Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología
me
acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.
El título de esta entrada lo tomé de un anuncio que leí en la puerta de un negocio en la Avenida Victoria. Me parece justo decir que en él hay un mensaje que merece ser llamado surrealista. Sé que se abusa mucho de este último término y que frecuentemente se le emplea mal: el surrealismo no es lo mismo que el "absurdismo", no toda situación simplemente absurda (o más exactamente paradójica) puede ser llamada surrealista. Hace falta la lógica (paradójica) de los sueños y una cierta dosis de crueldad, y quizás de ironía, lo que algunos llaman "humor negro". Alguna gente (ignorante) habla de subrealismo, como si se tratara de algo que está por debajo de la realidad. Pero el surrealismo es todo lo contrario: es algo totalmente real, pero que supera la noción racional y convencional de la realidad.
En el caso de este anuncio hay algo fantástico, un vuelo involuntario de la imaginación. Porque, ¿qué experiencia puede tener un muchacho, aparte de la experiencia de ser un muchacho? Y ya sabemos la crueldad implícita en el término "muchacho": se trata del último de la fila, el pobre diablo que se ocupará de las tareas más ingratas que nadie querría hacer. Lo tendrán ahí para humillarlo y explotarlo. La experiencia que le piden al tal muchacho es la de haber sido humillado y explotado, tal vez con una sonrisa de agradecimiento en los labios...
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Retrato de Buñuel por Dalí
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Hay muy pocos artistas cuya obra conozca y admire casi en su totalidad. Uno de ellos es Luis Buñuel. Últimamente he vuelto a ver algunas de sus películas, sobre todo la maravillosa Ensayo de un crimen, y una vez más pude comprobar con gusto que no he perdido mi capacidad de asombro (Esta expresión también suele usarse en un sentido equivocado, como si fuera malo asombrarse. Pero en realidad es necesario, sano e imprescindible poder asombrarse. Vivimos en un mundo totalmente asombroso, lleno de misterio).
Siempre he dicho, y lo reitero, que la mejor definición del surrealismo se encuentra en aquella frase del poeta Eluard: Hay otros mundos, pero están en éste. La misión del artista es descubrirlos y revelarlos.
También releí, gracias al ocio obligatorio de la cuarentena, las estupendas memorias de Buñuel. Reivindicando mi derecho a la pereza, me permito reproducir un capítulo entero de ese libro lleno de humor, irreverencia y anhelos de libertad. Aunque la idea convencional de la libertad tal vez sea sólo un fantasma. La única verdadera libertad posible está en el trabajo que se hace exclusivamente por gusto y placer. Aunque eso también puede volverse un yugo...
ATEO GRACIAS A DIOS
(Por Luis
Buñuel – De “Mi último suspiro”, pp. 147-151).
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La Última Cena de los mendigos en Viridiana
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La casualidad es
la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego. No tiene la misma
pureza. Si entre todas mis películas siento una especial ternura hacia El fantasma de la libertad, es, quizá,
porque abordaba este difícil tema.
El
guion ideal, en el que a menudo he soñado, arrancaría de un punto de partida
anodino, banal. Por ejemplo: un mendigo atraviesa una calle. Ve una mano que
asoma por la portezuela abierta de un lujoso automóvil y que arroja al suelo la
mitad de un habano. El mendigo se detiene bruscamente para recoger el cigarro.
Otro automóvil le arrolla y le mata.
A
partir de este accidente, se puede formular una serie indefinida de preguntas. ¿Por
qué se han encontrado el mendigo y el cigarro? ¿Qué hacía el mendigo a esa hora
en la calle? ¿Por qué el hombre que fumaba el cigarro lo ha tirado en ese
momento? Cada respuesta dada a estas preguntas originará, a su vez, otras
preguntas, progresivamente más numerosas. Nos hallaremos ante encrucijadas cada
vez más complejas, que conducirán a otras encrucijadas, a laberintos
fantásticos en los que habremos de elegir nuestro camino. Así, siguiendo causas
aparentes, que no son, en realidad, sino una serie, una profusión ilimitada de
casualidades, podríamos irnos remontando cada vez más lejos en el tiempo,
vertiginosamente, sin pausa, a través de la Historia, a través de todas las
civilizaciones, hasta los protozoarios originales.
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Institutriz asesinada en Ensayo de un Crimen
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Encuentro
un magnífico ejemplo de esta casualidad histórica en un libro claro y denso
que, para mí, representa la quintaesencia de una cierta cultura francesa:
Poncio Pilatos, de Roger Caillois. Poncio Pilatos, nos cuenta Caillois, tiene
todas las razones para lavarse las manos y dejar condenar a Cristo. Es el
consejo de su asesor político, que teme disturbios en Judea. Es también el
ruego de Judas, para que se cumplan los designios de Dios. Es incluso la opinión
de Marduk, el profeta caldeo, que imagina la larga sucesión de acontecimientos que
seguirán a la muerte del Mesías, acontecimientos que existen ya, puesto que él
los ve y es profeta.
A
todos los argumentos, Pilatos solamente puede oponer su honradez, su deseo de
justicia. Tras una noche de insomnio, toma su decisión y libera a Cristo. Éste
es acogido con alegría por sus discípulos. Prosigue su vida y su enseñanza y
muere a edad avanzada, considerado como un hombre muy santo. Durante uno o dos
siglos, se sucederán los peregrinos ante su tumba. Luego, se le olvidará.
Y,
naturalmente, la historia del mundo será completamente distinta.
Este
libro me ha hecho fantasear durante mucho tiempo. Sé muy bien todo lo que se me
puede decir sobre el determinismo histórico o sobre la voluntad omnipotente de
Dios, que empujaron a Pilatos a lavarse las manos. Sin embargo, podía no
lavárselas. Rechazando la jofaina y el agua, cambiaba todo el curso de los
tiempos.
La
casualidad quiso que se lavara las manos. Como Caillois, yo no veo ninguna
necesidad en este gesto. Claro que, si bien nuestro nacimiento es totalmente
casual, debido al encuentro fortuito de un óvulo y un espermatozoide (¿por qué
precisamente éste entre millones?), el papel del azar se difumina cuando se
edifican las sociedades humanas, cuando el feto y, luego, el niño se encuentran
sometidos a estas leyes. Y así es para todas las especies. Las leyes, las
costumbres, las condiciones históricas y sociales de una cierta evolución, de
un cierto progreso, todo lo que pretende contribuir a la creación, al avance, a
la estabilidad de una civilización a la que pertenecemos por la suerte o la
desgracia de nuestro nacimiento, todo eso se presenta como una lucha cotidiana
y tenaz contra el azar.
Nunca
totalmente aniquilado, vivo y sorprendente, trata de acomodarse a la necesidad
social.
Pero
yo creo que, en estas leyes necesarias, que nos permiten vivir juntos, es
preciso abstenerse de ver una necesidad fundamental, primordial. Me parece, en
realidad, que no era necesario que este mundo existiese, que no era necesario que
nosotros estuviésemos aquí, viviendo y muriendo. Puesto que no somos sino hijos
del azar, la Tierra y el Universo hubieran podido continuar sin nosotros, hasta
la consumación de los siglos. Imagen inimaginable la de un Universo vacío e
infinito, teóricamente inútil, que ninguna inteligencia podría concebir, que
existiría solo, caos permanente, abismo inexplicablemente privado de vida.
Quizás otros mundos, cegados a nuestro conocimiento, prosiguen así su curso
inconcebible. Tendencia al caos, que sentimos a veces muy profundamente en
nosotros mismos.
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Los Olvidados
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Algunos
sueñan en un universo infinito, otros nos lo presentan como finito en el
espacio y en el tiempo. Heme aquí entre dos misterios tan impenetrables el uno
como el otro. Por una parte, la imagen de un universo infinito es inconcebible.
Por otra, la idea de un universo finito, que dejará algún día de existir, me
sumerge en una nada impensable que me fascina y me horroriza.
Voy
de una a otra. No sé.
Imaginemos
que el azar no existe y que toda la historia del mundo, hecha bruscamente
lógica y comprensible, pudiera resolverse en unas cuantas fórmulas matemáticas.
En tal caso, sería necesario creer en Dios, suponer como inevitable la
existencia activa de un gran relojero, de un supremo ser organizador.
Pero
Dios, que lo puede todo, ¿no habría podido crear por capricho un mundo
entregado al azar? No, nos responden los filósofos. El azar no puede ser una
creación de Dios, porque es la negación de Dios. Estos dos términos son
antinómicos. Se excluyen mutuamente.
Carente
de fe (y persuadido de que, como todas las cosas, la fe nace a menudo del
azar), no veo cómo salir de este círculo. Por eso es por lo que no entro en él.
La
consecuencia que de ello extraigo, para mi propio uso, es muy sencilla: creer y
no creer son la misma cosa. Si se me demostrara ahora mismo la luminosa existencia
de Dios, ello no cambiaría estrictamente nada en mi comportamiento.
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Simón del Desierto
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Yo
no puedo creer que Dios me vigila sin cesar, que se ocupa de mi salud, de mis
deseos, de mis errores. No puedo creer, y en cualquier caso no acepto, que pueda
castigarme para toda la eternidad. ¿Qué soy yo para él? Nada, una sombra de
barro. Mi paso es tan rápido que no deja ninguna huella. Soy un pobre mortal,
no cuento ni en el espacio ni en el tiempo. Dios no se ocupa de nosotros. Si
existe, es como si no existiese.
Razonamiento
que antaño resumí en esta fórmula: «Soy ateo, gracias a Dios.» Fórmula que sólo
en apariencia es contradictoria.
Junto
al azar, su hermano el misterio. El ateísmo —por lo menos el mío— conduce
necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio.
Puesto
que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me
parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta
tiniebla. Lo acepto, ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para
todos. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi
libertad moral.
Se
me dice: ¿Y la Ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que
nos rodea?
Quizá.
Pero la Ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial.
Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas
todas que me son preciosas. Un personaje de La
Vía Láctea decía: «Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología me
acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.» No hay tal. En lo que a
mí concierne, es incluso totalmente imposible. Yo he elegido mi lugar, está en
el misterio. Sólo me queda respetarlo.
La
manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar —toda
mi vida, me han atosigado con preguntas imbéciles: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?—,
es una de las desdichas de nuestra naturaleza. Si fuéramos capaces de devolver
nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría
hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.
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El Fantasma de la Libertad
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En
alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total
del hombre. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar.
A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención. Antaño, lo
que yo imaginaba ser mi conciencia me prohibía ciertas imágenes: asesinar a mi
hermano, acostarme con mi madre. Me decía: «¡Qué horror!», y rechazaba
furiosamente estos pensamientos, desde mucho tiempo atrás malditos.
Sólo
hacia los sesenta o sesenta y cinco años de edad comprendí y acepté plenamente
la inocencia de la imaginación. Necesité todo ese tiempo para admitir que lo
que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí, que en manera
alguna se trataba de lo que se llamaba «malos pensamientos», en manera alguna
de un pecado, y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y
degenerada, adonde buenamente quisiera.
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La Vía Láctea
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Desde
entonces, lo acepto todo, me digo: «Bueno, me acuesto con mi madre, ¿y qué?», y
casi al instante las imágenes del crimen o del incesto huyen de mí, expulsadas
por la indiferencia.
La
imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la
provoca. Durante toda mi vida me he esforzado por aceptar, sin intentar comprenderlas,
las imágenes compulsivas que se me presentaban. Por ejemplo, en Sevilla,
durante el rodaje de Ese oscuro objeto
del deseo, al final de una escena y movido por una súbita inspiración, pedí
bruscamente a Fernando Rey que cogiera un voluminoso saco de tramoyista que
estaba sobre un banco y marchara con él a la espalda.
Al
mismo tiempo, percibía todo lo que de irracional había en este acto y lo temía
un poco. Rodé, pues, dos versiones de la escena, con y sin el saco. Al día siguiente,
durante la proyección, todo el equipo estaba de acuerdo —y yo también— en que
la escena quedaba mejor con el saco. ¿Por qué? Imposible decirlo, so pena de
caer en los estereotipos del psicoanálisis o de cualquier otra explicación.
Psiquiatras
y analistas de todas clases han escrito mucho sobre mis películas. Se lo
agradezco, pero nunca leo sus obras. No me interesa. Yo hablo en otro capítulo
del psicoanálisis, terapéutica de clase. Y añado aquí que algunos analistas,
desesperados, me han declarado «inanalizable», como si yo perteneciese a otra
cultura, a otro tiempo, lo cual es posible, después de todo.
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Buñuel y Dalí
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A
mi edad, dejo que hablen. Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá
en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad
de recibir lo inesperado. Estas antiguas tendencias se han acentuado en el
transcurso de los años. Me retiro poco a poco. El año pasado calculé que en
seis días, es decir, en 144 horas, no había tenido más que tres horas de
conversación con mis amigos. El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso
de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende,
una imagen que me visita y, luego, una cosa lleva a la otra, y ya es de noche.
Pido
perdón si las páginas que preceden parecen confusas y pesadas. Estas reflexiones
forman parte de una vida tanto como los detalles frívolos. No soy filósofo, ya
que nunca he poseído capacidad de abstracción. Si algunos espíritus filosóficos,
o que creen serlo, sonrieran al leerme, bueno, me alegro de haberles hecho pasar
un buen rato. Es un poco como si me encontrase de nuevo en el colegio de los
Jesuitas de Zaragoza. El profesor señala con el dedo a un alumno y le dice:
«¡Refúteme a Buñuel!» Y es cuestión de dos minutos.
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Lorca y Buñuel
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Sólo
espero haberme mostrado suficientemente claro. Un filósofo español, José Gaos,
fallecido no hace mucho tiempo, escribía, como todos los filósofos, en una
jerga inextricable. A alguien que se lo reprochaba, respondió un día: «¡Me
tiene sin cuidado! La Filosofía es para los filósofos.»
A
lo cual, yo opondría la frase de André Breton: «Un filósofo a quien yo entienda
es un cerdo.» Comparto plenamente su opinión..., aunque a veces me cueste
entender lo que dice Breton.