absurdas, harán una alianza sagrada bajo el signo de la inteligencia y retomarán los proyectos que fueron abandonados por ignorancia, estupidez, arrogancia y otros pecados. Esas metas que están a nuestro alcance prometen el desarrollo de todas las capacidades del ser humano y le aseguran su libertad y prosperidad. Nos referimos en primer lugar a la adquisición definitiva de la energía fundamental del universo, el combustible de las estrellas: la fusión nuclear, una empresa a la que deberían dedicarse todos los recursos del planeta, y que no está tan lejos de conseguirse como puede parecernos en estos momentos catastróficos. Y una vez que tengamos ese poder, la humanidad seguirá con el plan que se vio obligada a interrumpir a finales de los años 70: la conquista del espacio exterior. Las riquezas de la Luna, para empezar, podrían ser patrimonio de la humanidad si tan solo lográramos ponernos de acuerdo y reunir los esfuerzos y talentos de todos. Estados Unidos, Rusia y últimamente China ya tienen una buena parte del camino explorado. Ciertos emprendedores privados visionarios también harán su aporte. La actitud de China de cooperar con todas las naciones en vez de encerrarse en un nacionalismo arrogante, excluyente y competitivo, es el ejemplo a seguir. Al final, comprenderemos que la estupidez equivale a la maldad y la inteligencia brillará como el lucero de la mañana. “Y el que tenga sed, venga, y el que quiera tome gratis el agua de la vida” (Apocalipsis 22, 17).