domingo, 6 de marzo de 2022

¿Qué blasfemias balbucea el bufón?

 


¿Cuál es tu teoría conspirativa favorita? Yo tengo varias. Sin ellas, nunca podría entender lo que está pasando. Un sano escepticismo me dice que es imposible conformarse con las versiones oficiales. Sin importar de qué lado vengan. Ya sabemos lo que dijo Voltaire (creo que fue él; palabra más, palabra menos): Dime a quién no te permiten criticar y te diré quién es tu dueño.

Después de la histeria colectiva de la cuarentena por COVID, el mundo que conocemos no hace más que acelerar su proceso de derrumbe (o tal vez de-construcción) y re-composición; o si prefieres, de análisis y síntesis, con resultados inesperados, nunca antes vistos. Ya estamos en el post-apocalipsis, el viejo mundo se acabó hace rato, seguimos penetrando traumáticamente el nuevo, y para terminar de hacerlo quizás necesitemos una fulminante purificación por el fuego.

Andrei Raevsky

Desde que Edward Bernays y sus secuaces consiguieran a principios del siglo XX que todo el mundo usara relojes de pulsera, que los gringos comieran tocineta en el desayuno y que las mujeres decentes fumaran como chimeneas, quedó evidenciado el poder de la propaganda, o manipulación del inconsciente colectivo de las masas para favorecer los intereses de los poderosos. Y el arte-ciencia de la manipulación siguió evolucionando hasta alcanzar su máximo esplendor en el siglo XXI: primero fue el show de las Torres Gemelas, que marcó la pauta durante las primeras décadas. Luego vino lo de la pandemia (algunos la llaman Plandemia), un evento cuidadosamente preparado por años que consiguió paralizar la economía mundial, empobreciendo y aterrorizando a las grandes mayorías, mientras las gigantescas corporaciones tecnológicas y farmacéuticas aumentaban exponencialmente su riqueza.

Alfredo Jalife

En un mundo que se polariza, se debe escuchar lo que dicen los dos (o tres o más) polos. Yo siempre leo la BBC para conocer la agenda imperial anglo-sionista. Para contrastarla, consulto algunas fuentes alternativas. Tengo mis héroes y campeones en la lucha contra la desinformación. Fui un gran seguidor de Walter Martínez. Ahora recomiendo ampliamente al analista mexicano Alfredo Jalife. Hay que seguir la geo-política, la geo-estrategia, la geo-historia, hasta alcanzar la geo-consciencia. Dado que la guerra es la continuación de la política por otros medios (y viceversa), es importante analizar los “acontecimientos en pleno desarrollo” como si fueran un juego de guerra. En ese sentido, para mí fue una revelación descubrir (hace ya varios años) el blog The Saker, del geo-analista ruso Andrei Raevsky. Yo lo leo en inglés, pero creo que apretando un botón se consiguen traducciones a diferentes idiomas.

Respecto al tema de la salud pública, mis fuentes alternativas me han revelado una historia totalmente espeluznante, que de paso confirma las sospechas que siempre había tenido al respecto. Se trata del SIDA, que desde los años 80 se convirtió en la gran amenaza, la espada de Damocles, el gran espantajo, la gran herramienta de manipulación. El propósito de la feroz campaña mediática desatada en torno al SIDA era, según parece, introducir el terrorismo en el campo de la sexualidad humana.

Tom Hanks 

Mis fuentes alternativas, siempre acusadas de propalar teorías conspirativas porque no aceptan el consenso impuesto por los sacrosantos expertos y autoridades “científicas” y académicas, me llevaron a descubrir un libro llamado “Inventando el virus VIH”, de Peter Duesberg. Este señor es un virólogo de muchísimo prestigio, con todos los doctorados del mundo y avalado por las universidades e institutos de investigación más famosos, que lleva años afirmando que todo lo que nos dicen sobre el SIDA, o bien es mentira, o ha sido mal interpretado y manipulado. Aunque no soy ni remotamente un conocedor del tema, me limitaré a hacer un breve resumen sobre las ideas que más llamaron mi atención al leer (una parte) de este libro.

Para empezar, las nociones de que el SIDA es UNA enfermedad “venérea” transmitida por un virus llamado VIH y que sólo puede curarse con tratamientos que emplean drogas muy tóxicas y costosas, son todas FALSAS. Los argumentos que sustentan esta atrevida aseveración constituyen la llamada “hipótesis de Duesberg”. Es interesante presentarlos uno por uno.


Para empezar, el SIDA no es una enfermedad, sino un síndrome que abarca al menos 30 enfermedades diferentes, incluyendo neumonía, tuberculosis y diversas infecciones microbianas, además del sarcoma de Kaposi, demencia, linfoma y otras de origen no microbiano. Lo único que permite asociar todas estas enfermedades bajo la etiqueta de SIDA es la presencia (o ausencia) de anticuerpos contra el VIH en la sangre de los pacientes. La hipótesis de que este virus en particular es el causante del SIDA sería el pilar que sostiene, en palabras de Duesberg, “el imperio global del SIDA”, la epidemia en cuyo combate se ha gastado más dinero en la historia de la medicina (al menos hasta la aparición del COVID), con resultados hasta ahora muy dudosos.

Nadie muere de SIDA, sino de una o varias de las 30 enfermedades asociadas. ¿De cuáles moriría el personaje que hace Tom Hanks en Philadelphia? Parece que de una afección pulmonar. Además tenía Kaposi, según recuerdo. ¿Y Freddie Mercury? ¿Y Michel Foucault?

Michel Foucault, hedonista

Las drogas como el AZT que se usan para matar al presunto virus “causante” del “SIDA” se aplicaban antes en la quimioterapia. Son drogas muy dañinas. El tratamiento contra el cáncer mata todo, a los malos y a los buenos. Pero si ahora resulta que el virus VIH es un microbio inocuo, uno más de los millones que pululan en el organismo humano, y que es totalmente pasivo e inofensivo, tendríamos que pasar bruscamente de las teorías conspirativas al método paranoico-crítico de Salvador Dalí.

El SIDA no es una enfermedad transmitida por un microbio. No es una especie de supergonorrea. Aparece como consecuencia de un estilo de vida que se puso muy de moda después de la proclamada “liberación sexual” de los años 70. Los únicos que realmente se liberaron fueron los homosexuales, que pusieron a valer su poderoso brazo político a principios de los 80. El movimiento gay conoció su esplendor y reforzó su prestigio cultural. Entonces, se popularizó un estilo de vida promiscuo, aderezado por el uso de drogas de todo tipo, sobre todo inhalantes afrodisíacos y drogas “duras” intravenosas. Trasnochos, excesos, días sin comer ni dormir, pésima alimentación, se hicieron habituales en medio de un hedonismo sexual globalizado.

Las estadísticas que muestra Duesberg parecen contundentes: del total registrado de pacientes con SIDA en EE.UU, el 90% son hombres, y de ellos, un 62% son homosexuales y 32% son usuarios de drogas intravenosas. Hemofílicos y pacientes que reciben transfusiones aparecen en un lejano tercer lugar. El síndrome parece confinarse a algunos grupos de riesgo. Pero en algún momento se montó una operación psicológica a nivel mundial que quería implantar la idea de que cualquier relación sexual implicaba un peligro de muerte. Si te acuestas con alguien, te acuestas con toda su historia, recuerdo que decía un anuncio difundido masivamente. O el cuento del tipo que se acostó con la tipa buenota y ésta le escribió después en el espejo del cuarto (con lápiz labial, desde luego) “Bienvenido al mundo del SIDA”. Teorías conspirativas…


Las investigaciones sobre el SIDA reciben desde hace 40 años un financiamiento colosal. El tratamiento basado en la teoría del VIH ha resultado ser un negocio fabuloso, y mucha gente teme perder su modus vivendi si se comprueba que dicho método se basa en una hipótesis falsa. De modo que Duesberg, uno de los grandes hombres de la virología mundial, cayó en desgracia y es descalificado por (casi) la unanimidad del establishment científico.

Lo que pasa es que un planteamiento que destruya el consenso aceptado por la generalidad tiene que ser respaldado por pruebas y evidencias abrumadoras. Y ni aun así hay garantías de que una idea que ponga en peligro las riquezas que algún estamento ha acumulado gracias a creer en la idea opuesta sea aceptada fácilmente.

Cambiando de tema, es muy reconfortante que por fin la guerra de Ucrania haya tumbado al COVID como titular de primera plana. Hoy, por primera vez en más de dos años, la BBC presenta siete u ocho historias sobre Ucrania antes de mostrar la primera sobre el COVID. Parece que, finalmente, éste pasará de moda. Será un gran alivio. Volveremos a tener clases presenciales. Dejaremos de estafar a los estudiantes. Entre otras cosas.

El último titular sobre el COVID fue la revuelta de los camioneros que ocuparon Ottawa, capital del Canadá. El así llamado “primer mundo” contempla boquiabierto el renacimiento del nazi-fascismo. Y ahora, lo de Ucrania. Lo primero que hay que decir es que no se debe tomar partido en esa guerra —ni en ninguna donde uno no se esté jugando la propia supervivencia. Ya no puede haber guerras como las que lanzaron Napoleón o Hitler. Hoy en día, una guerra contra Rusia por el dominio del centro de Eurasia implicaría el suicidio termonuclear de la humanidad. De modo que no es una opción para nadie.

Guarimba, Chacao 2014

Por otra parte, como dijo Sun Tzu, la guerra es la peor desgracia, pero si hay que pelear, entonces hay que pegar primero y ser veloz como el rayo. Putin, el gran ajedrecista, invade para “desmilitarizar y des-nazificar” Ucrania. Hay que decir que el actual gobierno de Ucrania nace a partir de la guarimba (o “revolución de color”) de 2014, desarrollada simultáneamente en Chacao/Baruta y en la plaza Maidán en Kiev. La guarimba criolla fue desinflándose gradualmente, pero la de Ucrania sí logró tumbar el gobierno. Imaginemos un gobierno formado por Leopoldo López y María Corina Machado y tendremos una idea de quiénes llegaron al poder después de aquellos desórdenes.

Aunque Leopoldo es señalado como fascista, yo creo que es demasiado niño-bien para ser un verdadero fascista, ya que estos suelen engendrarse en los arrabales más abyectos. Según mi interpretación, Leopoldo era visto en 2014 como un buen candidato a mártir (un tipo joven y buenmozo asesinado por una dictadura sanguinaria). Por eso lo querían matar, aprovechando su breve paso por la clandestinidad. Eso fue lo que el mismo Leopoldo dijo después de que se entregó.

Maidán, 2014

Mientras los neonazis de Chacao/Baruta parecen unos amateurs, en Ucrania existe un movimiento genuinamente fascista y de pura cepa desde los años 30. Durante la invasión alemana (nazi) de 1941, esta gente colaboró y cometió numerosas atrocidades. Es decir, hay una tradición fascista de 80 años, varias generaciones que sostienen la herencia de Stepan Bandera y se rapan el cráneo, se tatúan esvásticas y salen a buscar rusos para matarlos. Esta clase de gente se hizo con el poder, y se comprometieron a defender el ideario fascista “hasta el último ucraniano”, ya que, como sabemos, la OTAN no puede intervenir.

En conclusión, recomiendo aplicar uno de los métodos del escepticismo, la suspensión del juicio o epojé, cada vez que los medios masivos del imperio empiezan con su alharaca, porque eso revela que ha empezado una nueva operación psicológica. Aunque si nos hablan de teorías conspirativas descalificadas por los medios oficiales, ahí sí debemos escuchar atentamente. La conspiración QAnon, por ejemplo, no es tan descabellada como nos la quieren hacer ver BBC, CNN o la Deutsche Welle. Los líderes del imperio están metidos desde siempre en la trata de blancas y en las redes pedofílicas. Esto quedó en evidencia con el caso de Jeffrey Epstein, un escándalo que salpicó por igual a Trump, a Clinton y al príncipe Andrés, quien perdió sus privilegios aristocráticos en un Reino Unido que parece tan poco unido como los EE.UU.


Con la guerra de Ucrania, pienso que Putin ha empezado una partida de ajedrez con los gringos, y que tiene las mejores probabilidades de ganarla. El liderazgo ruso-chino parece tener objetivos estratégicos claros y una firmeza para lograrlos que va más allá de los discursos y la farandulería. Del lado de  Occidente, dan la impresión de que han perdido la brújula. Van y vienen, se contradicen unos con otros. Los alemanes, por ejemplo, mandan a cerrar la tubería por donde los rusos les pueden mandar gas más barato, y en pleno invierno. La explicación es que esa acción le conviene más a su protector, los EE.UU, que les ofrece el mismo gas pero más caro. ¿Cuánto tiempo puede sostenerse una paradoja semejante?

Recordemos también que, con la política de las sanciones económicas, ni siquiera pudieron tumbar al gobierno de Venezuela, que no se puede comparar con Rusia, una de las tres potencias hegemónicas, uno de los tres imperios que se disputan el mundo. China y Rusia fueron imperios. EE.UU es el heredero del imperio británico, el más extenso, sangriento y traicionero de la historia.

Estemos muy atentos. La guerra mediática puede ser la única que están ganando los gringos. El virus de la rusofobia pasa a ocupar el lugar del COVID en la “guerra cognitiva”. Los titiriteros del mundo ya han ensayado muchos trucos nuevos con la pandemia, y les han salido muy bien. La gente se acostumbró a tener miedo y obedecer. Eso es muy peligroso, aunque más peligroso aún es que se crean cualquier historia que les cuenten.


martes, 30 de noviembre de 2021

Se solicita muchacho con experiencia

Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología 

me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.

El título de esta entrada lo tomé de un anuncio que leí en la puerta de un negocio en la Avenida Victoria. Me parece justo decir que en él hay un mensaje que merece ser llamado surrealista. Sé que se abusa mucho de este último término y que frecuentemente se le emplea mal: el surrealismo no es lo mismo que el "absurdismo", no toda situación simplemente absurda (o más exactamente paradójica) puede ser llamada surrealista. Hace falta la lógica (paradójica) de los sueños y una cierta dosis de crueldad, y quizás de ironía, lo que algunos llaman "humor negro". Alguna gente (ignorante) habla de subrealismo, como si se tratara de algo que está por debajo de la realidad. Pero el surrealismo es todo lo contrario: es algo totalmente real, pero que supera la noción racional y convencional de la realidad.

En el caso de este anuncio hay algo fantástico, un vuelo involuntario de la imaginación. Porque, ¿qué experiencia puede tener un muchacho, aparte de la experiencia de ser un muchacho? Y ya sabemos la crueldad implícita en el término "muchacho": se trata del último de la fila, el pobre diablo que se ocupará de las tareas más ingratas que nadie querría hacer. Lo tendrán ahí para humillarlo y explotarlo. La experiencia que le piden al tal muchacho es la de haber sido humillado y explotado, tal vez con una sonrisa de agradecimiento en los labios...

 

Retrato de Buñuel por Dalí

Hay muy pocos artistas cuya obra conozca y admire casi en su totalidad. Uno de ellos es Luis Buñuel. Últimamente he vuelto a ver algunas de sus películas, sobre todo la maravillosa Ensayo de un crimen, y una vez más pude comprobar con gusto que no he perdido mi capacidad de asombro (Esta expresión también suele usarse en un sentido equivocado, como si fuera malo asombrarse. Pero en realidad es necesario, sano e imprescindible poder asombrarse. Vivimos en un mundo totalmente asombroso, lleno de misterio). 

Siempre he dicho, y lo reitero, que la mejor definición del surrealismo se encuentra en aquella frase del poeta Eluard: Hay otros mundos, pero están en éste. La misión del artista es descubrirlos y revelarlos.

También releí, gracias al ocio obligatorio de la cuarentena, las estupendas memorias de Buñuel. Reivindicando mi derecho a la pereza, me permito reproducir un capítulo entero de ese libro lleno de humor, irreverencia y anhelos de libertad. Aunque la idea convencional de la libertad tal vez sea sólo un fantasma. La única verdadera libertad posible está en el trabajo que se hace exclusivamente por gusto y placer. Aunque eso también puede volverse un yugo...

 

ATEO GRACIAS A DIOS

(Por Luis Buñuel – De “Mi último suspiro”, pp. 147-151).

 

La Última Cena de los mendigos en Viridiana

La casualidad es la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego. No tiene la misma pureza. Si entre todas mis películas siento una especial ternura hacia El fantasma de la libertad, es, quizá, porque abordaba este difícil tema.

El guion ideal, en el que a menudo he soñado, arrancaría de un punto de partida anodino, banal. Por ejemplo: un mendigo atraviesa una calle. Ve una mano que asoma por la portezuela abierta de un lujoso automóvil y que arroja al suelo la mitad de un habano. El mendigo se detiene bruscamente para recoger el cigarro. Otro automóvil le arrolla y le mata.

A partir de este accidente, se puede formular una serie indefinida de preguntas. ¿Por qué se han encontrado el mendigo y el cigarro? ¿Qué hacía el mendigo a esa hora en la calle? ¿Por qué el hombre que fumaba el cigarro lo ha tirado en ese momento? Cada respuesta dada a estas preguntas originará, a su vez, otras preguntas, progresivamente más numerosas. Nos hallaremos ante encrucijadas cada vez más complejas, que conducirán a otras encrucijadas, a laberintos fantásticos en los que habremos de elegir nuestro camino. Así, siguiendo causas aparentes, que no son, en realidad, sino una serie, una profusión ilimitada de casualidades, podríamos irnos remontando cada vez más lejos en el tiempo, vertiginosamente, sin pausa, a través de la Historia, a través de todas las civilizaciones, hasta los protozoarios originales.

Institutriz asesinada en Ensayo de un Crimen

 

Encuentro un magnífico ejemplo de esta casualidad histórica en un libro claro y denso que, para mí, representa la quintaesencia de una cierta cultura francesa: Poncio Pilatos, de Roger Caillois. Poncio Pilatos, nos cuenta Caillois, tiene todas las razones para lavarse las manos y dejar condenar a Cristo. Es el consejo de su asesor político, que teme disturbios en Judea. Es también el ruego de Judas, para que se cumplan los designios de Dios. Es incluso la opinión de Marduk, el profeta caldeo, que imagina la larga sucesión de acontecimientos que seguirán a la muerte del Mesías, acontecimientos que existen ya, puesto que él los ve y es profeta.

A todos los argumentos, Pilatos solamente puede oponer su honradez, su deseo de justicia. Tras una noche de insomnio, toma su decisión y libera a Cristo. Éste es acogido con alegría por sus discípulos. Prosigue su vida y su enseñanza y muere a edad avanzada, considerado como un hombre muy santo. Durante uno o dos siglos, se sucederán los peregrinos ante su tumba. Luego, se le olvidará.

Y, naturalmente, la historia del mundo será completamente distinta.

Este libro me ha hecho fantasear durante mucho tiempo. Sé muy bien todo lo que se me puede decir sobre el determinismo histórico o sobre la voluntad omnipotente de Dios, que empujaron a Pilatos a lavarse las manos. Sin embargo, podía no lavárselas. Rechazando la jofaina y el agua, cambiaba todo el curso de los tiempos.

La casualidad quiso que se lavara las manos. Como Caillois, yo no veo ninguna necesidad en este gesto. Claro que, si bien nuestro nacimiento es totalmente casual, debido al encuentro fortuito de un óvulo y un espermatozoide (¿por qué precisamente éste entre millones?), el papel del azar se difumina cuando se edifican las sociedades humanas, cuando el feto y, luego, el niño se encuentran sometidos a estas leyes. Y así es para todas las especies. Las leyes, las costumbres, las condiciones históricas y sociales de una cierta evolución, de un cierto progreso, todo lo que pretende contribuir a la creación, al avance, a la estabilidad de una civilización a la que pertenecemos por la suerte o la desgracia de nuestro nacimiento, todo eso se presenta como una lucha cotidiana y tenaz contra el azar.

Nunca totalmente aniquilado, vivo y sorprendente, trata de acomodarse a la necesidad social.

Pero yo creo que, en estas leyes necesarias, que nos permiten vivir juntos, es preciso abstenerse de ver una necesidad fundamental, primordial. Me parece, en realidad, que no era necesario que este mundo existiese, que no era necesario que nosotros estuviésemos aquí, viviendo y muriendo. Puesto que no somos sino hijos del azar, la Tierra y el Universo hubieran podido continuar sin nosotros, hasta la consumación de los siglos. Imagen inimaginable la de un Universo vacío e infinito, teóricamente inútil, que ninguna inteligencia podría concebir, que existiría solo, caos permanente, abismo inexplicablemente privado de vida. Quizás otros mundos, cegados a nuestro conocimiento, prosiguen así su curso inconcebible. Tendencia al caos, que sentimos a veces muy profundamente en nosotros mismos.

Los Olvidados

 

Algunos sueñan en un universo infinito, otros nos lo presentan como finito en el espacio y en el tiempo. Heme aquí entre dos misterios tan impenetrables el uno como el otro. Por una parte, la imagen de un universo infinito es inconcebible. Por otra, la idea de un universo finito, que dejará algún día de existir, me sumerge en una nada impensable que me fascina y me horroriza.

Voy de una a otra. No sé.

Imaginemos que el azar no existe y que toda la historia del mundo, hecha bruscamente lógica y comprensible, pudiera resolverse en unas cuantas fórmulas matemáticas. En tal caso, sería necesario creer en Dios, suponer como inevitable la existencia activa de un gran relojero, de un supremo ser organizador.

Pero Dios, que lo puede todo, ¿no habría podido crear por capricho un mundo entregado al azar? No, nos responden los filósofos. El azar no puede ser una creación de Dios, porque es la negación de Dios. Estos dos términos son antinómicos. Se excluyen mutuamente.

Carente de fe (y persuadido de que, como todas las cosas, la fe nace a menudo del azar), no veo cómo salir de este círculo. Por eso es por lo que no entro en él.

La consecuencia que de ello extraigo, para mi propio uso, es muy sencilla: creer y no creer son la misma cosa. Si se me demostrara ahora mismo la luminosa existencia de Dios, ello no cambiaría estrictamente nada en mi comportamiento.

Simón del Desierto

 

Yo no puedo creer que Dios me vigila sin cesar, que se ocupa de mi salud, de mis deseos, de mis errores. No puedo creer, y en cualquier caso no acepto, que pueda castigarme para toda la eternidad. ¿Qué soy yo para él? Nada, una sombra de barro. Mi paso es tan rápido que no deja ninguna huella. Soy un pobre mortal, no cuento ni en el espacio ni en el tiempo. Dios no se ocupa de nosotros. Si existe, es como si no existiese.

Razonamiento que antaño resumí en esta fórmula: «Soy ateo, gracias a Dios.» Fórmula que sólo en apariencia es contradictoria.

Junto al azar, su hermano el misterio. El ateísmo —por lo menos el mío— conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio.

Puesto que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto, ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para todos. Entre los dos misterios, yo he elegido el mío, pues, al menos, preserva mi libertad moral.

Se me dice: ¿Y la Ciencia? ¿No intenta, por otros caminos, reducir el misterio que nos rodea?

Quizá. Pero la Ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas todas que me son preciosas. Un personaje de La Vía Láctea decía: «Mi odio a la Ciencia y mi desprecio a la tecnología me acabarán conduciendo a esta absurda creencia en Dios.» No hay tal. En lo que a mí concierne, es incluso totalmente imposible. Yo he elegido mi lugar, está en el misterio. Sólo me queda respetarlo.

La manía de comprender y, por consiguiente, de empequeñecer, de mediocrizar —toda mi vida, me han atosigado con preguntas imbéciles: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?—, es una de las desdichas de nuestra naturaleza. Si fuéramos capaces de devolver nuestro destino al azar y aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.

El Fantasma de la Libertad

 

En alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total del hombre. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar. A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención. Antaño, lo que yo imaginaba ser mi conciencia me prohibía ciertas imágenes: asesinar a mi hermano, acostarme con mi madre. Me decía: «¡Qué horror!», y rechazaba furiosamente estos pensamientos, desde mucho tiempo atrás malditos.

Sólo hacia los sesenta o sesenta y cinco años de edad comprendí y acepté plenamente la inocencia de la imaginación. Necesité todo ese tiempo para admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí, que en manera alguna se trataba de lo que se llamaba «malos pensamientos», en manera alguna de un pecado, y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera.

La Vía Láctea

 

Desde entonces, lo acepto todo, me digo: «Bueno, me acuesto con mi madre, ¿y qué?», y casi al instante las imágenes del crimen o del incesto huyen de mí, expulsadas por la indiferencia.

La imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la provoca. Durante toda mi vida me he esforzado por aceptar, sin intentar comprenderlas, las imágenes compulsivas que se me presentaban. Por ejemplo, en Sevilla, durante el rodaje de Ese oscuro objeto del deseo, al final de una escena y movido por una súbita inspiración, pedí bruscamente a Fernando Rey que cogiera un voluminoso saco de tramoyista que estaba sobre un banco y marchara con él a la espalda.

Al mismo tiempo, percibía todo lo que de irracional había en este acto y lo temía un poco. Rodé, pues, dos versiones de la escena, con y sin el saco. Al día siguiente, durante la proyección, todo el equipo estaba de acuerdo —y yo también— en que la escena quedaba mejor con el saco. ¿Por qué? Imposible decirlo, so pena de caer en los estereotipos del psicoanálisis o de cualquier otra explicación.

Psiquiatras y analistas de todas clases han escrito mucho sobre mis películas. Se lo agradezco, pero nunca leo sus obras. No me interesa. Yo hablo en otro capítulo del psicoanálisis, terapéutica de clase. Y añado aquí que algunos analistas, desesperados, me han declarado «inanalizable», como si yo perteneciese a otra cultura, a otro tiempo, lo cual es posible, después de todo.

Buñuel y Dalí

 

A mi edad, dejo que hablen. Mi imaginación está siempre presente y me sostendrá en su inocencia inatacable hasta el fin de mis días. Horror a comprender. Felicidad de recibir lo inesperado. Estas antiguas tendencias se han acentuado en el transcurso de los años. Me retiro poco a poco. El año pasado calculé que en seis días, es decir, en 144 horas, no había tenido más que tres horas de conversación con mis amigos. El resto del tiempo, soledad, ensoñación, un vaso de agua o un café, el aperitivo dos veces al día, un recuerdo que me sorprende, una imagen que me visita y, luego, una cosa lleva a la otra, y ya es de noche.

Pido perdón si las páginas que preceden parecen confusas y pesadas. Estas reflexiones forman parte de una vida tanto como los detalles frívolos. No soy filósofo, ya que nunca he poseído capacidad de abstracción. Si algunos espíritus filosóficos, o que creen serlo, sonrieran al leerme, bueno, me alegro de haberles hecho pasar un buen rato. Es un poco como si me encontrase de nuevo en el colegio de los Jesuitas de Zaragoza. El profesor señala con el dedo a un alumno y le dice: «¡Refúteme a Buñuel!» Y es cuestión de dos minutos.

 

Lorca y Buñuel

Sólo espero haberme mostrado suficientemente claro. Un filósofo español, José Gaos, fallecido no hace mucho tiempo, escribía, como todos los filósofos, en una jerga inextricable. A alguien que se lo reprochaba, respondió un día: «¡Me tiene sin cuidado! La Filosofía es para los filósofos.»

A lo cual, yo opondría la frase de André Breton: «Un filósofo a quien yo entienda es un cerdo.» Comparto plenamente su opinión..., aunque a veces me cueste entender lo que dice Breton.