sábado, 15 de marzo de 2025

A la luz del equinoccio

 

A través del cristal
 

Buen título, ¿ah? Provoca leerlo. Al aproximarse el equinoccio, estoy en una situación de la cual no quiero hablar ahora, pero que había predicho hace algún tiempo. Sin entrar en detalles, mi primera reflexión es que LA LEY NO ES LO MISMO QUE LA JUSTICIA. Mucho menos si hay que interpretar la ley para acomodarla al miedo al terrorismo leguleyo, y con el único propósito de proteger tu trasero, como dicen los gringos. Por eso, eludo el tema y prefiero seguir meditando sobre la paradoja del tiempo: o bien no existe, como parece que demuestra el telescopio espacial Webb, o bien es lo único que hay, como parece que dijeron los chinos, la civilización más antigua que ha sobrevivido los milenios. 

Maldito enano

Ya que soy licenciado en filosofía, no puedo decir como Alí Primera "Yo no sé filosofar", ni tampoco como Gualberto Ibarreto, cuya mamá no sabía geometría, pero las arepas le quedaban redonditas. Lo que quiero decir es que no puedo refugiarme en el populismo, como hacen tantos otros. Pero para no ponerme demasiado filosófico, confieso que mi intención es publicar en este blog, que apenas leen (obligados) cuatro gatos (pero esos gatos son un león, un tigre, una pantera y un jaguar); digo que quiero aprovechar este espacio íntimo, este islote solitario en el océano digital para publicar mis últimos trabajos que yo creo que son artísticos, aunque no han recibido todavía la bendición del mundo del arte, y que debido a la repulsión que siento por las redes sociales, se convierte para mí en algo parecido a la isla de Robinson Crusoe (antes de que llegara Viernes). 

Crecieron los enanos

Apoyo la democratización de la fotografía, no me incomoda que todo el mundo sea fotógrafo (y documentalista, y cineasta) utilizando esa máquina diabólica que más que ninguna otra en la historia contribuye al embrutecimiento de la especie humana: el teléfono móvil, que cual navaja suiza, cada vez tiene más funciones. Pronto tendrá incorporado un rayo láser, como predijo la serie Star Trek hace seis décadas. Nadie se imaginaba en los lejanos pero extrañamente cercanos años sesenta (del siglo XX) que se podrían tomar fotos con un teléfono. Creo que ni siquiera el profeta Nikola Tesla se lo imaginó. Como las cámaras profesionales están tan caras (para un "pobresor"), y yo no creo que el equipo sea lo más importante (dependiendo de lo que se necesite, claro), sino la capacidad visionaria del que toma la foto, entonces tomo fotos pretendidamente artísticas con mi Siragon sin el menor complejo. En otros casos, acudo a mi archivo de al menos 30 años de imágenes digitalizadas.

 

Nueve Gracias
No sé si alguna vez podré hacer una exposición de mis fotografías como se hacía antes "tradicionalmente", es decir, copiadas en papel, enmarcadas y colgadas en la sala de un museo o galería. Después de todo, no tengo eso que llaman "trayectoria", siempre he sido una veleta, no estoy definido en ningún área, no soy especialista en nada, no tengo amigos influyentes ni tampoco dólares. Además, mi vanidad es una cosa tan pequeña e insignificante que se puede aplastar más fácilmente que una valiente cucaracha cuya especie ha sobrevivido las grandes extinciones de la historia geológica. Si tuviera mil dólares, podría copiar todas las fotos que quisiera, y enmarcarlas con cañuela, paspartú y vidrio antirreflejo. Y con mil dólares más, alquilo una sala en algún museo o galería. Con 500 más, pago la guarapita, las galletas, el mesonero y el bartender. Pero nada, soy demasiado asocial. 

Delirio fauvista

Con el mundo en plena metamorfosis post-apocalíptica, con tantos sucesos trascendentales ocurriendo a cada rato, mi vanidad perfectamente puede hacerse a un lado. El budismo busca la extinción, la aniquilación del ego, la plenitud del vacío, la anulación del deseo; que ciertamente es la esencia del hombre, pero también la fuente de todo el dolor. Por otro lado, está aquella ardiente paciencia de la que hablaba Rimbaud. La terquedad de mis tendencias artísticas, más allá del deseo de ser reconocido por nadie. Ocasión para una cita poética: "Pero te consagrarás a esa tarea: todas las posibilidades armónicas y arquitecturales se agitarán en torno a tu morada. Seres perfectos, imprevistos, se ofrecerán a tus experiencias. Tu memoria y tus sentidos sólo serán alimento de tu impulso creador. En cuanto al mundo, cuando salgas, ¿en qué se habrá convertido? En todo caso, nada de las apariencias actuales".

Apropiación

 ¿Y qué más? Al fin le dieron el visto bueno a José Gregorio en el Vaticano. Un proceso que empezó cuando quemaron su tumba en el Cementerio General del Sur y ahora lo culmina el papa jesuita en su lecho de enfermo valetudinario. Y los príncipes ensotanados con sus cruces de plata y sus Mercedes Benz toman lo que queda de sus huesos y los cortan en pedacitos para repartirlos como reliquias a las diversas sucursales de la respetabilidad piadosa. 

Icono
Y basta por hoy. En el fondo sólo quería publicar mis últimos trabajos. Sigo sin tener cuenta en Facebook o Instagram. Tal vez es una actitud en la que vale la pena perseverar. En fin, aunque la Vino Tinto no tenga posibilidades de clasificar para el Mundial, al menos tenemos un santo oficial. Y siempre lo preferiré representado con sus manos atrás. Yo creo en la luz y en sus misterios. Cierro con Rimbaud: No me creo embarcado en una boda con Jesucristo como padrino. Que Dios se apiade de mi alma agnóstica.



sábado, 28 de diciembre de 2024

¿Me tirarías tomates si canto desafinado?

Jugueteando con el GIMP - el fotoshop de los pobres

 

Saludos a mis queridos cuatro gatos lectores. Ya no me siento culpable por no escribir con frecuencia. Cada vez más creo que el diálogo (cuando tengo con quién dialogar) es más importante que escribir cosas que a fin de cuentas casi nadie va a leer; y una vez más apelo a los grandes maestros de la humanidad que deliberadamente nunca escribieron nada: Buda, Pitágoras, Sócrates, Jesús…


Mientras siguen sonando los primeros tiros de la tan esperada Tercera Guerra Mundial (y recordemos que, al empezar la Segunda, los que terminaron perdiendo empezaron ganando todas las primeras batallas y parecían invencibles); mientras el telescopio espacial Webb vuelve a poner de moda la idea de que el tiempo no existe, a pesar de las canas y las arrugas con que nos adorna y que tenemos un pie en la tumba y otro (como decimos en Venezuela) en una concha de cambur, vuelvo a golpear el teclado con mis torpes dedos para reseñar un par de tópicos sugeridos por la única red social que realmente frecuento (YouTube).


Empecemos por un larguísimo documental (de cuatro horas y pico de duración) contenido en el website llamado La Biblia de los Beatles (cuyo subtítulo es “no tan popular como Jesucristo” en referencia a la famosa boutade de John Lennon que llevó a los fundamentalistas sureños -de los Estados Confederados de América- a quemar pilas de discos y parafernalia de la beatlemanía) donde se rememoran con obsesivo lujo de detalles las interminables sesiones de grabación del histórico y quizás sobreestimado álbum conceptual Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

Beatlemania

El mundo en ese momento (1966-67) era un club de corazones solitarios esperando que apareciera la gran catarsis orgásmica de la contracultura… Como se sabe, los Beatles estaban hartos de la rutina de las giras mundiales que, aunque produjeran toneladas de libras esterlinas, eran una verdadera ladilla turca y (como dicen los gringos) a pain in the ass. Sobre todo, los músicos que ellos eran, que ya habían dejado oír algunas obras memorables, y que tanta gente alababa como los nuevos genios del siglo, tenían que subirse a los mayores escenarios del mundo para comprobar que los gritos histéricos de sus patéticos fans no dejaban que ni siquiera ellos mismos escucharan su propia música. Entonces decidieron encerrarse en el estudio y producir nueva música con la libertad que los incontables millones que ya habían ganado les otorgaba. Ya podían darse el lujo de burlarse de las exigencias de las disqueras…


Pero la cosa no era tan simple. Una de las sorpresas que uno se lleva al ver este documental es que entre las primeras canciones que se grabaron en estas sesiones de los nuevos Beatles están nada menos y nada más que Strawberry Fields Forever (que en el fondo consiste en los balbuceos de un tipo que se ha fumado un cacho y ha seguido las recetas psicodélicas de Timothy Leary y que en el fondo no dice nada pero lo hace en medio de una música onírico-alucinógena como no se había oído nunca antes) y Penny Lane (que muestra como un músico aficionado como Paul McCartney puede llevar la  melodía, armonía y ritmo a alturas insospechadas, con una pequeña ayuda de un amigo como George Martin). ¿Se imaginan que esas dos obras maestras se hubieran incluido en el repertorio del Sargento Pimienta?


Pero el manager Brian Epstein y el productor George Martin fueron presionados por las disqueras para sacar un single “con dos caras A” para mantener la posición de los Beatles en el insaciable mercado… No resisto la tentación de contar otra pequeña anécdota: después de que las canciones de los Beatles llevaban años alcanzando los primeros lugares en el hit parade mundial, este super-single fue superado nada menos y nada más que por Release Me, cantada por ese anticipador de Julio Iglesias con un nombre tan enredado e impronunciable como Engelbert Humperdink… Please, release me, let me go… Una canción mítica que canté hace unos años a dúo con un profesor de música que estaba aprendiendo a cantar en inglés…. Porque entre los 60 y los 70 las canciones en inglés lo dominaban todo. Era la Edad de Oro de la anglofonía y todo el mundo quería cantar en la lengua de la Pérfida Albión… En plena Guerra Fría, la beatlemanía, sustituida luego por el hippismo y el arte psicodélico, fueron sin duda poderosos torpedos contra la ideología comunista y abrieron boquetes enormes en el acorazado de la URSS… Aunque Lennon siempre pasó por izquierdista, McCartney siempre actuó como un burgués satisfecho que sólo se divertía con la música. Recordemos que 1967 fue el año en que mataron a otro melenudo, el Che Guevara.


Siguiendo con el Sargento Pimienta, otra de las primeras canciones que se grabaron entonces en el célebre estudio de Abbey Road fue ese extraño pasticho existencialista y vanguardista titulado A Day in the Life. Son al menos tres ideas musicales intercaladas: la canción de Lennon sobre el hombre afortunado que se pasó el semáforo y quedó vuelto ñoña, el misterioso, inesperado y desconcertante crescendo interpretado por músicos sinfónicos que te llena de angustia existencial para luego aterrizar en una segunda canción donde McCartney se levanta, se peina, alcanza el autobús en fracciones de segundo y entra en un sueño, seguido del desgarrador lamento de Lennon que te lleva de nuevo a la canción original, donde se cuentan los hoyos necesarios para llenar el Albert Hall para luego volver al crescendo atonal y concluir con un acorde de piano que no termina nunca… Un digno final para la beatlemanía y una de las piezas que pasarán por la puerta grande en la historia de la música universal.


Y si quieren saber más, cálense las cuatro horas del documental, si es que saben inglés. Porque, para empezar a hablar de mí mismo (un muchacho pueblerino medio autista que no sabía nada de arte ni de música, cuyas primeras verdaderas lecciones de inglés fueron las letras del Sargento Pimienta, impresas en la -también famosa- carátula del álbum), terminé convertido en una mala imitación de un hippie de los años 70… Los Beatles fueron el primer fenómeno artístico que marcó mi vida. Aquél fue el primer disco que compré, me costó 14 bolívares. Y me introdujo en la efímera utopía pseudo-revolucionaria que acabó con la revolución; aunque llegué tarde, cuando ya no había Beatles. Desde entonces mi vida nunca fue la misma: si bien fracasé miserablemente como músico, por lo menos aprendí inglés. Por cierto, sigo pensando que el Sargento no es la obra cumbre de los melenudos de Liverpool. Ese lugar lo ocupa en mi panteón personal el mucho menos glamoroso Álbum Blanco que vino al año siguiente,1968, el año en que los revolucionarios mataron a la revolución.


Ya es hora de pasar al otro tema que me interesa presentar a mis inestimables cuatro gatos lectores. Recientemente asistí a un conversatorio con el reconocido documentalista Carlos Bolívar Díaz, quien presentó un excelente trabajo sobre el escultor venezolano y héroe de todos los que conocen su obra, el gran Alejandro Colina. Para decirlo de una vez, es el creador de la imagen arquetípica de María Lionza, la misma que ha protagonizado algunos episodios polémicos en los últimos años. Yo concuerdo con los que dicen que es la escultura más importante y representativa en la historia del arte venezolano. Los italianos tienen el David de Miguel Ángel, los franceses el Pensador de Rodin, y nosotros tenemos la María Lionza de Colina.[1]


La vida de Colina fue dura y llena de amargos contratiempos, como suele ser la vida de los artistas que no nacen en cuna de oro. Tuvo el buen sentido de aprender otros oficios aparte del artístico. Se hizo mecánico y marino mercante, lo que le permitió viajar por todo el país y conocer de primera mano a sus pueblos aborígenes, que fueron siempre el mayor interés de su vida y su arte. A diferencia del estereotipo del artista venezolano, nunca salió del país buscando el reconocimiento de sus compatriotas a su retorno como el hijo pródigo. Siempre fue un genuino nacionalista.


Sus relaciones con el poder siempre fueron difíciles. Aunque llegó a convencer a Juan Vicente Gómez para que lo apoyara en su proyecto del Parque Aborigen, el asunto terminó mal: nunca le pagaron los honorarios prometidos, y cuando le encomendaron levantar la estatua monumental en San Juan de los Morros, se enfrentó a las autoridades que rechazaron su propuesta original. Todo esto lo llevó a una intensa frustración, que quiso ahogar en el alcohol. En un episodio confuso, fue detenido en medio de una protesta contra el gobierno y encerrado en la prisión del castillo de Puerto Cabello. De ahí salió años después, en condiciones tan deplorables que terminó siendo internado en el manicomio de Caracas.


Este Parque Aborigen es una obra realmente genial, pero muy poco conocida, pues se encuentra en una zona militar a orillas del lago de Valencia, donde el público tiene negado el acceso. Es un trabajo altamente imaginativo, construido en las inmediaciones de un área donde se habían hecho importantes descubrimientos arqueológicos del pueblo de los Tacariguas. Algunos critican la estética de Colina, señalando que sus motivos indigenistas no son auténticos, porque incorporan elementos como pirámides y calendarios que no se corresponden con las creaciones mucho más modestas de nuestros aborígenes venezolanos. Yo en cambio opino que el arte debe dejar abiertas todas las puertas a la fantasía. Su propósito es más despertar el asombro y exaltar el misterio que dar lecciones de antropología. No creo, como decía Rimbaud, en un arte con intenciones didácticas. Además, nuestro arte debe ser híbrido y mestizo, como somos nosotros.


El arte de Colina es monumental. Su fuerza creadora se adapta mejor a los espacios abiertos. Definitivamente no está hecho para las galerías. Es interesante el criterio estético que manejó desde sus primeros trabajos, según el cual la pintura y la escultura, que son hijas de la arquitectura, deberían de ser sus sirvientas. Pintores y escultores son en el fondo ayudantes de los arquitectos. Tal es la tarea que les asignaron los clásicos. La autonomía de la pintura y la escultura es una aberración del Renacimiento. El cuadro sólo debe ser empotrado en la pared, sin marco, o pintado directamente sobre ella, como los murales. Para Colina, el cuadro colgado, el gran fetiche que reina en los museos, es rotundamente inadmisible. Y la estatuaria al aire libre ha de ser ante todo arquitectónica, en armonía con el ambiente natural o artificial que la rodea.


Como todo artista genial, Colina tiene una obra que nunca pudo realizar y que fue la gran frustración de su vida. Se trata del monumento a Bolívar de 20 metros de alto que siempre soñó que debía colocarse en la cima del Ávila o Waraira Repano, de modo que se viera a diez kilómetros de distancia desde la tierra y a doce millas náuticas desde el mar. La última oportunidad que tuvo de realizar este sueño titánico fue cuando se construyeron las obras del teleférico y el hotel Humboldt. Pero nunca consiguió el apoyo del poder, que siempre vio a Colina como un rebelde incómodo y exasperante. Esta última frustración le valió otra temporada en el manicomio.


Sólo me queda recomendar los documentales de Carlos Bolívar Díaz y el estupendo libro de Aminta Díaz (que es la mamá del cineasta) para conocer mejor la vida y pensamiento de nuestro Alejandro Colina, artista rebelde y orgulloso, rechazado por la academia, pero aceptado por su pueblo, que reconoce por ejemplo el poder majestuoso del Indio Tiuna, aunque no sepa quién lo esculpió. Feliz día de los inocentes y mucha suerte en el año 2025, que promete ser más turbulento que un tsunami.




[1] En la UCV armaron una alharaca cuando se llevaron la María Lionza original restaurada para Sorte. Pero en realidad, los académicos ucevistas nunca la quisieron. Nadie se atreve a decirlo, pero su estética ruda e indigenista no pegaba con el abstraccionismo europeizante que imperaba en la ciudad universitaria. Villanueva nunca la aceptó como parte de la Fusión de las Artes. Al final la sacaron del puente de los estadios a la autopista para que los brujos no ensuciaran el recinto académico. María Lionza siempre fue un bachiller sin cupo. Ahora, en Sorte, al menos le hacen el Baile en Candela.

martes, 11 de junio de 2024

El gusano y su agujero

 Saludos a mis fieles cuatro gatos lectores. Este material supuestamente va a ser publicado en otra parte, pero como tengo demasiado tiempo sin subir nada al blog, lo voy a poner o "postear", como  dicen ahora. Por favor, no le  digan a nadie que lo leyeron aquí.

RESEÑAS ENTRELAZADAS – PEDRO LEONARDO GONZÁLEZ

1.      UNIVERSOS PARALELOS

Hay otros mundos, pero están en éste.

Paul Éluard

Siempre me he inclinado a pensar que el mundo no tiene principio ni fin, que siempre estuvo, está y estará ahí. Infinito y eterno. Para confirmar mis elucubraciones, últimamente me reencontré con la metafísica de Spinoza: Dios es una ser absolutamente infinito, una sustancia con infinitos atributos. Todo es Dios y todo es en Dios. Dios es lo único que hay, y por lo tanto es idéntico a la naturaleza. El mundo es una emanación (necesaria, no voluntaria, porque Dios es libre de la voluntad) de esa única sustancia. De aquí se sigue que no hay creador ni creación: Dios es la suma total del infinito universo natural que existe eternamente por inmanencia. Y para mí, eternamente significa sin principio ni fin.


Con estas ideas rondando por mi mente, me tropecé en la (insidiosa pero siempre interesante) página de BBC Mundo con una reseña del último libro de Michio Kaku, físico teórico estadounidense de origen japonés, especialista en teoría de cuerdas, además de futurólogo, divulgador científico y personalidad mediática. El encabezado de esta entrevista-reseña me llamó inmediatamente la atención: “Pensamos que la inteligencia es saber cosas, pero la esencia de la inteligencia es ver el futuro”. Kaku le dice al periodista que, frente al cerebro reptiliano, que gobierna los instintos más básicos, y al cerebro primate, que maneja la socialización y las jerarquías, está el córtex prefrontal, que es una máquina del tiempo, capaz de ver el futuro y producir simulaciones que prefiguran el mañana. El nuevo libro de Kaku trata de la computación cuántica, la cual promete dejar atrás las limitaciones del modelo digital, que sólo permite elegir entre dos opciones, simbolizadas por el cero y el uno. El modelo cuántico es no-binario, capaz de manejar simultáneamente múltiples posibilidades, más allá de las aparentes contradicciones, porque su ámbito es el interior de los átomos, donde las leyes del macrocosmos pierden vigencia y básicamente nada es imposible.

Michio Kaku

Seducido por las posibilidades filosóficas que se abrían ante mí, bajé de internet uno de los libros de Kaku: Universos Paralelos. En el primer capítulo, me encontré con esta cita de Chesterton que inmediatamente me atrapó: ‘El poeta sólo pide meter la cabeza en el cielo. Es el lógico el que intenta meter el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que estalla’. No está mal para empezar. Tenía que seguir leyendo. Claro que quería meter la cabeza en el cielo.


Kaku, nacido en EE.UU. pero con antepasados japoneses enraizados en las tradiciones budistas, relata que en su infancia se encontró dividido entre dos nociones cosmogónicas contradictorias: mientras que los budistas no reconocen la existencia de un Dios creador, las historias de la Biblia, que le parecían más vívidas y emocionantes, presentan un relato muy dramático sobre la creación del mundo. Despertada su curiosidad, descubrió que hay dos tradiciones contrapuestas en las mitologías religiosas del mundo:  una que proponía un momento único en que Dios creó el universo a partir de la nada, y otra en la que el universo siempre existió y existirá.


La ciencia física, a la que Kaku se dedicó desde muy joven, apoyada en la interpretación de hechos confirmados por una panoplia de poderosos instrumentos, nos ofrece una síntesis de ambas visiones cosmológicas. Quizás el Génesis ocurre repetidamente en el océano intemporal del Nirvana. Nuevos universos se forman como burbujas en agua hirviendo en el multiverso de un Nirvana de once dimensiones. En este océano eterno se producen constantemente cataclismos abrasadores que ahora llamamos big-bangs, creando innumerables mundos paralelos con sus propias leyes y ciclos vitales. Y tal vez, cuando nuestro propio universo envejezca y esté por morir, nos veamos obligados a migrar a otro universo donde proseguir nuestras incansables especulaciones.


Universos Paralelos
es una obra de divulgación científica que nos muestra cómo los pioneros de la física iniciaron con lápiz y papel, tiza y pizarrón, un cuerpo de teorías aparentemente abstractas que llevaron al desarrollo de las armas nucleares, demostrando a los regentes del mundo el terrible poder encerrado en las interioridades de la materia. Del pizarrón se pasó a ciclotrones y aceleradores de partículas de enormes dimensiones, que requieren de inversiones multimillonarias que sólo las naciones más ricas pueden costearse.

Niels Bohr y Albert Einstein

En esta historia participan centenares de personajes de lo más variados, desde Galileo hasta Stephen Hawking. Pero desde luego, los grandes protagonistas son Einstein, que revolucionó la visión del universo de Newton, y Niels Bohr, que le demostró al mismísimo Einstein que, si a Dios le daba la gana, podía jugar a los dados con el universo. La teoría cuántica, completamente desconcertante en sus postulados, pero también completamente sólida y consistente como teoría, ya está abriendo la posibilidad de nuevas tecnologías que prometen cambiar el mundo tan profundamente como lo cambiaron gigantes como Galileo, Newton y Einstein. El gran quebradero de cabeza de los físicos es hallar una teoría unificada que finalmente conjugue el universo de Einstein con el de Niels Bohr. Justamente nuestro autor Michio Kaku es uno de los que trabajan con mayor ahínco en esta empresa.


En el universo cuántico, regido por el principio de incertidumbre de Heisenberg, todo es posible. Incluso cosas aparentemente tan estrambóticas como el viaje en el tiempo o a través de universos paralelos son perfectamente concebibles. Fenómenos que desafían la imaginación como los agujeros negros y los agujeros de gusano (definidos como pasadizos espaciotemporales entre dos universos) han sido identificados instrumentalmente. Una civilización de tipo III, capaz de utilizar la energía de las galaxias, podría crear su propio agujero negro para escapar de su universo cuando éste esté a punto de morir. Nuestra civilización ni siquiera llega actualmente al tipo I, se estima que está a un nivel 0,7. Para llegar al tipo I, tendríamos que controlar plenamente la energía de nuestro propio planeta. Las de tipo II tienen poder sobre su estrella madre.


Para concluir, quisiera hacer mención de la llamada Paradoja del Abuelo, que involucra los viajes en el tiempo. Si uno viaja al pasado y asesina a sus propios padres, entonces la propia existencia del viajero en el tiempo sería imposible. Una de las posibles soluciones a esta paradoja sería la siguiente: como el viajero en el tiempo ya existe, al asesinar a sus padres estaría creando un universo paralelo. Digamos que alguien viaja al pasado y asesina al padre de Hitler antes de que éste fuera concebido. Eso no destruiría el universo donde Hitler ya existió e hizo lo que hizo. Pero el acto daría lugar a un nuevo universo donde la existencia de Hitler sería imposible. Los universos paralelos podrían compararse con infinitas capas que conforman una cebolla colosal que sería el multiverso. Como diría Spinoza, un ser infinito que considerase todo sub specie aeternitatis sería tan omnisciente que todas estas realidades tan alejadas del sentido común no le causarían el menor asombro.

2.      UNA PIEDRA QUE RUEDA NO JUNTA MUSGO

Como a través de un agujero de gusano, numerosos videos de YouTube nos permiten ver a los Rolling Stones desde sus inicios, con Mick Jagger sacudiendo sus maracas y cantando Not Fade Away en 1964, al lado de un Brian Jones soplando su armónica y luciendo su impresionante tumusa rubia; hasta los octogenarios sobrevivientes de aquella era en su gerontológica gira de 2024, interpretando una electrizante versión de Miss You (un tema de 1978) seguida por una recreación del clásico Gimme Shelter (de 1969). Alguna vez, hace 60 años, el rock ‘n’ roll fue la música emblemática de la brecha generacional, pero el tiempo se paralizó y simultáneamente siguió transcurriendo, y ahora vemos a Jagger con más arrugas que el retrato de Dorian Gray, y a Keith Richards y Ron Wood como dos abuelos venerables sacudiendo las caderas como si nada.

 


En YouTube también abundan los videos nostálgicos que quieren reivindicar a Brian Jones como el héroe olvidado de un paraíso perdido y víctima de las intrigas de Jagger y Richards para eliminar al “verdadero” genio del grupo. Ciertamente Jones fue uno de los fundadores y, por su famosa cabellera rubia, quizás la figura más llamativa en los inicios de la banda. Luego se destacó por su versatilidad instrumental, añadiendo texturas inesperadas con el uso del sitar, la marimba, el dulcémele, el melotrón, el arpa o la flauta dulce. Pero ya a finales de 1967, era obvio que las drogas y sus propias tendencias autodestructivas le habían pasado una factura impagable.

 


Otro video de YouTube pretende decidir cuál es el mejor álbum en la historia del rock (que naturalmente sería de los Stones). Esas comparaciones siempre son odiosas, pero la nostalgia y el paso del tiempo de algún modo las justifican. Según este video en particular, el mejor álbum de todos los tiempos sería Exile on Main Street, de 1972, el único álbum doble que yo sepa que hicieron los Stones. Sin duda es muy bueno, y me gusta mucho, pero decir que es el mejor de la historia puede ser un tanto exagerado.

 


Bueno, yo opino que se puede hablar del mejor álbum sólo en el sentido del que más te gusta. A mí personalmente el que más me gusta es Beggars’ Banquet, el Banquete de los Mendigos, por varias razones. Recapitulemos: es el año 1968. El año en que la moda de la Revolución había sustituido a la moda de la Psicodelia. Lucy in the Sky with Diamonds quedaba atrás, ahora John Lennon cantaba Revolution. En el 67, los Beatles habían sacado su Sargento Pimienta y marcado el fin de una era. En ese momento, los Stones todavía apenas podían aspirar a ser los segundones. Su respuesta al Sargento Pimienta fue uno de sus álbumes más decepcionantes, el de las Majestades Satánicas (ya el sólo nombre es bastante ridículo… siempre en mi opinión). Al año siguiente, los Beatles sacan su famoso álbum blanco, que, para mí, es su mejor obra. Los Stones sacaron también su álbum blanco, pero ligeramente diferente.

 


No era minimalísticamente blanco como el de los Beatles: tenía el título escrito en lo que antes llamábamos “letra de carta”. La historia es que originalmente la carátula iba a ser una fotografía de un baño todo sucio con grafitis. La disquera se opuso a esa excentricidad. Pero lo mejor que hay en ese álbum es, desde luego, Sympathy for the Devil, una de las grandes creaciones no sólo de los Stones, sino de esa era tan prolífica en la producción de música influyente, inolvidable, histórica.

 

Brian Jones con Jean Luc Godard

Es muy interesante recordar que las interminables sesiones de grabación de esta canción fueron filmadas nada menos y nada más que por Jean Luc Godard, la vedette de la nouvelle vague, la “nueva ola” del cine vanguardista francés. La filmación aparece en la película que se llamó One plus one, aunque ahora todos la llaman Simpatía por el Diablo. Es un verdadero documento que nos permite percibir los diferentes cambios a que se sometió la pieza antes de alcanzar su magistral versión definitiva. Empezó como una especie de gospel al estilo Bob Dylan y terminó siendo una mezcla casi new age de samba con ritmos africanos guiados por las congas. Keith Richards toca el bajo, uno de los grandes aciertos del tema, junto con el desgarrador solo de guitarra. Además, en el film podemos ver cómo se hizo el famoso coro infernal al final de la canción. Realmente memorable. Trasciende el mero género del rock ‘n’ roll.

 


Por cierto, el resto de la película de Godard, vista hoy en día, es insoportable. La estética que estaba de moda entonces, que oscila entre panfleto maoísta auto-paródico y jueguitos burgueses pseudo-surrealistas, nos pone a bostezar hoy día. Aunque el registro de la metamorfosis de la canción la convierte en un documento invalorable.

El coro infernal: ju-juuu

 

Por otra parte, la filmación también revela la decadencia definitiva de Brian Jones, que aparece totalmente relegado en la sesión, blandiendo una guitarra que nunca se oye. Al final creo que le dieron crédito por tocar las maracas. Poco después sería oficialmente despedido del grupo y aparecería muerto en la piscina de su mansión.

 

Taylor, Wood y Richards viajan por el  tiempo

Jones fue sustituido por Mick Taylor, virtuoso guitarrista con cara de bebé. Pero no duró mucho tiempo: los Stones dejaban atrás la experimentación musical y el jipismo para entrar en una era de consumismo hedonista e hipercapitalista. Ronnie Wood, con su cara de malandro libertino y su nariz de ave de presa, se adaptaba mucho mejor a esa nueva onda. Por eso todavía sigue ahí.

 


En el lado del agujero de gusano correspondiente a los años sesenta, era inconcebible un grupo de rock formado por octogenarios. Pero del lado del siglo XXI, la arqueología musical se despliega ante la nostalgia de las generaciones añejas y la curiosidad de los jóvenes por ver unos viejitos dándole duro a esa cosa primitiva y vetusta que llaman rockanrrol.

 

3.      SE MURIÓ PAUL AUSTER

Hace como un mes estaba en una tasca compartiendo unas cervezas con unas amigas. Una de ellas presume de gran lectora y le encanta sacar a relucir sus últimos descubrimientos literarios. Entonces, a su manera un poco apabullante, empezó a hablar de Paul Auster y de sus maravillosos cuentos y novelas. Incluso se había leído su obra 4, 3, 2, 1, un libro de 800 páginas, que se apartaba radicalmente del usual estilo conciso y más bien lacónico de este autor, y que a ella le había parecido fascinante. En ese momento, yo la interrumpí (siempre he sido un aguafiestas) y le dije algo que ella no sabía: Paul Auster acababa de morir.

 


A diferencia de mi amiga, creo que no he leído realmente nada de este gran escritor niuyorquino, pero lo conozco y admiro desde que vi una hermosísima película estrenada en 1995 llamada Smoke, o sea, “Humo” (o tal vez, “Fumar”). También le llevo una ventaja a mi amiga en otra área: todos los días leo el portal BBC Mundo, quizás el mayor vocero del imperialismo británico en lengua española, pero también una excelente fuente de noticias, reportajes y campañas mediáticas. Es bueno leerlo para estar al tanto de las últimas intrigas del imperio anglo-sionista. Pero también trae muchas otras cosas que valen la pena, para ser justos. Fue ahí que me enteré de la muerte de Auster.

 


Mi amiga quedó sorprendidísima y no podía creer la noticia. Yo le dije la verdad, que nunca había leído a Auster, pero le recomendé la película, la cual seguramente vio esa misma noche. Debe haberla disfrutado intensamente. Porque es una verdadera joya. Para empezar, el papel del escritor Paul Auster, que en la película se llama Paul Benjamin, lo interpreta uno de mis actores favoritos, el también fallecido William Hurt. Los muertos como él seguramente habitan numerosos agujeros de gusano donde vuelven a vivir y nunca mueren del todo. Como si fuera poco, el segundo rol protagónico del film está a cargo de otro excelentísimo actor, Harvey Keitel.

Keitel y Hurt

 

No quiero hacer de spoiler narrando el argumento de la película: prefiero recomendarla. Se encuentra, claro está, en YouTube. Yo la vi doblada al español. Se trata de las interacciones de varios personajes y sus historias, totalmente conmovedoras en su cotidianidad. La acción transcurre alrededor de una tienda de artículos de tabaco. No es precisamente un estanco o kiosco callejero, es más como La Casa del Fumador, pero sin pretensiones de lujo. Lo que sí es un lujo son los actores. Me faltaba mencionar otro, igualmente estupendo: Forrest Whitaker.

 


Aunque el director de la película es Wayne Wang, se siente la mano de Paul Auster en los maravillosos y agudos diálogos, que perfilan y dan vida e individualidad a los personajes. Todo el tiempo hay una triste serenidad cruzada por momentos de humor y de profunda tristeza poética, con el fondo urbano siempre presente de Brooklyn.

 


En particular, el final de la película es quizás lo mejor de ella. Es una historia aparte, en sí misma, que primero es narrada por el personaje de Keitel y luego recreada cinematográficamente. Es conmovedora, pero sin caer jamás en el sentimentalismo facilón. De hecho, yo diría que todo el tiempo hay un sereno contrapunteo entre el cinismo urbano deshumanizador y la simple y común compasión, la amistad, el perdón y todo lo que podríamos llamar “la bondad”.

 


Cuando logre vencer mi pereza, voy a bajar de internet algunas obras de Auster. Me siento endeudado con él.