sábado, 9 de junio de 2018

Platón, el amor y mi derecho a la pereza


¿Qué por qué sigo publicando material viejo (en este caso de 2006) en este blog? Por dos razones: primero, porque ese material, aunque viejo, es bueno, o al menos a mí me lo parece; y segundo, porque invoco mi sagrado derecho a la pereza. Así, en vez de escribir un nuevo artículo, con todo el trabajo inédito que eso implica, reciclo uno viejo y aprovecho para revivir mis nostalgias. De lo que acabo de escribir puedo sacar algunos párrafos a modo de introducción: en el primero de ellos quiero justificarme a través de uno de los clásicos del marxismo, El derecho a la pereza, de Paul Lafargue. Esta obra es tan estupenda que merece una cita:

La burguesía, en su lucha contra la nobleza sostenida por el clero, enarboló la bandera del libre examen y del ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de apariencia; y hoy la vemos haciendo todo lo posible por apoyar en la religión su supremacía económica y política. En los siglos XV y XVI, la burguesía se había revestido alegremente con las tradiciones del paganismo y glorificaba la carne y sus pasiones, algo reprobado por la moral cristiana; sin embargo, hoy, que nada entre las riquezas y los placeres, reniega de las doctrinas de sus pensadores, los Rabelais, los Diderot, y predica la abstinencia para los asalariados. La moral capitalista, mezquina parodia de la moral cristiana, castiga con un solemne anatema la carne del trabajador; su ideal consiste en reducir al mínimo las necesidades del productor, en suprimir sus goces y sus pasiones, y en condenarle al papel de máquina redentora del trabajo sin tregua ni misericordia.

Los socialistas revolucionarios deben, por consiguiente, volver a empezar la lucha sostenida en su tiempo por los filósofos y los panfletistas de la burguesía; deben asaltar la moral y las teorías sociales del capitalismo; y extirpar, de la mente de la clase llamada a la acción, los prejuicios sembrados por la clase dominante; deben proclamar, a la faz de todos los hipócritas de la moral, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas de los trabajadores; que en la sociedad comunista que nosotros fundaremos —pacíficamente, si es posible; si no, violentamente— las pasiones humanas tendrán rienda suelta, ya que «todas son buenas por naturaleza; sólo debemos evitar su mal uso y su exceso», y esto último sólo se evitará con el contrabalanceo mutuo de las pasiones y con el desarrollo armónico del organismo humano, puesto que —dice el Dr. Beddoe—, «sólo cuando una raza alcanza el máximo de su desarrollo físico llega también al más alto grado de su vigor moral». Tal era también la opinión del gran naturalista Charles Darwin.

Esta “refutación del Derecho al trabajo” fue escrita nada menos y nada más que por el yerno de Marx. Lafargue se casó con la hija del gran profeta barbudo del socialismo y al final ambos (los dos esposos, se entiende) se suicidaron. ¿Por qué tuve que enterarme de la historia de este personaje por medio de la BBC, vocera de la agenda del más venenoso de los imperialismos, el de la Pérfida Albión (léase, mis queridos e ignaros estudiantes, Inglaterra)? Porque, sobre todo acá en Venezuela, gente de izquierda y de derecha por igual sigue creyendo en el mito de la sacrosanta virtud del trabajo, la leyenda de que los venezolanos somos unos flojos y que, si trabajáramos duro, construiríamos un gran país, como los alemanes o los japoneses. Pero olvidamos que todo lo que realmente vale la pena, el arte, la filosofía y el mero goce de vivir, todo proviene del ocio y del tiempo libre. Aquí tengo que recordar a Ludovico Silva, que decía que la palabra trabajo provenía de tripalium, que era un instrumento de tortura, y trabajar (tripaliare) significaba atormentar, causar dolor. Según Ludovico, el arte es ocio, todo lo demás es negocio (la negación del ocio y por lo tanto del arte). Una de sus obras más importantes, la Filosofía de la ociosidad, es también una de las menos conocidas (creo que nunca ha sido reeditada), sospecho que a causa de las reacciones que produce su título. Una vez pedí el susodicho libro para leerlo (en la biblioteca de la UCSAR), y cuando la empleada me lo trajo, me miró con un gesto de censura… El único trabajo que vale la pena es el que se hace por gusto; el otro, el trabajo asalariado que se hace por mera necesidad material, merece otros nombres tan feos como alienación, embrutecimiento, esclavitud voluntaria, falta de imaginación, etc.
Y ahora quiero dedicar otro párrafo al recuerdo de que el artículo que publico (o reciclo) a continuación me costó perder una posible carrera como profesor de filosofía y de griego antiguo en la nunca bien ponderada Escuela de Filosofía de la UCV. La sola mención al hecho - bastante obvio para el que lo lea – de que el Banquete de Platón es una visión crítica de la homosexualidad imperante en la sociedad griega provocó reacciones que nunca esperé de parte de alguna gente a la que yo respetaba pero que (por lo visto) no me respetaba tanto a mí. También la publicación de los dibujos que adjunto contribuyó a mi definitivo ostracismo. El resultado final de todo eso fue bueno: me libré de mezclarme con una gente que ocultaba bajo una sonrisita tolerante su conservadurismo intransigente; y me vi obligado a seguir mi propio camino, lleno de zarzas y espinas, pero mío al fin y al cabo. También recuerdo cuando pegué la caricatura de Platón en la entrada de la escuela de filosofía, al final de la rampa: fue uno de los momentos más divertidos de toda mi carrera universitaria. La reacción de la gente fue tremenda. Me estaba metiendo con un verdadero fetiche.
A Platón no se le debe tomar en serio, como decía Nietzsche. Ni a Nietzsche tampoco. Y a mí menos. El humor, la risa, es siempre prueba de inteligencia. En cuanto a Venezuela, no se nos puede aplicar la fábula de la cigarra y la hormiga, no necesitamos matarnos trabajando en verano para que no se nos congele el trasero en invierno. No somos alemanes, y gracias a ello, nunca tendremos un Hitler de quien arrepentirnos. 


Dibujos: María Teresa Gracia



REFLEXIONES SOBRE “EL BANQUETE” DE PLATÓN
Por: PEDRO LEONARDO GONZALEZ

Amicus Plato, sed magis amica veritas[1].
Proverbio que citan con frecuencia los filósofos en sus disputas y que significa que no basta que una opinión o una máxima esté recomendada por la autoridad de un nombre respetable como el de Platón, sino que ha de estar conforme con la verdad.”(1)  Alfred Tarski ha negado lógicamente esta sentencia y la ha convertido hermosamente en su exacto contrario:
Inimicus Plato, sed magis inimica falsitas.
Aquí se toma posición ante Platón, pero se respeta lo que dice, siempre que no intente engañarnos.

Recuerdo que una amiga me comentó una vez que había tratado de leer El Banquete de Platón, pero que se sintió tan ofendida con lo que leía que nunca pudo terminarlo. Es que el libro tiene una estructura dramática que esconde un artificio retórico que a su vez tiene fines dialécticos: El autor nos presenta diversos personajes en una situación de francachela que acuerdan hablar sobre el Amor, y es evidente que los primeros que hablan van a presentar una visión vulgar y equivocada, aunque sucesivamente vayan mejorando su argumentación y aumentando su refinamiento expresivo; pero todos van a estar fundamentalmente errados, porque parten de la postura comúnmente aceptada en aquella sociedad, según la cual el verdadero amor es el que siente un hombre por su amigo del mismo sexo, con quien comparte las sublimes emociones de la guerra y el combate, como Aquiles y Patroclo, sentimientos que van más allá de la mera reproducción fisiológica, función asignada a un cierto animal doméstico al que llamaban gyné (mujer). Después de que todos los machistas patanes kalokagathoi han lucido su retórica, habla Sócrates, el hombre más sabio del mundo, y hace que todos se caigan de sus klínai cuando dice que todo lo que él sabe sobre el amor lo aprendió de una mujer.
              Vale la pena haber aguantado las peroratas previas para asistir a esta primera iluminación dialéctica. Se trata de una revolución: la mujer sale del gallinero y se pone a filosofar. Son interesantes las diferencias entre la visión de Diotima y las de sus velludos predecesores. Para estos últimos, el Amor es un Gran Dios, “venerablemente antiguo entre los antiguos y venerables.”(2) Como dice Hesíodo, en el principio es el Caos, y de él se generan la Tierra y el Amor. Pero para la sabia y pícara extranjera (algunos dicen que bajo su máscara se nota la barba de Sócrates), Eros es apenas un semidiós, nacido a última hora por obra y gracia de la borrachera de un diosecillo subalterno y las intrigas de una mendiga que recogía las latas de ambrosía en el Olimpo. El engendro de este encuentro fortuito tendrá por destino una vida perennemente desdichada como parte del séquito de Afrodita.
              Ningún filósofo recomienda el amor. No es la gran receta para lograr la felicidad, más bien es una pedrada que impacta y llena de crestas y valles las aguas del tranquilo pozo de la ataraxia. “El amor es un monstruo que sólo te permite escoger por quién vas a sufrir,” dice el poeta Pedro Grausam (3). También es memorable el epígrafe de Burger que Schopenhauer pone al principio de ese vulgar librillo o manual de misoginia que se llama El Amor, las Mujeres y la Muerte:

Oh, vosotros los sabios, de alta y profunda ciencia, que habéis meditado y sabéis dónde, cuándo y cómo se une todo en la naturaleza, el por qué de todos esos amores y besos; ¡vosotros, sabios humildes, decídmelo! ¡Poned en el potro vuestro sutil ingenio y decidme dónde, cuándo y cómo se me ocurrió amar, por qué se me ocurrió amar! (3).

También recuerdo las palabras de la Habanera de Carmen (Bizet):

L’amour est enfant de Bohéme, il n’a jamais, jamais connu de loi.
Si tu ne m’aimes pas, je t’aime, si je t’aime, prends gard a toi.

Ese amor gitano que ofrece breves momentos de éxtasis a cambio de una eternidad de sinsabores, nostalgias y despechos no puede ser estimado por el sabio que busca la serenidad y la liberación del temor y la ignorancia. Por ello “Los epicúreos, según Diógenes Laercio, opinaban que ‘el sabio no deberá enamorarse’… (y que) ‘la unión sexual no beneficia a nadie, y ya es mucho que no haga daño.’ (D.L. X, 118).” (4)


              Pero el amor, la sexualidad, es la energía fundamental del ser viviente. Es la voluntad de la especie que busca perpetuarse y que se expresa a través de cada uno de nosotros. Es Eros, o la manifestación primordial del amor. Es la energía de activación para emprender la búsqueda de todo lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero. Cópula, engendramiento y parto son, para el que ha sido debidamente iniciado, para el dialéctico que Ve lo que Es, metáforas de la potencia creativa del espíritu. La sublimación de la energía amorosa le da vida a todos los proyectos que el hombre concibe en su mente.
              Ya en la Academia platónica se practicaba la philía, una segunda manifestación del amor, que nace quizás de las cenizas que dejan las pasiones. Los que ya han ardido en aquel fuego contemplan sus restos humeantes, recuerdan a Quevedo (“serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”), y descubren una afinidad que da paso al lógos y estimula la comunicación y los intereses comunes. Es la amistad, el último refugio de la cordura. Decía Blake: “Para el pájaro el nido, para la araña su tela, para el hombre la amistad” (Marriage of Heaven and Hell). Se llega a esta etapa cuando se ha comprendido que “la belleza que en un cuerpo cualquiera reside es hermana de la que en otro se halle, de modo que, si es preciso perseguir lo bello en sus efigies, grande locura será no tener por una y la misma la belleza que por todos los cuerpos está extendida.”(2) Por hallarse en un estado contemplativo como éste es que Sócrates puede ignorar las caricias apasionadas de Alcibíades. El amor ya no busca la satisfacción de la carne, la ha trascendido.
              La siguiente etapa se llama ágape, término que suele ser traducido como caridad. Es lo último que quiere el amor apasionado vulgar, que prefiere cualquier violencia a lo que percibe como una blanda placidez. Es el amor según San Pablo, expresado en palabras que tanto recuerdan al viejo Platón: “Los que son según la carne sienten las cosas carnales, los que son según el espíritu sienten las cosas espirituales. Porque el apetito de la carne es muerte, pero el apetito del espíritu es vida y paz.” (Romanos, 8, 5-6). Pero el amor sigue siendo la energía que impulsa todo lo que hace el hombre. Sin él toda nuestra sabiduría se vuelve vana, “como bronce que suena o címbalo que retiñe” (Corintios I, 13, 1): puras palabras, sin pasión. Ágape es Eros y Philía combinados y fortalecidos por la práctica de la temperancia.
              Por último, Platón siempre nos lleva a un territorio intermedio entre poesía y filosofía. Hay fundamentalistas del especialismo que dicen que un filósofo debe expresarse en secos tratados y gruesos volúmenes cargados de razonamientos y categorías, y que, por ejemplo, prefieren el Sartre de El Ser y la Nada al de La Náusea. Supongo que no soportarían los poemas de Parménides o Empédocles. Habría que recordarles estas palabras de George Santayana: “¿Buscan los poetas, en el fondo, una filosofía? ¿O es la filosofía, en última instancia, sólo poesía?” Y más adelante: “… la visión de la filosofía es sublime. El orden que revela en el mundo es algo hermoso, trágico, emocionante; es justamente lo que, en mayor o menor proporción, se esfuerzan todos los poetas en alcanzar.” (6)
  

Una digresión sobre los homosexuales.
Son una de las minorías más poderosas del mundo. Se compone con frecuencia de personas de alta capacidad intelectual y nivel educativo, por lo que suelen tener altos ingresos. Dominan segmentos enteros del quehacer humano (la moda, la alta cocina, el mundo del arte, etc.) Tienen además un fuerte sentido gremial (o gregario, o de intereses comunes). Últimamente les ha dado por casarse (¿aburguesados?). Recordemos la agenda del partido Demócrata en EE.UU:[2] cada vez que vienen elecciones, proponen el matrimonio homosexual, y son rechazados por la silent majority de los granjeros conservadores.
              De hecho, los homosexuales son un grupo potencialmente progresista en la sociedad, capaces de hacer mucho bien con su riqueza y su nivel de formación.[3] En la Grecia Clásica, y en general entre las sociedades muy guerreras y/o muy religiosas, han tenido el poder durante miles de años. En ningún otro lugar florece el “vicio griego” con más vigor que en los cuarteles y los seminarios, como saben los que han visto por dentro esos lugares. Como dice Aristófanes en el Banquete: “Algunos los tildan de desvergonzados, mas falsamente… se abrazan con sus homosexuales por valientes, por viriles, por machos.”(2)
              Me provoca decir algo peligroso: ¿En qué se parece un judío a un homosexual? En que ambos pertenecen a
Dibujo: Dominicks Urbina
minorías privilegiadas. Sin embargo, fue precisamente la influencia cultural judaica, expresada en la frase “Creced y multiplicaos,” la que creó un clima social condenatorio para los hoy llamados “gays,” o despectivamente “sodomitas.” Oscar Wilde, por ejemplo, fue tan ingenuo que creyó que con su encanto personal y sus sofismas poéticos podría vencer al victorianismo, expresión extremista del puritanismo y la represión de los instintos.
              Tolerancia significa aceptar el hecho de que hay tantas clases de amor como seres humanos.
  
BIBLIOGRAFIA

(1)   Nuevo Pequeño Larousse Ilustrado. Buenos Aires (s/f); p. 1020.
(2)   Platón. “El Banquete,” traducción directa por J.D. García Bacca. En: Diálogos Socráticos. Clásicos Jackson (Tomo 2), Buenos Aires, 1948.
(3)   Grausam, Pedro. Despechos Metafísicos. Cañabrava, Cúcuta, 1979.
(4)   Schopenhauer, Arthur. El Amor, las Mujeres y la Muerte. EDAF, Madrid, 1984.
(5)   García Gual, Carlos y Acosta, Eduardo. Epicuro. Ética. La Génesis de una Moral Utilitaria. Barral, Barcelona, 1973.
(6)   Santayana, George. Tres Poetas Filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe. Losada, Buenos Aires, 1943.

Caracas, 14 de febrero de 2006.


[1] Es así, con veritas en nominativo. La traducción es: “Platón (es) amigo, pero más amiga (es) la verdad.”
[2] Lo mismo vale para los partidos socialistas europeos.
[3] Aunque, obviamente, para transformar la sociedad hace falta algo más que simplemente ser homosexual.
 


domingo, 20 de mayo de 2018

Algo más que un evangelio para matones

Quiero incluir o "colgar" este escrito del año 2003 esperando que le sirva de algo a alguno de mis desprevenidos lectores que a veces se acercan a este blog obligados, para ver si pasan la materia. Trata de dos personajes por los que siento un gran afecto: uno es Jorge Luis Borges, quien junto con Neruda y también Cortázar han sido siempre mis escritores favoritos y los que más han influido en mi manera de pensar, hablar, y en consecuencia, de escribir (uno escribe, después de todo, como habla; o escribir es otra forma de hablar...). El otro es Nietzsche (que siempre como buen profesor debo aclarar que se pronuncia Niche, así como Goethe es Guéte o algo así, ya que ambos son alemanes y no franceses). Respecto a Nietzsche, es fácil condenarlo por haber escrito aquella frase lapidaria: Dios ha muerto. Recuerdo haber visto escrito en la pared de un baño lo siguiente: Dios ha muerto, firmado Sartre (o Nietzsche, u otros muchos), 1930 (por ejemplo). Y más abajo: Sartre (o Nietzsche) ha muerto, firmado Dios (1980 para el primero, 1900 para el segundo). En ambos casos, Dios es el que ríe el último. Muy bien, pero a mí me gusta enfocar a Nietzsche como cordero que quiso vestirse de lobo: después de ridiculizar la piedad cristiana, terminó su vida como un inválido, dependiendo de la compasión de su madre y su hermana. Eso es seguramente peor (más humillante) que la muerte, a la cual, según enseña mi maestro Epicuro, no hay que tenerle miedo. Morirse es inevitable, hay que saber hacerlo con dignidad. Lo verdaderamente difícil es vivir.




MAGIAS PARCIALES DE UN VISIONARIO CIEGO

Creo en los razonables misterios, no en los milagros brutos.
BORGES, Elementos de Perceptiva. (1)

BORGES Y YO. Pertenezco a la muchedumbre de lectores que se tropezaron con Jorge Luis Borges en aquel libro extraordinario, Le Matin des Magiciens, de Louis Pauwels y Jacques Bergier; conocido entre nosotros, gracias a la perversión de los traductores españoles, como El Retorno de los Brujos. Ahí leí “El Aleph” (2), una historia de despecho, envidia y desprecio que gira en torno a un punto donde se concentra el infinito. De esa primera lectura nació mi ternura hacia el legendario ciego argentino, una ternura similar a la que debe de haber sentido Julio Cortázar cuando escribió el siguiente poema (fechado en 1956) (3):

THE SMILER WITH THE KNIFE
UNDER THE CLOAK

Justo en mitad de la ensaimada
se plantó y dijo: Babilonia.
Muy pocos entendieron
que quería decir el Río de la Plata.
Cuando se dieron cuenta ya era tarde,
quién ataja a ese potro que galopa
de Patmos a Gotinga a media rienda.
Se empezó a hablar de vikings
en el café Tortoni,
y eso curó a unos cuantos de Juan Pedro Calou
y enfermó a los más flojos de runa y David Hume.

A todo esto él leía
novelas policiales.

BORGES Y LOS OTROS. Mojo un trozo de ensaimada en café con leche y pienso: Hay mucha gente que detesta a Borges. Algunos se quejan de que hay que leerlo con una enciclopedia al lado. A esos flojos les respondería que Borges puede ser comparado (al igual que el ya mencionado Retorno de los Brujos) con un poste plantado en un Jardín de Senderos que se Bifurcan, cubierto de flechas que señalan numerosos caminos (por aquí la germanística, por allá Berkeley, más allá Chesterton y Kipling, por este lado la poesía gauchesca, por este otro la metafísica, etc.) hacia placeres intelectuales que ya no nos están negados. Porque Borges representa el principio del fin del complejo de inferioridad de las literaturas hispanoamericanas. Después de él y gracias a él, nuestras letras se liberaron del color local y el costumbrismo para abrirse al infinito.
Otros ven a Borges como prototipo del “escuálido avant la lettre”, un maldito ciego derechista. Su odio hacia Perón, quien lo retiró de la biblioteca municipal donde trabajaba para darle un cargo de supervisor de gallinas y conejos, no deja dudas de lo que ahora pensaría de un personaje como Chávez. En plena moda literaria del “compromiso revolucionario”, escribió que no aspiraba a ser Esopo: “no soy ni he sido jamás lo que antes se llamaba un fabulista o un predicador de parábolas y ahora un escritor comprometido” (4). Se declaró conservador y escéptico, y más de uno que ya lo aborrecía empezó a odiarlo a muerte. Cuando al final de su vida se casó con la Kodama lo llamaron viejo verde. Él parecía disfrutar de su impopularidad. Sus opiniones, sus “tristes aberraciones políticas” como decía Cortázar (3), fueron la razón principal por la que nunca le dieron el Nobel. Pero la pipa de opio borgiana ha sido una experiencia decisiva en la lucha de nuestras letras por liberarse de su indigente condición, de su “incapacidad de atraer” (5).

BORGES Y LA FILOSOFÍA. Cuando Borges dice: “la metafísica es una rama de la literatura fantástica” (6), pone el dedo en la llaga. En boca de un positivista, estas palabras implicarían condena y descalificación. Pero no olvidemos que para nuestro autor la literatura, y más precisamente la literatura fantástica, es el verdadero propósito y máximo placer de su vida.
He comprobado que la mayoría de los que se dedican a la filosofía (estudiantes, profesores o diletantes) rara vez se encuentra a gusto con el cálculo proposicional y los teoremas y axiomas de la matemática (que para algunos constituyen la ‘verdadera filosofía’, no porque lo hayan demostrado sino porque lo creen), y se siente más atraída por la hermenéutica de las ideas a través de la historia y de los libros. Me incluyo en esa mayoría de nostálgicos. En vista de nuestras preferencias, deberíamos tener la humildad de reconocer que apenas somos intérpretes de un cierto tipo de obras literarias, y que en ese sentido Borges puede ser uno de nuestros baquianos.
              Además, si no he entendido mal, la lógica consiste ante todo en la delimitación de una parcela aislada (un lenguaje artificial, por ejemplo), dentro de la cual operan (o importan) las leyes de la lógica. Pero apenas salimos de ahí, nos encontramos en un mundo que definitivamente no es lógico. El mundo real es alucinatorio, pasional, contradictorio, poblado de sueños y símbolos que no admiten ser reducidos a esquemas racionalistas. Como escribió Ernesto Sábato (bajo la innegable influencia de Borges): “La verdad es que la razón sirve para bien poca cosa, ya que, como bien mostró el obispo Berkeley, ni siquiera es capaz de demostrar la existencia del mundo exterior. Como dijo Hume, sus argumentos no admiten la más mínima refutación, aunque no produzcan la más mínima convicción” (7).

BORGES REFUTA A ZARATHUSTRA. Llegamos así al tema que he escogido para concluir este seminario, que tan buenos ratos me ha deparado: la comparación de dos textos borgianos dedicados a Friedrich Nietzsche, el teutón de los bigotes chorreados.
              El primer texto (“La Doctrina de los Ciclos”) (8), fechado en 1934, fue publicado originalmente en Sur, en 1936, e incluido el mismo año en Historia de la Eternidad. En él, Borges emprende la refutación de la pesadilla del Eterno Retorno, engendro de los insomnios nietzscheanos, haciendo un derroche de ironía. Comienza citando el falaz razonamiento: el número de átomos que componen el Universo puede ser enorme, pero es finito. En un período incalculable de tiempo, todas las combinaciones posibles entre ellos terminarán por darse, y entonces todo comenzará de nuevo: el Universo se repetirá. De dos premisas falsas no podía menos que obtenerse una conclusión absurda.             
Borges comienza la refutación con algunos ejercicios numéricos que involucran a los átomos y sus componentes. Previendo que el filólogo Nietzsche se escandalizaría con la idea de que un átomo pudiera partirse, prosigue con una exposición (que el propio Franklin Galindo aprobaría) de la inmortal Teoría de Conjuntos de Georg Cantor: una demostración transparente de la realidad del infinito. Si en un segmento de línea hay infinitos puntos, ¿qué podemos esperar de las inmensidades del Universo? “El roce del hermoso juego de Cantor con el hermoso juego de Zarathustra es mortal para Zarathustra. Si el Universo consta de un número infinito de términos, es rigurosamente capaz de un número infinito de combinaciones – y la necesidad de un Regreso queda vencida.”
              Implacable, Borges pasa a acusar al helenista Nietzsche de plagiar alevosamente a los clásicos, ya que
seguramente no ignoraba que su tesis había sido planteada anteriormente por pitagóricos y estoicos. Sin embargo, decía recordar el momento preciso en que lo había visitado el Retorno, el cual fijó en una página célebre. “No debemos postular una sorprendente ignorancia, ni tampoco una confusión humana, harto humana, entre la inspiración y el recuerdo”, dice Borges, “ni tampoco un delito de vanidad”. En vez de admitir su deuda con la historia de la filosofía, el profeta Nietzsche se declara padre de la criatura. “El estilo profético no permite el empleo de las comillas ni la erudita alegación de libros y autores”. Sin embargo, Borges no lo condena por esta apropiación: en una hermosa línea, se pregunta: “Si mi carne humana asimila carne brutal de ovejas, ¿quién impedirá que la mente humana asimile estados mentales humanos?” Es la tesis borgiana de que el hombre que se deleita con Shakespeare efectivamente es Shakespeare. El Eterno Retorno “es ya de Nietzsche y no de un muerto que es apenas un nombre griego.”
              Nietzsche, dice Borges, “desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición y procuró educir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo. Buscó la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres.” Lo cual es indudablemente heroico. “El optimista flojo suele imaginar que es nietzscheano; Nietzsche lo enfrenta con los círculos del eterno regreso y lo escupe así de su boca.” De poeta a poeta, Borges justifica el horror imaginado por su colega como producto del insomnio que lo torturaba, y cita a Robert Burton: “El no dormir harto crucifica a los melancólicos.” Borges sabía de eso: su Funes el Memorioso es una imagen del insomnio, que nos tortura con un desfile interminable de recuerdos (o peor aún, con un solo recuerdo obstinado) y nos amenaza con una eternidad atroz.

LA OBRA DE NIETZSCHE: MÁS QUE UN EVANGELIO PARA MATONES. El segundo texto (“Algunos Pareceres de Nietzsche”) (9) fue publicado en La Nación el once de febrero de 1940, es decir, en momentos en que la Alemania nazi desataba su ofensiva relámpago sobre Europa. Se trata de un breve ensayo no incluido en ninguna obra “oficial” de Borges, y que he podido leer en la extraordinaria antología de Emir Rodríguez Monegal. En este caso, a Borges no le interesaba tanto refutar las tesis de Nietzsche como demostrar la incompatibilidad del pensamiento de éste con la doctrina nazi.
Nietzsche enfermo
La lectura de un compendio de pensamientos de Nietzsche reunidos en una obra titulada “algo torpemente” La Inocencia del Devenir (Die Unschuld des Werdens, Leipzig, 1931), lleva a Borges a anotar que “Siempre la gloria es una simplificación y a veces una perversión de la realidad; no hay hombre célebre a quien no lo calumnie un poco su obra.” Hay una tendencia a asociar alegremente a Nietzsche con el supremacismo germánico, con el racismo – en particular con el antisemitismo – y con los excesos violentos propios de la llamada “bestia rubia.” Borges llama nuestra atención sobre algunos fragmentos nietzscheanos que niegan esta pretensión. Después de todo, como dice Rodríguez Monegal, “Nietzsche... no tuvo nada que ver con Hitler. Murió, loco, en 1900.” (10)
Respecto al supuesto nacionalismo germánico de Nietzsche, Borges encuentra la siguiente joya: “Alemania, Alemania encima de todo” (Deutschland, Deutschland über alles, famosa primera estrofa del himno nacional alemán que, si no me equivoco, fue eliminada después de 1945) “es el lema más insensato que se ha propalado jamás. ¿Por qué Alemania – pregunto yo – si no quiere ser, si no representa, si no significa algo de más valor que lo representado por otras potencias anteriores? En sí, es sólo un gran Estado más, una bobería más de la historia.” Son líneas dignas del gran opositor de Hegel que fue Nietzsche, el hombre que escribió: “Llámase Estado el más frío de todos los monstruos fríos. Y miente fríamente, siendo su mentira ésta: ‘Yo, el Estado, soy el pueblo’... Nacen demasiados hombres. ¡Para los superfluos ha sido inventado el Estado! ¡Mirad cómo atrae al montón de los superfluos! ¡Cómo los traga y masca y machaca!” (11) Difícilmente son éstas las palabras de un partidario del totalitarismo.
Respecto a la superioridad racial alemana, nuevas sorpresas: “Todos los verdaderos germanos emigraron; la Alemania actual es un puesto avanzado de los eslavos y prepara el camino para la rusificación de Europa.” Comenta Borges: “... esa doctrina puede congregar escasos prosélitos en la Alemania de hoy” (o sea, de 1940). “El país está regido por germanistas que preconizan la anexión de ciertos vecinos porque son de raza germánica y de ciertos otros vecinos porque son de raza inferior.” Tales ideas hubieran llevado a Nietzsche (quien, según Borges, era muy alemán, a pesar de su nombre polaco) directamente a Auschwitz.
Sobre el tema del judaísmo hallamos estas reflexiones: “Los judíos son un antídoto contra el nacionalismo, esa última enfermedad de la razón europea... en la insegura Europa son quizás la raza más fuerte: superan a todo el Occidente de Europa por la duración de su proceso evolutivo... Una raza que no ha
perecido es una raza que ha crecido incesantemente... la raza más antigua debe ser también la más alta.” A Borges le parece poco sincera esta “hipérbole del nacionalismo judío” – “el más exorbitante de todos”, pues en aquel entonces no podía “invocar un país, un orden, una bandera”. Nietzsche se propone ante todo desagradar a los nacionalistas alemanes. Dice Borges: “Una de las capacidades geniales del intelectual alemán – no sé si del francés – es la de no ser accesible a las supersticiones del patriotismo. En trance de ser injusto, prefiere serlo con su propio país.”
En cuanto a la práctica nazi de la violencia sistemática, Nietzsche escribió proféticamente: “Los alemanes creen que la fuerza debe manifestarse por el rigor y por la crueldad. Les cuesta creer que puede haber fuerza en la serenidad y en la quietud. Creen que Beethoven es más fuerte que Goethe; en eso se equivocan.”
Concluye Borges afirmando que “ningún autor del siglo XIX es tan contemporáneo nuestro como Friedrich Nietzsche.” La fascinación que ejerce se debe en parte a su “vertiginosa riqueza mental... tanto más sorprendente si recordamos que en su casi totalidad versa sobre aquella materia en que los hombres se han mostrado más pobres y menos inventivos: la ética.”
La mejor definición ostensiva del nazismo se atribuye a Göring (aunque hay diferentes versiones respecto a quién fue su verdadero autor): “Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver.” Aunque en su momento conquistó a muchos célebres artistas y pensadores, fue siempre un movimiento voluntarista y “enemigo del espíritu.” En palabras de Borges: “Ser nazi (jugar a la barbarie enérgica, jugar a ser un viking, un tártaro, un conquistador del siglo XVI, un gaucho, un piel roja) es, a la larga, una imposibilidad mental y moral. El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erígena. Es inhabitable, los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie, en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe.”(12)
Con ese juicio, expresado de un modo tan insuperable, quisiera cerrar esta modesta indagación, que incluye algo de filosofía y mucha poesía de uno de los magos de la palabra más poderosos de los últimos tiempos.


BIBLIOGRAFÍA


BORGES, Jorge Luis. Ficcionario. Una antología de sus textos. Edición, introducción, prólogos y notas de Emir Rodríguez Monegal. Fondo de Cultura Económica, México (1997). (1) “Elementos de Perceptiva”, pp. 55-58, cita en p. 57; (4) “Prólogo a ‘El Informe de Brodie’”, pp. 371-374, cita en p. 372; (6) “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, pp. 147-159, cita en p. 152; (8) “La Doctrina de los Ciclos”, pp. 88-96; (9) “Algunos Pareceres de Nietzsche”, pp. 143-146; (10) p. 448.  

PAUWELS, Louis y BERGIER, Jacques. El Retorno de los Brujos. Plaza y Janés, Barcelona (1962); (2) pp. 597-613.

CORTÁZAR, Julio. La Vuelta al Día en Ochenta Mundos. Siglo Veintiuno Editores, México (1967); (3)  p. 41.

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Caracas, 12 de marzo de 2003.