domingo, 6 de mayo de 2018

La serpiente emplumada y la escala de grises


Escala de grises
Lo bueno de no ser un experto (como yo, que sólo soy experto en generalidades) es que se tiene la libertad o la inocencia de la ignorancia y uno puede lanzarse a decir lo que quiera sin seguir la práctica académica de apoyarse en lo que otros (las autoridades) ya han dicho al respecto, haciendo uso de la irreverencia y la “licencia poética” para rellenar cualquier laguna. Ya que sólo quiero compartir un tema que me interesa y no ganarme un premio a la investigación más erudita, supongo que estaré haciendo lo que mi amigo Zacarías García llama indagación sensible. Y no necesariamente será dar palos de ciego… En conversaciones con mis colegas profesores, me enteré de que en el mundo académico hay una corriente de opinión según la cual cuando se habla de arte, o cuando un artista (o en mi caso, un diletante) quiere decir algo relacionado con el elusivo tema del arte, su historia o su teoría, no estaría “generando conocimiento”… Para mí eso es positivismo de la peor especie (y eso que un grado de positivismo no siempre es malo). Tal vez no se estará generando conocimiento científico entendido de una manera bastante estrecha, pero la falacia está en que el conocimiento en general no se restringe a lo meramente “científico” (y este término también necesitaría ser desambiguado). En fin, para rematar esta introducción, con la modesta “indagación sensible” que presento a continuación espero abrir puertas a la curiosidad de mis escasos pero fieles lectores y poder transmitirles algunas cosas que encuentro interesantes.
Frida Kahlo, Mi nana y yo
Lo que me interesa en este caso tiene que ver con la cultura mexicana y su inmenso impacto en toda Latinoamérica, sobre todo a partir de la Revolución Mexicana, la primera del siglo XX; y de su magnífica expresión artística, el muralismo mexicano. En los murales por ejemplo de Diego Rivera encuentro (aparte de un logro artístico colosal) una superación de la ideología marxista gracias a la introducción de lo que podríamos llamar una postura indigenista, un intento de reivindicar la antigua cultura indígena frente a la colonialidad eurocentrística dentro de la cual se ubican los usuales paradigmas críticos, incluso el marxismo. Ahora bien,  para referirse a la riquísima tradición histórica y antropológica de ese país fabuloso hay que pasar por el tamiz de una ciencia que a los profesores alemanes les gusta llamar mexicanística (especializada en “el ámbito de las culturas civilizadas de la Norteamérica precolombina”, según define Herr Doktor Werner Stenzel). Pese a mi comprobable ignorancia histórica, arqueológica, lingüística, etc., quisiera compartir mi primera impresión meramente sensible y subjetiva sobre las antiguas civilizaciones mesoamericanas: en todas ellas parece haber un culto al miedo, una utilización mágica y política del terror para el control social. Para justificar esta afirmación, basta con echar un vistazo a esta figura emblemática:



Se trata de Coatlicue, la gran Diosa Madre del panteón azteca o mexica, creadora y destructora, llena de serpientes y colmillos por todas partes, personaje principal de una mitología cuya complejidad abrumadora siempre aparece mezclada con la crueldad y la masacre. Conmovido por su belleza terrorífica, empiezo a dar mis primeros palos de ciego: el primer tema que me interesa indagar es el mito de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, y cómo las leyendas relacionadas con esta deidad tuvieron un efecto sobre la conquista española de México.
Quetzalcóatl aparece como una figura dual: por una parte es uno de los dioses fundamentales, relacionado tanto con el planeta Venus (astrológicamente primordial) como con la cosmogonía de los diversos pueblos originarios mexicanos (se dice que es el creador del Quinto Sol y de la humanidad más reciente). Por otra parte, es también un héroe-sacerdote, cuya posible existencia histórica aparece entrelazada con una poderosa leyenda: se le presenta como fundador de la ciudad de Tula, donde reina y oficia como sacerdote, cuya vida ejemplar, alejada de la carnalidad y la embriaguez, le permite actuar como una especie de Prometeo, un intermediario entre hombres y dioses que enseña a su pueblo las artes y los oficios, así como el cultivo de la planta de maíz; y que significativamente se opone a los sacrificios humanos, uno de los puntos más polémicos de la religión de los antiguos mexicanos. Si bien los sacrificios humanos y el derramamiento de sangre son frecuentes en culturas agrícolas como las mesoamericanas, en éstas se practicaba a una escala impresionante. Se habla de decenas de miles de sacrificados en las fechas sagradas y de las “guerras floridas” que se llevaban a cabo para capturar prisioneros destinados al sacrificio ritual. Al respecto es bueno recordar uno de los primeros cuentos que leí de Julio Cortázar, La noche boca arriba.
Otra parte de la leyenda se refiere a la apariencia humana de Quetzalcóatl: se dice que era un hombre de piel blanca, alto y barbado, de una raza completamente diferente a la indígena. Esto nos lleva al final de la leyenda: por medio de las intrigas de su contrafigura Tezcatlipoca, Quetzalcóatl se embriaga con pulque y tiene relaciones carnales con su propia hermana. Caído en desgracia, debe abandonar su posición de sumo sacerdote y exiliarse. Al partir de Tula, promete que un día ha de regresar. De esta leyenda se aprovecharía posteriormente Hernán Cortés para facilitar la conquista de los mexicas y su prodigiosa capital Tenochtitlan. Aparentemente, muchos indígenas (incluyendo al mismísimo emperador Moctezuma) creyeron realmente que los españoles blancos y barbados eran los descendientes de Quetzalcóatl. Probablemente otros muchos no lo creyeron, pero ciertamente la leyenda tuvo una importancia decisiva en la derrota y destrucción de un poderoso imperio por un puñado de aventureros que supieron manipular tradiciones como la que hemos mencionado en conjunción con las tremendas rivalidades y odios ancestrales entre los mismos pueblos originarios. Recordemos que cuando Cortés avanza sobre Tenochtitlan, sus quinientos guerreros van acompañados por cientos de miles de indígenas ansiosos por destruir el yugo de los aztecas.
Porque no hay que olvidar que se trataba de un imperio cruel e implacable que sometía a sus vasallos por medio del terror. Los españoles no eran mejores, pero tampoco peores. Ahí es donde hay que aplicar el concepto de la “escala de grises”: Cortés no era simplemente “el malo” y Moctezuma “el bueno”. Es tan insensato tomar partido por un sistema abiertamente esclavista y sanguinario como condenarlo en nombre de una piedad cristiana que, si bien desaprobaba el sacrificio humano (de hecho, el sacramento fundamental cristiano es una sublimación del sacrificio humano y el derramamiento de sangre), tampoco era respetada por los conquistadores, pues su propósito era el genocidio, epistemicidio y saqueo de toda una cultura. En este punto viene a colación otra historia de gran interés: la de la Malinche. 

Si adoptamos el punto de vista maniqueo, que simplifica todo en términos de blanco y negro, la Malinche es rápidamente
El mercado de Tlatelolco, por Diego Rivera
etiquetada como traidora y “perra colaboracionista”. Pero el personaje tiene una dimensión humana muy profunda que va surgiendo entre la escala de grises: para la historia fue primero la esclava de Cortés, luego su intérprete, su amante y la madre de su hijo. Para una comprensión enmarcada en la indagación sensible de este relato me apoyo en la novela de Laura Esquivel, que, sustentada por una copiosa bibliografía, busca mostrar el drama humano de esta mujer atrapada en las trágicas violencias y el terrible choque de culturas de la conquista de México. Empecemos por el nombre del personaje: algunos la llaman Malinalli, otros Malintzín. Según las diferentes crónicas, sus padres la vendieron siendo aún niña a un cacique de Tabasco. Su lengua materna era el náhuatl, pero en su nuevo destino aprendió también la lengua de los mayas yucatecos. Cuando Hernán Cortés llegó a la zona y derrotó en combate a los indígenas, recibió como presente del cacique local veinte jóvenes esclavas, entre las que se contaba Malinalli, quien aprendió rápidamente la lengua de sus nuevos amos. Cuando Cortés se dio cuenta de la habilidad lingüística de la joven, la llevó consigo para que le sirviera de intérprete, labor que consideraba esencial para sus propósitos de conquista. Para citar a Esquivel, “Cortés sabía que no le bastarían los caballos, la artillería y los arcabuces para lograr el dominio de aquellas tierras. Estos indígenas eran civilizados, muy diferentes a aquellos de La Española y Cuba. Los cañones y la caballería surtían efecto entre la barbarie, pero dentro de un contexto civilizado lo ideal era lograr alianzas, negociar, prometer, convencer, y todo esto sólo podía lograrse por medio del diálogo”.
Convertida en asistente del conquistador, Malinalli debió bautizarse y recibió el católico nombre de Marina. Su trabajo de intérprete resultó ser estratégicamente decisivo para la conquista de Tenochtitlan y en el sometimiento de Moctezuma, logrado gracias a la intervención de la intérprete, a la que los españoles agradecidos llegaron a llamar respetuosamente Doña Marina. Siendo la colaboradora más importante de Cortés, y en el contexto de dominación violenta de aquellos invasores extranjeros, Malinalli se convirtió en amante del conquistador. Podemos suponer que entre ellos hubo en parte imposición violenta, pero también una relación amorosa, que se convertiría en amor-odio a medida que las masacres y saqueos cometidos por los codiciosos españoles se hacían cada vez más atroces. En todo caso, en 1523, Malinalli daría a luz un hijo de Cortés: Martín, su primogénito ilegítimo. Simbólicamente, sería el primer miembro de la nueva raza mestiza característica de la América conquistada, y con ello, Malinalli se convertiría en la madre de lo que más tarde sería llamada “La Raza Cósmica”.
Esta historia ha hallado frecuente expresión en las artes plásticas: Malinalli aparece en rol protagónico en todos los códices y lienzos que narran la conquista de México, siempre al lado de Cortés. Otros artistas muestran diferentes puntos de vista de esta relación: Orozco enfatiza en su mural el sometimiento, destacando el contraste entre los colores de la piel de los cuerpos desnudos, con la figura de un indio tirado en el piso bajo los pies del conquistador. Frida Kahlo se pinta a sí misma amamantándose de una mujer india sin rostro que puede representar a la madre de la nueva raza, cuya colaboración con los españoles ya no se juzga como acto de rebelión contra los tenochcas, sino como una traición a una patria que ni siquiera existía como tal. Rosario Marquardt presenta una Malinche desdoblada, dos caras que quizás aluden a una doble personalidad, o a la actitud ambivalente de la amante que no podía decir que no, o de la traidora que también es una mujer que sirve de intérprete entre dos culturas que inevitablemente habían chocado y tendrían que fundirse traumáticamente para formar una nueva raza. El lagarto en sus manos puede interpretarse como símbolo del dominio paradójico de la esclava sobre la situación en que se encuentra: ella es la que tiene la clave para la comunicación entre dos mundos. El aliento que sale de su boca parece aludir a las dos lenguas que dominaba (aunque en realidad eran tres). Cabe señalar, ya para terminar con esta indagación sensible, que según Esquivel, era Cortés quien recibía el apelativo de Malinche, queriendo decir “el que anda con Malinalli o Malintzin”. Cuando Cuauhtémoc, en el episodio final de la resistencia de los aztecas en Tenochtitlan, es finalmente capturado y conducido ante Cortés, le dice al conquistador:
“Señor Malinche, ya he hecho lo que estoy obligado a hacer en defensa de mi ciudad y de los vasallos y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder; toma ese puñal que tienes en el cinto y mátame luego con él”. En vez de matarlo, Cortés (quien nunca le hizo honor a su nombre) hace que lo torturen quemándole los pies para que dijera dónde escondían el oro… el mismo oro que hizo posible el Siglo de Oro español.

sábado, 3 de marzo de 2018

La filosofía también es un arte (después de todo)

En este tema no puedo evitar referirme a mi experiencia personal en la Escuela de Filosofía de la UCV: cuando finalmente llegué al nivel en que debía escribir mi tesis de grado (y ya había sido rechazado por los “grandes cacaos” o “grandes electores” de la escuela) hice una retrospección y me pregunté cuál de todos los pensadores con los que había entrado en contacto (más o menos traumático) me interesaba o seducía lo suficiente como para lanzarme a la aventura de comerme 50 libros para defenderlo. En el primer semestre de Historia de la Filosofía se empieza con los presocráticos y luego se salta a Platón y Aristóteles. En el segundo semestre se hace un sobrevuelo más o menos rápido por el helenismo, limitado a estoicos y epicúreos (pasando completamente por encima de materialistas, hedonistas y cínicos: no son considerados respetables) para luego entrar a la Edad Media, totalmente dominada por el platónico San Agustín primero, y luego por el sistema que Tomás de Aquino levantó sobre la arquitectura filosófica de Aristóteles (ignorando una vez más a los pensadores más interesantes del Medioevo como Abelardo o Guillermo de Occam y todos los herejes que se la jugaron para exponer su heterodoxia ante la amenaza de la hoguera inquisidora). De ahí se pasa sin transiciones a Descartes (el primer moderno, con su impresionante melena), se le da alguna importancia a Spinoza y Hobbes, hay cierta presencia de Leibniz, hasta que se desemboca en el gran Immanuel Kant, “el último filósofo” (cuando ciencia y filosofía se divorcian por culpa de Newton, las preocupaciones de este Tartarín de Königsberg por conciliar el racionalismo y el empirismo al borde de la Revolución Francesa y su confesado fracaso quedan como un honesto y sincero canto de cisne. Incluso un pensador tan reciente como Foucault debe reconocer su deuda con la crítica kantiana).

Después… desde el punto de vista de la escuela ucevista aparecen en el horizonte Hegel y sus hijastros, Marx y Nietzsche… ignorando también a un gigante como Schopenhauer y otras mentes interesantes del siglo XIX, como Kierkegaard. Aparece entonces el gran cisma de la filosofía analítica con Frege, Russel, Wittgenstein… ante el triunfo de la lógica simbólica, los pseudo-humanistas amantes de la cripto-retórica y de las discusiones bizantinas sobre “el fenómeno del ser y el ser del fenómeno” se quedan desnudos y, como decía Neruda, “cubiertos de armas inútiles, llenos de objeciones destruidas…” Ante ellos se abre el bosque de espinos maléficos de la fenomenología: Heidegger (no se habla de Husserl) es uno de los autores más populares entre los jóvenes graduandos, aunque los partidarios de la filosofía analítica lo descalifiquen como un mero “poeta”… También está prohibido mencionar el expediente nazi de este último existencialista auto-renegado. Y Sartre: definitivamente pasado de moda. Si la escuela fue alguna vez “izquierdista”, el giro a la derecha ocurrió hace ya mucho. Es el eterno péndulo de que hablaba Schopenhauer (creo). Para asumir una pose actual, acaso puedes apuntarte con alguno de los autores de la French Theory

Y bien, después de repasar toda la galería eurocentrista de autores disponibles, me quedo, entonces como ahora, con Epicuro de Samos, el del jardín o huerto de Atenas, el hedonista ascético que probó que estos dos términos no son contradictorios. Desde su materialismo, Epicuro desprecia las patrañas manipuladoras de la religión, pero no acepta la tiranía del determinismo cientificista. Y sobre todo, para él la actividad filosófica es el placer más perfecto, porque no es un trabajo que se hace para después gozar de sus frutos: “no se goza después de haber aprendido; se aprende y se goza conjuntamente”.  Hay varias maneras de abordar a Epicuro, pero todas ellas entran en conflicto con el autoritarismo académico medieval imperante en la UCV. Como me dijo alguien recientemente, las universidades se originaron en la Edad Media, y la mayoría de ellas siguen en la vertiente más oscurantista de la Edad Media.

Michel Onfray dice que la historia de la filosofía la escriben los vencedores, que luego imponen su tiranía. El vencedor es Platón: mientras las obras de sus rivales filosóficos ardieron junto con la Biblioteca de Alejandría, los libros de Platón fueron conservados por los escépticos y neoplatónicos en beneficio de los primeros cristianos. Cuánta razón tenía Nietzsche al decir que el cristianismo es en realidad un platonismo para las masas… También es oportuno recordar aquella anécdota de que Platón quiso comprar todos los libros de Demócrito para quemarlos y hacerlos desparecer. Parece que tuvo bastante éxito, porque del gran materialista de Abdera apenas queda un puñado de fragmentos…
Lo cierto es que al leer sobre Epicuro, lo primero que uno descubre es su rebelión ante las tres escuelas predominantes en su tiempo: platonismo (creo que dijo que su maestro platónico era “una medusa”, tal vez por lo decorativo, enrevesado y venenoso), aristotelismo y materialismo democríteo. Por eso mi primer intento de hacer una tesis fue guiado por la idea de presentar a Epicuro como crítico de Platón, en particular de su intento de utilizar la religión y la teología astral como armas políticas para el control de la sociedad. Por supuesto fue rechazada por todos los profesores a quienes se la mostré (y algunos, como era de esperarse, dejaron de hablarme y hasta de mirarme). Finalmente la publiqué cuando trabajaba en la Universidad Católica Santa Rosa, y es mi único trabajo académico publicado hasta ahora (aunque la revista de la UCSAR no es “indexada”). Por cierto, otra cosa que me fascina de Epicuro es su desprecio por el lenguaje académico, la terminología rebuscada, el estilo preciosista, y la tradición retórica de la que tanto se enorgullecían los griegos.
He estado leyendo mucho sobre Epicuro últimamente: a Michel Onfray lo descubrí como epicúreo contemporáneo y he leído algunos de sus muchos escritos; sobre todo recomiendo “Las sabidurías de la antigüedad”, primera parte de un intento de hacer una Contrahistoria de la filosofía que rescataría del olvido a todos los pensadores que Platón tal vez quisiera haber borrado de la memoria de la humanidad. A través del tiempo he consultado muchos autores, algunos fascinantes como Festugière, polémicos como DeWitt (muy interesante su comparación de Epicuro con San Pablo y su posible influencia en las primeras comunidades cristianas), críticos y exhaustivos como Farrington. Pero siempre recomiendo especialmente a Carlos García Gual, modesto, conciso, enamorado del tema. Estuve leyendo el libro La Terapia del Deseo de una gran estrella de la filosofía académica estadounidense, Martha Nussbaum. Muy completo, muy académico, perfecto para hacer una tesis (pero quizás no en la UCV). Confieso mi envidia: qué sabroso es ser un prestigioso profesor en EE.UU, con esas jugosas becas en dólares, tus libros reseñados en todas partes, las entrevistas hasta en televisión… Desde mi ultra-modesto sitial aquí en Subdesarrollistán, prefiero a García Gual: también hace unos meses leí finalmente su biografía completa de Epicuro. 

Ah, y últimamente encontré un nuevo enfoque: Epicuro como pionero del ecologismo, basado en el libro Biomímesis de Jorge Riechmann. Para este autor, Epicuro y su filosofía del cuerpo y la libertad, de la frugalidad no represiva, de la amistad como clave para fomentar la cooperación en sustitución de la competencia, representaría un antecedente del pensamiento ecologista de la actualidad. En efecto, Epicuro habla del autocontrol de los placeres naturales y necesarios, y de que la clave de la felicidad y la sabiduría está en distinguir estos de los naturales y no necesarios y de los que no son ni naturales ni necesarios. En términos del ecologismo, eso nos llevaría a unas pautas de consumo sostenibles contrarias al deseo ilimitado y vano que provoca la insatisfacción permanente de la que a su vez depende la funesta sociedad de consumo capitalista.
Para cerrar: mientras que Platón escribió en algún lado que se sentía feliz de ser griego y no bárbaro, hombre y no mujer; y Aristóteles que unos habían nacido para ser amos y otros esclavos; Epicuro siempre abrió su casa y su escuela para los tres grupos más discriminados y vilipendiados de la sociedad griega: las mujeres, los extranjeros (generalmente llamados “bárbaros”) y los esclavos. Detestaba la política y el uso político de la religión y de la superstición. Decía que había que liberarse de los cuatro miedos: miedo a los dioses, al dolor, al fracaso y a la muerte. Sin quitarle méritos a Platón y Aristóteles (¿qué haríamos sin los académicos?), yo prefiero ser otro cerdo de la piara epicúrea. Léanse, queridos lectores, la Vida de Epicuro de Diógenes Laercio, quien sólo dedicó libros completos a dos filósofos: Platón y Epicuro. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Entre la desidia y la heterodoxia


Presento mis excusas a mis millones de lectores una vez más: hasta hace muy poco tuve que concentrar todos mis esfuerzos en escribir un ensayo “oficial” para el “concurso de oposición” que determinaría si me quedaba o me iba de esta universidad. Eso, junto con mis habituales ocupaciones - como traducir algún texto por un puñado de devaluados bolívares (mientras el kilo de queso escala alturas himaláyicas y ya he renunciado a comer huevos, no digamos a tomar cerveza) o evaluar “exámenes” y reportar calificaciones y otras cosas que hacen los profesores - han hecho que descuide el blog… pero una lectora que me hizo un reclamo recientemente me demostró que sí hay gente que quiere leerme, pero no puede porque no escribo… entonces sólo me queda repetir con Rimbaud: “Pero, ¿quién hizo tan pérfida mi lengua como para que guiara y amparara hasta aquí mi pereza?”, y volver a tomar metafóricamente la pluma (en realidad, el teclado) y escribir una nueva entrada tras todos estos meses de silencio.
La desidia tiende a paralizarnos: nuestro clima tropical (que tanto nos envidian los germánicos) es delicioso pero nos hace perezosos, y luego lo culpamos por entregarnos al dolce far niente… Por otra parte, mi heterodoxia (el vicio que tengo de querer pensar con mi propio cerebro en vez de repetir las supuestas verdades oficialmente aceptadas) siempre me mete en apuros en el mundo académico (que por lo demás se caracteriza por las zancadillas y emboscadas)… de ahí que puedo decir que me “salvé de chiripa” del concurso de oposición y seguiré por ahora dando clases aquí (con la seguridad de haber pasado a la categoría de ordinario)… Pero basta de hablar de mí mismo. Quisiera hacer un resumen de varios de los temas que traté en el mencionado ensayo para compartirlo con mis queridos lectores. Eso me llevará varias entradas. Empezaré hablando de los mitos de la modernidad, en su sentido histórico, en particular del eurocentrismo, siempre bajo mi enfoque heterodoxo.

Dussel y el mapamundi
El año pasado cuando vino Enrique Dussel a UNEARTE me perdí su conferencia magistral, pero esa misma noche tuve la oportunidad de verlo en ese clásico de nuestra TV que es el Dossier de Walter Martínez. La actuación de Dussel cuando Walter le pasó su célebre puntero y se colocó delante del mapamundi fue tan espectacular que de ahora en adelante juro que no usaré otro recurso para explicar la crítica a la modernidad que hace este profesor argentino-mexicano. Una observación crítica que hay que hacer: no hay mapamundis en las escuelas venezolanas, ni en UNEARTE, ni en la UCV ni en los liceos ni en ninguna parte que yo recuerde. Pero resulta que el mapamundi habla por sí mismo, cuenta historias y es imprescindible para explicar tantas cosas que tanto profesores como estudiantes deberíamos exigir su presencia.
En efecto, echemos un vistazo al mapamundi convencional, análogo al que ostenta Walter en el estudio 3 de Venezolana de Televisión (sin las divisiones políticas, lo cual hace que se vea como si estuviera desnudo):



Se trata de la famosa Proyección Mercator, que pretende representar la esfera terráquea en un área rectangular. Es conocido el efecto de distorsión que esto ocasiona, y que se ilustra con el ejemplo de Groenlandia, que parece ser más grande que África, aunque este continente es de hecho 14 veces más grande que la gélida isla del Ártico. Pero ésa no es la única característica de este mapamundi: viéndolo atentamente descubrimos que es totalmente eurocéntrico. La distribución de las masas continentales es tal que Europa aparece en el sitio privilegiado (en la sección áurea) del mapa. De inmediato podemos notar otro detalle interesante: el mapa casi nos cuenta la historia del viaje de Colón, que como se sabe, viajó hacia Occidente para tratar de llegar a Oriente. Eso explica la ubicación de América al Oeste de Europa. Y otra de las ideas de Dussel sobre la modernidad se ve ilustrada claramente: el desplazamiento del “centro del mundo”, que antes era el Mediterráneo (y que ahora aparece desplazado al Este) hacia el Atlántico, que ocupa el centro del mapa. También la distribución del mapa explica la nomenclatura que se da a las regiones del mundo: el Cercano Oriente es lo que está más cerca de Europa viendo hacia el este. El Lejano Oriente sería la zona más alejada, una reminiscencia de las ideas de Hegel, según las cuales el Espíritu Objetivo se fue desplazando desde las antiguas civilizaciones del Oriente, donde vivió su infancia, para pasar luego hacia Grecia y Roma, donde pasaría su adolescencia, para finalmente alcanzar su plenitud en Europa Occidental. Excluyendo desde luego a España y Portugal, que no merecen ni una mención en el germanocentrismo hegeliano.
Pues bien, recientemente descubrí que existe una nueva versión del mapamundi, radicalmente diferente a las que estamos habituados a ver. La información y la ilustración son cortesía (como se dice cuando uno se roba descaradamente algo en Internet) del portal BBC Mundo del 2 de noviembre de 2016.



El diseño de este curioso mapa es del japonés Hajime Narukawa, que utilizó una técnica de división de la esfera en triángulos inspirado en el origami. En esta nueva versión, ya Groenlandia no parece ser mayor que África, la Antártida no aparece seccionada, y lo más interesante de todo: Europa no parece ser el centro del mundo. De hecho, el (para nosotros) Viejo Continente aparece muy desplazado hacia el Oeste, evidenciando además sus pequeñas dimensiones. Esta es la Europa de la que habla Dussel: pequeña y asediada por enormes masas de tierra habitadas por pueblos mucho más antiguos y con culturas mucho más adelantadas que amenazaban con devorarla. El predominio mundial de Europa es un fenómeno de la modernidad histórica, que se inicia con el viaje de Colón en 1492, pero que se consolida finalmente gracias a la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII, es decir, que cuenta apenas con apenas unos 250 años. En cambio China puede alardear de una civilización mucho más antigua y tecnológicamente avanzada, que produjo mucho antes que Europa los inventos más característicos de la modernidad (brújula, papel, imprenta, pólvora, papel moneda y hasta el spaghetti) y que tenía intercambios comerciales globales mucho antes de que los europeos, gracias a las poderosas armas de fuego que sus industrias produjeron en los últimos tiempos, se lanzara a la conquista del mundo a sangre y fuego en los últimos dos siglos y medio.
Cabe señalar también la ubicación de las Américas al Este... pues este mapamundi nuevo no cree en la supremacía del Occidente. Por eso digo que es descolonializado, descentralizado y desprejuiciado. Revela en todo caso donde se encuentra situado el auténtico heredero del imperialismo europeo: ya no en la antigua metrópoli sino en América del Norte.

En futuras entradas trataremos otros temas apasionantes como el helenocentrismo y la historia alternativa de la filosofía que necesitamos conocer para librarnos de la colonialidad intelectual, que es más fuerte y persistente que el propio colonialismo. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Traduttore, traditore



Refrán italiano que significa que toda traducción es forzosamente infiel y hace traición al pensamiento del autor original (Páginas rosadas del Pequeño Larousse Ilustrado)

Como estoy enfermo de un mal que sólo se cura con “reposo absoluto”, ya no tengo excusa para seguir posponiendo escribir sobre este tema que lleva meses circulando por mi cerebro. Desde hace años me dedico a la traducción, es decir, de acuerdo con el refrán citado, a traicionar textos con la intención de hacerlos inteligibles a hablantes de lenguas diferentes en la Torre de Babel en que vivimos. Esta es una labor para solitarios, como todo lo que tiene que ver con la escritura. No puedo imaginarme alguien que escriba seriamente y sea un tipo gregario y dicharachero, un “arrocero” como decimos en Venezuela. La soledad es parte del oficio; y por ello, para embellecer este escrito, usaré una de mis citas favoritas de Neruda:

De falsas astrologías, de costumbres un tanto lúgubres,
vertidas en lo inacabable y llevadas siempre de lado,
he conservado una tendencia, un sabor solitario.

En algún momento de mi vida fue mi anhelo, mi chamba soñada, mi dream job, el traducir películas. Yo sabía que eso se hacía, y lo veía como una posibilidad de ganar dinero sin tener que cumplir un horario de empleado asalariado (y de evitar esos rituales abominables como el tener que jugar al “amigo secreto”). Al fin lo logré, y claro, descubrí que era una de las peores formas de explotación laboral que existían. Pero no me importaba, como cinéfilo que soy con tendencias solitarias un tanto lúgubres. Esa fue mi verdadera formación como traductor: al principio era muy malo, no entendía nada, inventaba (hablando de traicionar); pero poco a poco llegué a entrenar mi oído, me familiaricé con los acentos más variados (el afroamericano, el sureño, el cockney, el australiano, el sudafricano –estos dos últimos son verdaderos desafíos); y me convertí al cabo de unos años en un decente traductor. Trabajé haciendo subtítulos, actividad en la cual el arte está en el resumen; y más adelante en doblaje. Si bien el doblaje suele destruir las películas, haciéndoles perder su interés lingüístico, y a veces logra que se vuelvan incomprensibles, todo eso pasa si y sólo si caen en manos de un mal traductor; que desde luego, es lo que abunda. Para mí, el doblaje me permitía desarrollar un lenguaje dramático (o cómico, según el caso) que era una forma de placer. Alguna vez me tocó traducir obras de teatro (incluso Shakespeare, O’Neill, etc.) y/o películas de gran calidad que hacían que el esfuerzo mal pagado, la soledad y el perfecto anonimato valieran la pena.
Karl Weidmann
Las películas –en realidad videos- dependían de la tecnología del PC y el VHS, y llegó un momento en que esa actividad quedó obsoleta y fue extinguiéndose lentamente (sobre todo en su variante “pirata”, de la cual vivíamos muchísima gente). Pero en algún momento en medio de esta mega-extinción comparable a la del Cretácico, gracias al prestigio que había ganado sin saberlo, me convertí en traductor de textos. Primero fueron los libros de viajes y exploraciones de la editorial Todtmann, para los cuales tenía que hacer la traducción del español al inglés (otro aprendizaje en el cual fue clave el dominio de eso que llaman sintaxis y, desde luego, el vocabulario; pero quizás más que cualquier otra cosa, la pragmática. Por cierto, esta terminología la aprendí después, en un primer momento fue puro instinto). Estos eran hermosos libros que aún andan por ahí, sobre todo los de ese personaje extraordinario que fue Karl Weidmann Y gradualmente, gracias de nuevo a que algunas personas, sin que yo lo supiera, apreciaban mi trabajo, llegué a los libros de arte.
La avidez por el dólar, la suprema ambición de vender obras de arte en dólares, es lo que motiva a mis patronos a contratarme para traducir al inglés los textos de crítica que acompañan irremediablemente toda exposición o publicación de arte (y eso que a mí hasta la fecha siempre me han pagado en bolívares. Supongo que la siguiente etapa en mi evolución será “verle la cara a George” –y mejor aún a Benjamín- … lo cual no es imposible). La “caída de París” como capital artística del mundo después de la II Guerra Mundial y la subsiguiente globalización del mundo del arte con su capital en Nueva York son los hitos históricos que marcan esta realidad (antes se hablaba de marchands d’art, ahora todos son art dealers). Son realidades que hay que aceptar críticamente. Pero hay otros temas que me interesa tratar y se relacionan con el lenguaje de la crítica de arte y el conocimiento que he adquirido gracias a mi trabajo de traductor. 

Respecto a lo primero, finalmente entendí gracias a Baudelaire que el lenguaje de la crítica de arte está emparentado con la poesía. Toda crítica de arte aspira a ser un poema. La metáfora y el delirio son invitados permanentes. Para el post-romántico Baudelaire, la mejor crítica debe ser divertida y poética, no fría y algebraica, despojada de amor y odio bajo el pretexto de explicarlo todo… la mejor crítica de una pintura podría ser un soneto o una elegía (Salón de 1846). Todo al servicio de la sensibilidad y el romanticismo. Pero actualmente la crítica es también mercadeo, es parte de una estrategia de marketing, de negocio. Business as usual. Sigue dedicada al burgués (que es la mayoría, por número e inteligencia; ya que además de ser propietarios quieren también ser sabios, como decía Baudelaire); y bueno, después de todo, ¿quién puede ser coleccionista de arte si no tiene el poder del dinero? La obra de arte es el lujo definitivo. El experto es una especie de vigilante para evitar que se cuelen los pillos y falsificadores. Y el crítico hace el marketing sublime.
Existe entonces un primer lenguaje de la crítica de arte, el poético-sensible, bastante difícil de traducir, por cierto, aunque sí fácil de traicionar. La otra vertiente es la filosófica-erudita, cargada de citas y del espíritu absoluto e implacable de Hegel y sus acólitos del siglo XX (Heidegger el primero; pero también, entre los alemanes, Gadamer y Habermas; y además, todo lo que se engloba bajo la denominación –usada por mi respetado Michel Onfray- de French theory, donde la mayor estrella es desde luego Foucault, pero entran también Bachelard, Baudrillard; no puede faltar Derrida, pero tampoco Deleuze, Lyotard, y hasta Lacan). Para traducir este estilo de crítica hay que investigar los títulos, la terminología (sobre todo en los post-estructuralistas, pero cuidado con la ontología heideggeriana). Para esto es sumamente importante tener formación filosófica, garantizada en mi caso por mis siete años en la escuela de filosofía de la UCV.
Terminemos con lo que he hecho últimamente. El investigador Douglas Monroy, con amplísima experiencia en el ámbito museístico, me ha permitido traducir sus trabajos sobre historia de la fotografía en Venezuela y otras reflexiones acerca de artistas tan importantes como Alejandro Otero y otros del mismo calibre. Quisiera detenerme un poco en el trabajo que hace sobre Victoriano de los Ríos, autor de las fotografías quizás más emblemáticas de Armando Reverón –como aquel famoso Retrato con pumpá y otras que ahora nos encontramos cada vez que subimos al metro. Antes de desarrollar el tema específico, Monroy hace un recuento histórico de los fotógrafos que retrataron al insigne inquilino del Castillete (Alfredo Boulton, Edgar Anzola, Carlos Herrera, Ricardo Razzeti, etc.). A partir de allí se concentra en el trabajo de De los Ríos, que pasa cinco años retratando a Reverón. Este fotógrafo era uno de tantos expatriados por la Guerra Civil española que desarrolló su carrera en Venezuela. Su trabajo con Reverón coincide con los últimos años de este artista y muestra una faceta de madurez creativa y la serenidad de la vejez.

También traduje recientemente de Monroy otros ensayos sobre historia de la fotografía en Venezuela, entre los cuales destaco su reconstrucción de los primeros foto-estudios que se abrieron en Caracas. El autor describe las técnicas y los esteticismos propios de una época entre dos siglos, el XIX y el XX, mientras ocurrían cambios importantes para el país; rescatando la obra de fotógrafos como Marceliano Ramírez y Henrique Avril. También testimonia la importancia de El Cojo Ilustrado en la difusión de la fotografía periodística en el país en aquellos tiempos. 

Otro importante cliente mío ha sido desde hace varios años la Galería Ascaso, seguramente una de las más importantes del país. El último trabajo que hice con ellos es un libro retrospectivo del pintor Carmelo Niño, que tiene ya una ilustre carrera artística iniciada en la década de 1970. Lo más interesante de este trabajo ha sido para mí trabajar los textos de autores célebres en el campo de la crítica de arte de nuestro país, empezando por el gran Juan Calzadilla, Sergio Antillano, Roberto Guevara, Rafael Pineda, Víctor Guédez y la doctora Bélgica Rodríguez, con quien he tenido el placer de colaborar en muchos otros proyectos artísticos. Cada uno de estos críticos tiene un estilo diferente, propio y característico. Siempre es un desafío traducir sus textos, que demandan claridad conceptual y brillo estilístico. 
Sería injusto que no mencionara mi trabajo con Editemos, una firma editorial dedicada al difícil mundo del arte en un medio tan complicado como el nuestro. Entre muchos otros proyectos que he hecho con Editemos (una empresa de dos mujeres, Ginett Alarcón y Marisa Mena, a quienes cuento entre mis amigas) es inolvidable para mí el gran libro retrospectivo de la vida y obra de Fruto Vivas, que acaso merece que le dedique un escrito aparte por la importancia histórica de este gran arquitecto.

Quisiera terminar con una ironía de Baudelaire en la que presenta a un artista encorvado sobre su tela, y detrás de él a un señor muy seco y serio, de saco y corbata, que tiene en la mano su último folletón sobre arte. “Si el arte es noble, la crítica es santa”. “¿Quién dice eso?” “¡La crítica!” Hay una simbiosis entre el crítico y el artista, pues el primero necesita del segundo para que su actividad tenga sentido, y el segundo necesita del primero para darse a conocer en esa ciénaga tan peligrosa que es el Mundo del Arte. ¿Y el traductor del crítico de arte? Es una figura ya no de segunda sino de tercera categoría, pero imprescindible, pues pone en contacto los contenidos producidos por el crítico con la lengua franca internacional que representa, al menos por ahora, la cultura dominante (antes era el francés, ahora sin duda es el inglés… pero cuidado con el chino mandarín). Por eso apenas se tienen los textos críticos y/o técnicos involucrados en algún trabajo artístico, al siguiente que llaman es al traductor. Para que los traicione con elegancia.