domingo, 11 de febrero de 2024

Gaforismos de un tonto inútil

 

La belleza al acecho
El rinconcito más anodino, el charquito más humilde, la callejuela más cotidiana, en todas ellas está al acecho la belleza. No siempre se tiene la oportunidad de oprimir el obturador para aprisionar las imágenes, pero eso es lo de menos. Lo que cuenta es estar alerta para comprobar y verificar el misterio, la luz, el reflejo, el instante.

Micromilagro

En mi entrada anterior, mencioné el tema de los jázaros. Para muchos, es una hipótesis desacreditada. Otros aseguran que la genética la refuta completamente. Que los estudios del ADN no muestran evidencias a su favor. Nunca pretendí que fuera una verdad absoluta. Seguramente las razas se han mezclado infinitamente a través de los siglos. Respecto a los que se basan en argumentos genéticos, tal vez han encontrado precisamente lo que estaban buscando, y lo bueno de la ciencia es que ninguna verdad es absoluta. Pero sí creo que no existen razas puras ni particularmente bendecidas (y/o malditas). Los que presumen tener a Abraham por padre, deberían recordar que Dios puede sacar hijos de Abraham hasta de las piedras.

Santa Claus merodeador

El misterio nunca termina. Por eso el arte, la poesía, la filosofía, la religión, nunca perderán su sentido. La ciencia busca los constituyentes de la materia, los elementos del espacio. ¿Y qué encuentra? La materia aparentemente sólida, líquida o gaseosa está formada principalmente por vacío. Lo concreto es una ilusión. En el universo, lo que más abunda, según los cálculos de los físicos, es la materia oscura, que nadie sabe lo que es. La energía oscura es todavía más oscura. La luz que no puede escapar de los agujeros negros yo creo que se va a alumbrar otros mundos que están al otro lado. 

La calle habla

Tal vez la materia inerte, sometida al azar y la necesidad, ni siquiera existe. Tal vez el idealismo más radical, que afirma que nada existe si antes no es percibido y/o concebido por una mente, tenga razón al final. Aunque tal vez no haya final, ni principio. Todo lo que conocemos es perecedero, tiene su origen en algo preexistente y se dirige a su final inexorable. Pero si hay una mente que percibe la totalidad, el infinito, la eternidad, entonces será capaz de una conciencia total, infinita, eterna.

Infinitamente trivial

Por eso la idea de la creación siempre me ha resultado estéticamente insatisfactoria. Pues para que haya creación, hay que partir de que al principio no había nada. De esa nada, Dios, el Demiurgo, el Gran Arquitecto, lo creó todo. Es fácil desechar esa idea como absurda, pero la ciencia la cambia por otro constructo materialista que tampoco me satisface: al principio no había NADA, ni siquiera tiempo, ni espacio, pero de repente ALGO estalló haciendo BANG. O sea que sí había algo, después de todo, porque si no, ¿qué fue lo que estalló? Y la prueba de la hipótesis del Big Bang es que supuestamente el universo se está expandiendo. Encuentro esa idea demasiado brutal. Yo prefiero creer que siempre hubo, hay y habrá algo. Y que la materia no es brutal. No quería citar a nadie, pero ¿no decía Aristóteles que no hay materia sin forma, pero la forma sin materia es lo que llamamos Dios?

Gauguin tocando el órgano sin pantalones

Hay que ser irreverentes, pero no ignorantes. Y menos todavía dogmáticos. Los chinos dicen que la lengua aguanta más que los dientes, porque los dientes son rígidos.

Sabana Grande irreverente
La búsqueda no es la respuesta. Más bien tengo fe en que lo que buscamos y lo que encontramos está escondido, o esperando, en el mundo supuestamente trivial de todos los días. Los mayores milagros son ver y oír, sobre todo ver, porque implica el contacto con la luz, que es el misterio que ilumina.
Estéticamente ético
A mis cuatro gatos lectores los saludo una vez más y les digo que aprovechen el carnaval, porque después vendrán los rigores de la cuaresma.
Don Carnaval Vs. Doña Cuaresma de Pieter Brueghel el Viejo (detalle)




lunes, 1 de enero de 2024

El suave olor de la carne quemada

 

El juicio final, por El Bosco

… y quemarás todo el carnero sobre el altar. Es ofrenda de fuego a Yahvé de suave olor; es sacrificio a Yahvé por el fuego (Éxodo 29-18)

Mientras la guerra en Ucrania se estancaba y empezaba a aburrirnos, el verdadero polvorín, la verdadera llaga sangrante que los creadores de “contenidos” para descerebrados habían pretendido esconder, estalló con toda la violencia volcánica que venía acumulando en silencio. Sobre la tierra que mana leche y miel llovió otra vez fuego y azufre. Y más que nunca quedó claro que la palabra “apocalíptico”, en su sentido tanto de revelación como de fin catastrófico de una era, es la que mejor describe nuestros tiempos, capaces de engendrar un infierno como el que ahora se despliega ante los ojos perplejos y estupefactos del mundo.

La boca del infierno, Bosco

Ya que no soy (ni remotamente) un experto en un tema tan complejo como el de Israel y Palestina, que involucra no sólo profundos conocimientos de historia, sino también de religión, geopolítica, antropología (etnología, arqueología y lingüística) y en general un nivel de cultura y de experiencia vital e intelectual muy por encima de mis modestísimas capacidades, me atrevo a escribir brevemente al respecto subiéndome a los hombros de algunos gigantes que espero que no me aplasten en castigo por mi osadía.

Para empezar, hay que evitar caer en las trampas lingüísticas que, en una era de embrutecimiento colectivo como ésta, acechan nuestra ignorancia con la amenaza de lo “políticamente correcto” (que ahora llaman “conciencia woke”). Aquí me subo a los hombros de mi primer gigante: Alfredo Jalife-Rahme, polímata mexicano, una especie de super-Walter Martínez (que sabe de todo, ha estado en todas partes y conoce a todo el mundo) en cuya sabiduría me apoyo para superar este primer escollo.

Alfredo Jalife

El término “antisemita” no es más que un eufemismo. Si nos basamos en la etimología (y en la mitología), resulta que los semitas son los descendientes de Sem, hijo de Noé; el más famoso de cuyos vástagos fue desde luego Abraham, que a su vez es padre de dos pueblos: los ismaelitas (porque Ismael se llamaba el primer hijo de Abraham, padre de los hoy llamados árabes), cuya madre, Agar, terminó siendo desterrada por las intrigas de Sara, la mujer legítima de Abraham; la cual finalmente también le dio otro hijo, llamado Isaac, quien, tras salvarse de ser degollado por su propio padre, dio origen a los israelitas. De esta tradición podemos sacar al menos dos conclusiones: que árabes y judíos son pueblos hermanos, y que la palabra “antisemita”, que en justicia debería referirse a ambos, es sólo una forma disimulada (o hipócrita) de decir “antijudío”, o, en todo caso, “antisionista”.

Criticar las políticas del estado de Israel conlleva el ser automáticamente descalificado como “antisemita”, y asociado con Hitler y los campos de exterminio nazis. Pero ocurre que la mayoría de los judíos que existen en la actualidad no son, racialmente hablando, semitas. Los judíos de origen centroeuropeo, muchos de los cuales ostentan apellidos germánicos, como Rosenbaum (que significa árbol de rosas) o Rothschild (escudo rojo) o Blumenthal (valle de flores) o Einstein (una piedra) no son semitas sino jázaros. Por eso Jalife, descendiente de libaneses, se llama a sí mismo semita, y a los que lo acusan de antisemita por criticar a Israel les responde con su estupenda ironía que los peores antisemitas son actualmente los gobernantes del estado de Israel (y también, para ser justos, los de EE.UU).

Para aclarar el significado de la palabra jázaro me apoyo en otro gigante: Arthur Koestler, autor de un libro que a los sionistas no les gusta: La decimotercera tribu (en referencia a las legendarias 12 tribus de Israel). Según la tesis que sustenta esta obra, la mayoría de los actuales “judíos” (practicantes o no de la religión hebrea) provienen ancestralmente del antiguo reino de Jazaria, ubicado en el Cáucaso, entre el Mar Negro y el Mar Caspio, llamados por gentilicio jázaros. Este pueblo, ante la disyuntiva de elegir entre hacerse cristianos ortodoxos o musulmanes, eligió un tercer camino: el judaísmo. Pero étnicamente están emparentados con los turcomanos y otros pueblos de las estepas de Asia Central. Me atrevería a decir que son más arios que semitas. Son judíos conversos, por religión, pero no son semitas.


Los jázaros, pueblo guerrero, fueron arrasados por las invasiones mongolas y debieron emigrar a Europa Central y Oriental. Ellos son los antepasados de los llamados judíos asquenazis, que hablan su propia lengua, el yidis, y tienen prácticas religiosas, tradiciones, vestuario y demás muy diferentes a los de otros grupos judaicos como los sefardíes y magrebíes. Los descendientes de este pueblo converso constituyen actualmente la inmensa mayoría de los judíos por cultura o religión en el mundo. También este pueblo es el que sufrió siglos de persecución y discriminación en Europa, sobre todo en Rusia, Polonia y Alemania. También migraron masivamente a Norteamérica. Actualmente son la población mayoritaria en el estado de Israel.

Para seguir esta fascinante historia me baso en dos libros imprescindibles para todo el que quiera entender los orígenes y fundamentos históricos e ideológicos de lo que actualmente llamamos Israel: se trata de La Invención del Pueblo Judío, del historiador israelí Shlomo Sand; y de Historia Judía, Religión Judía: el peso de tres mil años, de Israel Shahak. Cabe destacar que ambos son intelectuales judíos cuyo trabajo se realizó en el propio Israel. 

Despojos del templo saqueado por los romanos

 

La aparición del cristianismo coincidió con la destrucción del Segundo Templo y del reino judío de Palestina a manos de los romanos. Poco a poco el cristianismo fue creciendo y ganando adeptos, dejando de ser una secta minoritaria judía e imponiéndose finalmente como religión oficial del Imperio. Los judíos se vieron obligados a redefinir su religión en contraste con la cristiana, a la que consideraban una herejía.

El llamado Viejo Testamento de la Biblia cristiana es esencialmente una traducción griega del antiguo libro que los hebreos llamaban Torá. Si bien la tradición reza que los cinco primeros libros (que en griego se llaman Pentateuco) que constituyen la Torá fueron escritos por Moisés, los estudios histórico-lingüísticos indican que probablemente fueron compilados después del retorno del exilio de Babilonia, bajo influencia de los persas. Es a partir de esa época que la Biblia hace referencia a personajes históricos conocidos, como Ciro o Alejandro Magno. Los estudios también señalan que el monoteísmo judío fue profundamente influenciado por el zoroastrismo persa. 


Los rabinos hebreos que no aceptaban a Cristo como mesías produjeron sus propios libros doctrinarios para diferenciarse del cristianismo. El principal de estos libros es el Talmud, escrito unos 500 años después de Cristo, que contiene las estrictas leyes que rigen el judaísmo rabínico y las relaciones de los judíos entre sí y respecto a los no-judíos. El texto es claramente anti-cristiano y define al judaísmo como una comunidad religiosa totalmente cerrada y excluyente, con una declarada hostilidad hacia los no-judíos, a los que se les denomina goyim, término que equivale a infieles, extranjeros, impuros, etc., pero que ha sido traducido eufemísticamente como gentiles. Los rabinos tenían un poder absoluto sobre sus fieles, aunque esta situación se fue suavizando a través de los siglos con la aparición de las naciones-estado modernas en Europa.

Precisamente la modernidad y el concepto de nacionalismo llevaron a la aparición de un movimiento mucho más político que religioso llamado sionismo, cuyo propósito era la creación de una nación-estado para los judíos que vivían en Europa. Una gran influencia y un apoyo decisivo a este movimiento provino de la fascinación de los reformadores o protestantes cristianos en Inglaterra y EE.UU por el Antiguo Testamento. La modernidad está íntimamente ligada al colonialismo, y los primeros colonos británicos que se establecieron en Norteamérica se identificaban con la idea tomada de la Biblia de la llegada de un pueblo elegido a la Tierra Prometida, que les sería entregada por Dios una vez hubieran acabado con los infieles que la habitaban.


Al concluir la II Guerra Mundial, bajo presiones de los puritanos estadounidenses y los grandes financistas judíos de Inglaterra, fue creado el estado de Israel en 1948. Como toda nación, Israel necesitaba de héroes y épicas legendarias que sustentaran su orgullo nacional. Los fundadores del nuevo estado tomaron sus próceres directamente de la Biblia: los judíos ya no serían las débiles víctimas llevadas mansamente al exterminio, sino héroes poderosos, espartanos, victoriosos, como Moisés y Josué, y grandes reyes como Saúl, David y Salomón. Con ánimo expansionista y colonialista, siguiendo el modelo de la modernidad europea y estadounidense, se trazaron la meta de recuperar el magnífico reino del gran Salomón, que se extendía desde el Mar Rojo hasta el Éufrates, en Mesopotamia. Y, como Josué, no vacilaron en emprender el genocidio de los ocupantes de aquella Tierra Prometida.


Pero la historia, y su cómplice, la arqueología, terminaron por estropear esa imagen resplandeciente. Después de la Guerra de los Seis Días en 1967, cuando Israel se apoderó de casi todo el territorio de Palestina, se inició una entusiasta búsqueda para excavar las antiguas glorias cantadas en la Biblia. Los resultados fueron decepcionantes: no se encontró ninguna evidencia de que Abraham siquiera hubiera existido. El Éxodo de Moisés, que supuestamente movilizó millones de personas por el desierto, no había dejado ningún rastro. De las victorias de Josué sobre potentes ciudades como Jericó sólo quedaban huellas dudosas de pequeñas aldeas primitivas. Y lo peor era que el sabio Salomón y sus palacios, harenes, riquezas y templos no aparecían por ningún lado. Nunca me ha gustado ese papel de la historia como destructora de leyendas, porque estas siempre son más grandes y hermosas que la vida misma. Pero nuestra civilización materialista, sobre la cual se edifica el progreso científico, no tiene piedad con los ideales románticos.


Moshé Dayan, el León del Sinaí

La Guerra de los Seis Días, reedición mejorada del Blitzkrieg o guerra relámpago con la que Hitler acabó con Francia en un mes, consolidó a Israel como el mayor beneficiario de la ayuda financiera y militar de EE.UU. Esto significó un enorme progreso material para el país, aparte de la construcción de un ejército temible, equipado con las armas más avanzadas. Poco se habla del hecho de que Israel posee un arsenal nuclear que las agencias internacionales nunca han podido cuantificar efectivamente. Su alianza indestructible con la mayor potencia de la historia de la humanidad también protege a Israel de las normas de transparencia y respeto a los tratados internacionales que se aplican a cualquier otro país.

El hecho de que Israel se defina a sí mismo como un “estado judío” es quizás el meollo de todas las contradicciones en que está envuelto ese país. Siendo una teocracia, Israel no puede ser un país democrático en el sentido usual de esta palabra. Es de hecho un régimen de apartheid donde algunos ciudadanos acaparan todos los derechos y otros sólo pueden aspirar a ser sirvientes degradados. Y para gozar de plenos derechos basta con ser judío, debidamente certificado por los rabinos. Cualquier extranjero que se convierta al judaísmo puede mudarse a Israel y recibir todo tipo de prerrogativas que le están negadas a personas que han vivido en su territorio desde hace incontables generaciones. De hecho, estas últimas pueden ser expulsadas y despojadas de sus propiedades para entregarlas a “colonos” cuya única virtud es ser judíos. Todo con el beneplácito del último imperio de la historia, cuya política exterior parece estar totalmente sometida a los caprichos y rencores y arrogancias de un régimen político colonialista y racista que se esconde detrás de una falsa teocracia totalitaria.

Navidad entre escombros en Gaza. BBC/Getty

No todos los judíos son sionistas. Terminemos esta modesta indagación citando las palabras del rabino estadounidense Dovid Feldman, portavoz de la Organización Internacional de Judíos Contra el Sionismo. Según él, la raíz de los problemas que se viven en Palestina está en el movimiento sionista que estableció el Estado de Israel, e insiste en que los verdaderos judíos que siguen la Torá no aceptan tal situación. “La única explicación que se le puede dar a esto es que el movimiento sionista necesita de la guerra para existir y ganarse la simpatía del pueblo judío. Necesitan la guerra para poder decirles a los judíos, miren, estamos en peligro, los palestinos son una amenaza para nosotros”.

El conflicto de 75 años en Palestina es un ejemplo más del mismo colonialismo europeo que ha ensangrentado el mundo desde hace siglos, de la idea de la “raza superior” que llevó a los horrores de los campos de exterminio nazis, del revanchismo de un grupo de astutos intrigantes que usurpa la representación de un pueblo mítico, el “pueblo elegido por Dios”, que no es ni pueblo ni raza, pero proporciona un sistema de creencias atávicas muy difundidas que este grupo utiliza descaradamente para sus propios fines, que son principalmente los negocios del complejo militar-industrial-mediático-financiero-tecnológico del imperio que merece ser llamado “anglo-sionista” y que está en el ciclo final de su decadencia. La barbarie que presenciamos actualmente es una señal muy clara de ello.  

No sería justo culpar de esta barbarie a la antigua religión que ha generado las dos grandes creencias monoteístas del mundo (el cristianismo y el Islam) y que, en comparación con ellas, es muy minoritaria. Terminemos con estilo profético-estético con una digresión acerca de aquel dicho que dice “todo lo saludable viene de los judíos” (Juan 4, 22). En una de sus Fantasías Memorables, el poeta William Blake, en su viaje por el Infierno, conversa con los profetas Isaías y Ezequiel, y este último le dice que el pueblo de Israel cree que el Genio Poético es el Primer Principio del cual derivan todos los otros, que por eso los israelitas (no los israelíes, los primeros son el pueblo de Dios, los segundos los ciudadanos de la teocracia sionista) desprecian a los sacerdotes y filósofos de otros pueblos y profetizan que todos los dioses son tributarios de ese Genio Poético cantado por su gran poeta, el Rey David. Luego añade: “de estas opiniones el vulgo ha llegado a creer que todas las naciones serían finalmente sometidas a los judíos. Esto, dijo, como todas las convicciones firmes, llegará a suceder, pues todas las naciones creen en los mandamientos de los judíos y adoran al dios de los judíos, ¿y qué mayor sometimiento puede haber?” 


 

BIBLIOGRAFÍA

Shahak, Israel. Jewish history, Jewish religion (1994-2002-2008). Pluto Press, Londres.

Sand, Shlomo. The invention of the Jewish people (2009). Verso, Londres.

Koestler, Arthur. The 13th tribe. ISBN 0-394-402847.

Mearsheimer, John y Walt, Stephen. The Israel lobby and U.S. foreign policy (2007). Farrar, Strauss and Giroux, Nueva York.

Blake, William. The marriage of Heaven and Hell (1927). J. M. Dent and Sons Limited, Nueva York.

jueves, 28 de septiembre de 2023

El negocio del ocio

 

Siguiendo una tradición de este blog, voy a colgar mi propuesta para las jornadas de investigación que anualmente se hacen en UNEARTE. El tema esta vez es la ociosidad. El ocio, por supuesto, no es sólo un negocio: es una de las mayores industrias que existen en el mundo. Los saltimbanquis, payasos, trapecistas, trabajan por gusto, pero trabajan muy duro para que los que no necesariamente trabajan por gusto tengan algo que hacer cuando les dejan libres por un rato de sus asalariados trabajos. 

Probablemente vamos hacia una civilización del ocio. Es peligroso, requiere tener mucha conciencia. ¿Qué haríamos si no tuviéramos que trabajar? No todos somos artistas, por desgracia, y como dijo un sabihondo, el arte no es democrático. Quizás va siendo hora de pensar bien ese tema. Algunos no sabrán cómo manejar la ociosidad. La inteligencia artificial amenaza con dejarnos a solas con nuestra estupidez natural. Sigo perplejo y estupefacto. Al menos tengo este blog, que voy llenando para que Google no me lo cierre, y ofreciendo algunas ideas peregrinas a mis cuatro gatos lectores...

REIVINDICACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE LA OCIOSIDAD

DE LUDOVICO SILVA

PEDRO LEONARDO GONZÁLEZ

Pobres trabajadores. ¡Cornudos y apaleados! El trabajo es una maldición, Saturno. ¡Abajo el trabajo que se hace para ganarse la vida! Ese trabajo no dignifica, como dicen, no sirve más que para llenarles la panza a los cerdos que nos explotan. Por el contrario, el trabajo que se hace por gusto, por vocación, ennoblece al hombre. Todo el mundo tendría que poder trabajar así. Mírame a mí: yo no trabajo, y ya lo ves, vivo; vivo mal, pero vivo sin trabajar.

Diálogo con un sordomudo de Don Lope, en Tristana, de Luis Buñuel.

“La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Esta sentencia la oímos repetir desde que tenemos uso de razón. ¿Pero y si la ociosidad fuera, por el contrario, la madre de todas las grandes obras del arte y del pensamiento? Ya Aristóteles, en su Metafísica, afirmaba que la matemática (máthesis, que en griego significa conocimiento y deseo de saber) había nacido en Egipto, porque ahí la casta sacerdotal podía disfrutar a sus anchas de todo el ocio y el tiempo libre que quisieran.

Esta es una reflexión muy importante en nuestros tiempos, pues aún existe un culto pseudo-religioso, una sacralización del trabajo. Paul Lafargue es autor de una obra que viene como anillo al dedo en apoyo a esta argumentación: se trata de El derecho a la pereza, también conocida como Refutación del derecho al trabajo. En ella, este yerno cubano de Carlos Marx asegura que el amor al trabajo es una locura, una extraña aberración mental, sobre todo entre las clases trabajadoras. Los curas, los economistas y los moralistas han sacro-santificado al trabajo, a pesar de que éste era originalmente una maldición de Dios. En el Paraíso, Adán y Eva andaban desnudos y libres por ahí, disfrutando de una ociosidad perfecta. Al pretender igualarse a Dios, por intermedio de la serpiente y el conocimiento del bien y del mal (es decir, de la moral), fueron expulsados de aquel estado de perfecta felicidad, y se les impuso como la peor de todas las condenas aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Laura Marx y Paul Lafargue

 

El trabajo aparece como la causa de toda degeneración intelectual y orgánica según Lafargue, quien también recuerda que los antiguos sabios griegos despreciaban el trabajo. Sólo a los esclavos se les permitía trabajar. Los poetas cantaban loas a la pereza, y consideraban el ocio como un regalo de los dioses. Incluso Cristo alabó la pereza, cuando dijo que los lirios del campo, que nunca trabajaban, eran más hermosos que Salomón en toda su gloria.

En el capitalismo, el trabajo es sinónimo de dolor, miseria y corrupción. Hombres, mujeres y niños crearon la civilización industrial con jornadas de trabajo de quince horas. Y todo eso para que los filántropos autodenominados bienhechores de la humanidad pudieran estarse sin trabajar, dando trabajo a los pobres. “Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista”.

Entonces, en vez de ser la ociosidad la madre de todos los vicios, ¿será el trabajo el peor de todos los vicios? Depende. Porque existe otro tipo de trabajo: no el que se hace porque no queda más remedio, para no morirse de hambre, sino el que, en palabras de Don Lope, “se hace por gusto, por vocación”. Ese, que por el contrario, “ennoblece al hombre”, no es otro que el trabajo del artista, del poeta (no sólo el que hace versos, rimados o no. Según la etimología griega, el poeta es “el que hace”… arte, poesía, música, filosofía… y lo que le da la gana).

Y ya va siendo hora de hablar de Ludovico Silva y su Filosofía de la Ociosidad. Al poeta nunca lo conocí personalmente, pues él murió en 1988, y yo empecé en la escuela de filosofía de la UCV en el año 2000. Siempre he creído que, para ese entonces, la escuela había entrado en decadencia: ya no estaban, para citar tres nombres, ni Ludovico, ni García Bacca, ni Juan Nuño. Por cierto, lo que me motivó a estudiar filosofía fue que estaba harto y asqueado del trabajo. Hasta el año anterior había sido traductor de doblaje, sometido a la consabida explotación y desprecio de los capataces de empresas como Etcétera, que trataban a sus trabajadores como a un rebaño de llamas (entiéndase, camélidos del Perú y zonas aledañas) de su propiedad. En mis primeros años en la UCV, me preguntaron por qué había escogido la filosofía. Yo respondí que estaba harto del trabajo y quería dedicarme a hacer algo perfectamente inútil. Eso hasta me ganó cierto prestigio entre mis compañeros.

Ludovico Silva de 17 años

Aunque siempre tuve preferencia por los filósofos griegos antiguos, especialmente Epicuro, cuando tuve que hacer mi tesis de grado me encontré que iba a ser muy difícil encontrar un tutor, pues los grandes cacaos de la filosofía antigua pertenecían a lo que yo llamaba “la derecha ilustrada” y no eran receptivos al tema que a mí me interesaba, que era la postura crítica de Epicuro ante la filosofía de Platón. Entonces tomé un seminario sobre marxismo en las obras de Ludovico Silva con el profesor Gonzalo León. Me asocié con mi compañero y veterano locutor de radio José Antonio González y nos pusimos a trabajar con el profe León. Hacer una tesis, como le dije a alguien en aquel momento, es como hacer un negocio a conveniencia de todos los socios.

La columna vertebral de la tesis era un libro de Ludovico, La alienación como sistema, que nos condujo al descubrimiento de una de las obras menos conocidas de Marx, los misteriosos Grundrisse. Fue una revelación descubrir en ese libro de difícil lectura una noción muy esclarecedora sobre el tema del trabajo: el sistema de producción capitalista, cada vez más dependiente de la tecnología, llegaría a un punto en que podría prescindir por completo del trabajo humano. El trabajador se dedicaría apenas a inspeccionar el funcionamiento de las máquinas; y el tiempo libre, el ocio, que había sido hasta entonces privilegio exclusivo de la clase propietaria, se generalizaría a toda la sociedad. Es exactamente lo que se visualiza hoy en día con la Inteligencia Artificial. El nuevo problema para los ex-trabajadores será qué hacer con el tiempo libre, o sea, con la ociosidad.

La tesis era sobre la alienación del tiempo libre. Hay dos anécdotas personales que recuerdo de esos tiempos. La primera era que el profe León, nuestro tutor, hacía una diferenciación muy fuerte entre tiempo libre y ocio. El primero tenía connotaciones nobles y positivas; el segundo era, desde luego, el padre de todos los vicios. Cuando se habla de ociosidad, parece que todo el mundo se vuelve moralista. Eso se debe en parte a que se supone que en Venezuela la gente no siente esa veneración por el trabajo, y que por culpa de ello es que el país está atrasado. Si fuéramos como los portugueses, verdaderos animales de trabajo, o disciplinados como los alemanes y japoneses, el país echaría adelante. Quién sabe. ¿Qué sería de España si todos fueran laboriosos y aplicados como los catalanes? No tendrían ni flamenco ni toreros ni la picaresca de los andaluces. Sería un país incompleto.

La otra anécdota es que descubrí entre los títulos (más de treinta) de la bibliografía de Ludovico uno que me llamó la atención: Filosofía de la Ociosidad. Era difícil de encontrar. No había sido re-editado en la nueva colección del IPAS-ME (tal vez porque los derechos los tiene la Academia Nacional de la Historia). Por fin lo ubiqué en la biblioteca de la UCSAR. Llené mi ficha para pedirlo. Pero cuando me lo trajo, la señora bibliotecaria tenía una expresión rara en su rostro. Parecía estar escandalizada de que hubiera un libro que uniera la detestable palabra “ociosidad” con la respetabilidad de la “filosofía”.

Nietzsche loco

Filosofía de la ociosidad
es un compendio (de casi 400 páginas) de “aforismos, sentencias, petits essays, fragmentos, diarios perdidos, oraciones, poemas, jaculatorias, rendición de cuentas…” y, si no me equivoco, fue el último libro que su autor publicó en vida (en 1987, Ludovico falleció en 1988). Aparte de la evidente analogía con el estilo aforístico de Nietzsche, también se dio la circunstancia de que el año anterior, Ludovico había sido internado en una clínica mental “porque estaba loco”, al igual que el teutón de los bigotes chorreados. El alcohol, viejo compañero de su vida bohemia, había producido aquella crisis casi letal cuando su hígado decidió pasarle factura.

Con toda intención de desnudarse (o confesarse) ante sus lectores, el libro inicia con esta cita de Antonio Machado: “Bebo, porque el alcohol forma parte de mi leyenda, y sin leyenda no se pasa a la historia”. Frase que saludo y reivindico plenamente. Siempre he sostenido (y por eso mis estudios de historia están “en pico de zamuro”) que la leyenda es incluso más importante (o al menos más interesante) que la pretenciosa historia, con su total dependencia de la (muchas veces) ambigua y frívola documentación.

Quizás la frase más célebre de Ludovico Silva sea aquella según la cual El arte es ocio, y lo demás, negocio. Como estudioso de las lenguas clásicas, Ludovico jugaba con el latín otium y su negación, negotium. Una de las cosas que más me atraen de este poeta-filósofo es que nunca le pareció contradictorio que un acucioso marxista como él se dedicara a estudiar las lenguas clásicas. Así, se divertía diciendo que prefería el ocio (scholé en griego) a la ascholía (ocupación, actividad, negocio). Eso me recuerda a otro autor, Bukowski, que decía (palabra más, palabra menos): “todo el mundo quiere hacer algo, menos yo. Yo lo que quiero es beber”. Por cierto, algunas páginas de Filosofía de la Ociosidad son descripciones bastante gráficas de relaciones sexuales durante la juventud del autor, muy al estilo del gran novelista ebrio que muchas veces puede ser deliberadamente pornográfico.

Bukowsky echándose un palo

Volviendo a aquello de que el arte es ocio, esta afirmación tan extremista puede parecer bastante discutible. Pensemos, por ejemplo, en el trabajo intenso y extenuante, física y mentalmente, al que se somete una bailarina clásica. Nadie podría decir que la chica es ociosa ni perezosa. Sin embargo, el resultado final de tanto trabajo es presentarse ante un público cómodamente sentado en sus butacas, dedicando un buen rato de ocio a contemplar el duramente adquirido arte de aquellos “esclavos de Terpsícore”, que han sudado la gota gorda en el montaje del espectáculo. Al final, el ocio es lo que permite una placentera experiencia estética, al menos de un lado del teatro.

Poetas malditos, malditos poetas

Ludovico fue un gran bohemio cuyos héroes eran Poe, Baudelaire y Rimbaud, la santísima trinidad de los poetas malditos. Pero no sólo era poeta, sino uno de los más fervientes marxistas de su tiempo. Le tocó vivir la dictadura ideológica del marxismo en los años 70, cuando todo el mundo se declaraba marxista, y su inevitable declive en la siguiente década. Murió antes de la caída de la URSS, cuando el naufragio de la gran potencia marxista hizo que casi todo el mundo terminara de darle la espalda al barbudo de Tréveris. Él se mantuvo fiel hasta el final: su libro póstumo, En busca del socialismo perdido, pretende señalar, entre las ruinas de la perestroika y el glasnost, un nuevo camino hacia la utopía socialista. Lo cierto es que, incluso después de la derrota de la URSS en la guerra fría, el pensamiento de Marx en su meollo esencial no ha perdido vigencia, como muchas veces escribió Ludovico. Cada vez que aparece una de las crisis cíclicas del capitalismo (todavía se sienten los efectos de la última, la de 2008; y la que se aproxima, con el vaticinado derrumbe del dólar, se estima que será mucho peor) los libros de Marx vuelven a venderse como pan caliente.

Termino reivindicando a este singular personaje, poeta dionisíaco y filósofo summa cum laude, al que muchos quisieron tirar al basurero de la historia cuando se hundió el mito del socialismo real, que nunca fue real, sino más bien un mamarracho burocrático autofágico ante el cual la libertad, igualdad y fraternidad apenas sobrevivían como lejanas aspiraciones, como la luz al final del túnel. Porque la URSS, ejemplo por excelencia de régimen totalitario, represivo, hipócrita, no podía ser la realización de ninguna utopía. Ni tampoco China, a pesar de sus éxitos económicos, porque lo que ha logrado es mimetizarse con el capitalismo preservando un monolítico poder político que asusta y tampoco se parece al reino de la libertad del hombre. Como decía Oscar Wilde, necesitamos la utopía, porque el único verdadero progreso al que podemos aspirar es a la realización de las utopías. Alcemos nuestras copas y brindemos in memoriam Ludovico Silva.