miércoles, 12 de abril de 2017

La historia es un sueño donde nos sueñan

Mucho tiempo sin escribir... ya me tocaba... bueno, ésta es mi propuesta para las jornadas de investigación de UNEARTE... Ahí va.



REMEMORANDO DOS FRAGMENTOS DE HISTORIA FABULADA
DE FRANCISCO HERRERA LUQUE
Pedro Leonardo González / UNEARTE
INTRODUCCIÓN
El académico convencional siempre verá la “historia fabulada” propuesta por Francisco Herrera Luque como lo opuesto a lo que un “investigador serio” debe hacer. Este autor, emparentado con los mismos Amos del Valle sobre los cuales escribe (y que, comparados con los grandes de Europa, le parecen unos “campesinos endomingados, sin blanca… anticuados, rezagados y pueblerinos”), resulta ciertamente incómodo para mucha gente: los historiadores lo descalifican como un propalador de inexactitudes que prefiere la fábula y la imaginación a la metodología y epistemología profesionales. Los literatos, por su parte, no aprecian su estilo, que es deliberadamente coloquial, desprovisto de preciosismos y, con frecuencia, cercano a la chismografía más soez. Los izquierdistas lo aborrecen por alabar a Rómulo Betancourt, pero los adecos piensan que es demasiado “fantasioso”. A pesar de estos rechazos, sus libros gozaron en su momento de gran popularidad, y eso en un país donde no abundan los best-sellers. Boves el Urogallo ha sido un notable suceso editorial desde su publicación en 1972; de hecho, según Roberto Lovera De-Sola, es la novela venezolana que ha tenido más reimpresiones, sólo superada por la mismísima Doña Bárbara. Como sucede con los grandes éxitos de la industria norteamericana, la novela fue adaptada para la televisión (por José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud en 1975), y muchos años después sirvió de argumento para una película que no tuvo ni remotamente el éxito ni la trascendencia de la historia original.
Debo admitir, parafraseando a Ludovico Silva, que no soy ni herrerista ni herrerólogo, en todo caso quizás “herreriano”. Con esto quiero decir que, si bien admiro su trabajo, no soy ni un discípulo incondicional ni lo creo miembro excelso de ningún Parnaso o Panteón de luminarias (lo que me haría un “herrerista”); así como tampoco presumo de ser un profundo conocedor de sus dieciséis libros publicados (nunca he leído por ejemplo cosas como Los viajeros de Indias o La luna de Fausto, aunque lo haría con gusto si tuviera la oportunidad), como correspondería a un “herrerólogo”. Pero he encontrado en sus libros ideas valiosas, momentos de ingenio e ironía que me han proporcionado mucho placer. Y siendo como soy “un lector hedonista” (como decía Jorge Luis Borges), incapaz de dedicar mi atención a nada que me resulte fastidioso, quisiera comentar dos productos de la imaginación de Herrera Luque, dos excelentes ideas, en mi modesta opinión, que quizás no han recibido demasiada atención últimamente y me parecen dignos de ser recordados.
LOS CUATRO REYES DE LA BARAJA (1991)
Este primer libro póstumo de Herrera Luque es una novela histórica sobre Antonio Guzmán Blanco (1829-1899), el Ilustre Americano que fue tres veces presidente de Venezuela, famoso por hacer levantar estatuas de sí mismo – el Manganzón y el Saludante – sólo para que se las derribaran cuando se opacó su estrella; el afrancesado admirador de Napoleón III (alias El Pequeño) y de las emperatrices Eugenia de Francia y Carlota de México que quiso crear un pequeño París tropical en una Caracas empobrecida por largos años de guerras civiles; el masón grado 33 que persiguió y despojó a la iglesia católica venezolana de muchas de sus propiedades pero que en su exilio dorado en su amada Lutecia se hacía acompañar por un abate un tanto volteriano.
Al adoptar el punto de vista de Guzmán Blanco, que fue el gran triunfador de la Guerra Federal, el libro disminuye entre otras la figura de Ezequiel Zamora, a quien se le dedican epítetos como “ese pulpero de Villa de Cura” y otros por el estilo. La reciente reivindicación de Zamora contradice la opinión (en su mayor parte políticamente condicionada) de historiadores como Guillermo Morón o Manuel Caballero, que lo encasillan como un simple bandolero, matón e incendiario, incluso esclavista y usurero, indigno de su sitio en el Panteón Nacional (donde ni siquiera reposan sus auténticos restos). Aunque el libro de Herrera Luque no presenta a Zamora bajo una luz demasiado favorable, al menos reconoce sus méritos guerreros, y menciona y revive las sospechas que cayeron sobre Guzmán Blanco a raíz del asesinato del General del Pueblo Soberano en su momento de mayor prestigio (después de la batalla de Santa Inés), bajo el argumento de cui bono. Una sospecha semejante amparada en el mismo argumento también pende sobre Pérez Jiménez en el caso del asesinato de Delgado Chalbaud.
Pero lo que encuentro realmente interesante en este libro es la formulación del mito, alegoría o metáfora de los Cuatro Reyes de la Baraja para señalar a los cuatro personajes más destacados e influyentes dentro de lo que tradicionalmente se ha denominado la Historia Republicana de Venezuela, y más recientemente la Cuarta República. Porque si bien nadie la proclamó nunca explícitamente, la Cuarta República (término que surgió a raíz de la propuesta de Hugo Chávez de fundación de la República Bolivariana) no está limitada como muchos parecen creer al período 1958-1998, sino que se habría iniciado en 1830 con la separación de Venezuela de la Gran Colombia (y la subsiguiente expulsión del Libertador Simón Bolívar del territorio de la nueva república) bajo la influencia de José Antonio Páez, el primer rey de la baraja, el Rey de Espadas, el gran Centauro de los Llanos; también llamado el León de Payara en su momento de mayor esplendor, y Rey de los Araguatos en su decadencia; el heredero del Taita Boves que logró que los llaneros que destruyeron la Segunda República se pasaran al bando de la Independencia, para que aquella terrible contienda dejara de ser una guerra civil y se pudiera empezar a ganarla.
Cada nuevo rey de la baraja surge de la lucha con el anterior, y así Guzmán Blanco, el Rey de Copas (por su refinamiento afrancesado), surge como sustituto de Páez después del ocaso definitivo de éste al concluir la Guerra Federal. Herrera Luque se permite como siempre fantasear, y nos muestra al padre de Guzmán Blanco, Antonio Leocadio Guzmán, figura tragicómica y encarnación de la demagogia, el oportunismo y la intriga (el hombre que traicionó a todos los que había servido, desde Bolívar hasta Monagas), haciendo antesala ante un Páez que lo desprecia y lo llama “el padre de la mentira”. Al ver a su hijo Antoñito, el Centauro le dice que, ya que su padre es el rey de la mentira, él debe ser la mentira en persona. Este episodio tal vez nunca ocurrió, pero lo aceptamos como plausible y significativo.
Del mismo modo Herrera Luque presenta un encuentro imaginario entre Guzmán Blanco y el tercer rey de la baraja, el futuro Benemérito Juan Vicente Gómez, el Rey de Bastos (por sus rústicos modales). Supuestamente un joven Gómez se encuentra a un hombre blanco, alto y delgado con arreos de militar y ademanes de jefe, que lleva una cinta amarilla en el sombrero de cogollo. Es desde luego Guzmán Blanco, que tras conversar con él le predice enigmáticamente que llegará a ser el nuevo mandamás, el nuevo macho alfa y hegemón de Venezuela. En efecto, tras darle la maquiavélica puñalada por la espalda a su jefe y compadre Cipriano Castro – otra figura reivindicada en tiempos recientes luego de haber sido caricaturizado como sátiro beodo y lujurioso – Gómez terminaría de sepultar al llamado liberalismo amarillo (cuya máximo representante había sido Guzmán Blanco) y consolidaría una nueva etapa de la historia venezolana, la de los andinos en el poder.
En las primeras páginas del libro ya aparece la figura del cuarto rey, el Rey de Oros, como un joven de gafas redondas y boina azul entrando con las manos esposadas al cuartel del Cuño, arrestado por acaudillar la revuelta estudiantil contra “el sátrapa del Caribe, el más grande y carnicero déspota nacido jamás en la patria de Bolívar”. Sólo le falta la pipa para que sea iconográficamente reconocible: nada menos que Rómulo Betancourt, iniciándose como líder político en las luchas contra el gomecismo. Su destino es profetizado por el mismísimo Bagre: “…al igual que yo, no dejará de echar vainas hasta más allá de la muerte. Usted tiene por delante, compadre, al cuarto y último rey de la baraja…”
Los cuatro reyes de la baraja cubren con su influencia todo el período desde 1830 hasta 1998. Otros personajes como José Tadeo Monagas, que aspiró a ser el segundo rey, no lograron la misma trascendencia histórica que Guzmán Blanco. Lo mismo puede decirse de Marcos Pérez Jiménez, que si bien logró desplazar temporalmente a Betancourt luego del golpe del 24 de noviembre de 1948, apenas logró extender por una década más el predominio de los militares andinos que había iniciado Gómez, siendo superado a la larga por Betancourt, el cual logró imponer el sistema de democracia representativa que, a través del Pacto de Punto Fijo, se mantuvo vigente durante 40 años. Independientemente de los juicios que se puedan hacer sobre cualquiera de los cuatro reyes, su predominio histórico y la extensión de su influencia son indiscutibles. Sus figuras permiten dividir anecdótica y didácticamente la Cuarta República en cuatro períodos bien diferenciados.
1998 (PUBLICADO EN 1992)
Cuando George Orwell publicó 1984 (en 1949), seguramente el año mencionado en el título de su novela se veía muy remoto en el futuro. Lo mismo puede decirse de Arthur C. Clarke cuando la versión novelada de 2001, una Odisea Espacial apareció en 1968: 33 años en el futuro parecían mucho tiempo. Herrera Luque tiene la osadía – en un medio tan provinciano, timorato y alérgico a la innovación como el venezolano (donde sigue imperando la inercia dictaminada por “las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas”) – de unirse a la ilustre lista de autores de distopías futuristas con esta obra póstuma, encontrada entre sus papeles tras su repentino fallecimiento de un infarto en 1991. En mi opinión, 1998 es su obra más original: un irónico ensayo en política-ficción que rompe con su ya familiar tratamiento de la novela histórica para presentar algo nuevo, radicalmente diferente a lo que sus lectores estaban acostumbrados.
En el género que podríamos denominar “política-ficción”, lo importante no es juzgar lo “acertado” de las predicciones de un autor: Orwell situaba en 1984 cuestiones que se están haciendo realidad treinta años después (como la conformación de enormes bloques hegemónicos de poder y la oficialización de la mentira mediática para la manipulación de masas: recientemente incluso se habla muy orwellianamente de la post-verdad). Clarke, por su parte, pecó de excesivo optimismo al predecir que en 2001 ya existirían bases internacionales en la Luna. Las visiones futuristas de Herrera Luque (presidentes secuestrados llevados en helicópteros a islas del Caribe, masas de refugiados asediando Europa, países divididos por criterios racistas y xenófobos, conformación de un bloque indigenista en Ecuador, Perú y Bolivia…) quizás no se han cumplido exactamente como él las imaginó, pero hay que reconocer que a partir precisamente de 1998 empezamos a ver en este país acontecimientos sin precedentes en nuestra historia. Una nueva realidad para enfrentar la cual se requiere de una nueva mentalidad.
Volviendo a la temática de los Cuatro Reyes de la Baraja, cabe preguntarse qué ocurre después de la desaparición del Cuarto Rey: ¿quién es su Delfín? En 1998, obra que, según su prologuista Alexis Márquez Rodríguez, fue escrita probablemente antes de los Cuatro Reyes, se habla del Hombre de la Pipa y del inefable Gocho, el Elegido para continuar su obra, cuya conducta en el gobierno terminaría por distanciarlo del Cuarto Rey y Piache del Partido. El protagonista de la novela nunca es designado por su nombre, sólo se hace referencia a unas iniciales: C.A.P. El primer capítulo lleva por título C.A.P. UT, y desarrolla con fantasía humorística ciertas obsesiones que el autor ya había tratado en sus libros anteriores: el problema racial (hipócritamente negado pero decisivo desde los tiempos de Boves); las tensiones regionalistas que tienden a afectar la unidad nacional de Venezuela; los históricos conflictos con Colombia (y el quizás inevitable enfrentamiento con este país); el posible desenlace del prolongado y complejo reclamo territorial sobre la Guayana Esequiba…
Es claro que Herrera Luque no cree que un personaje como el protagonista de esta novela pueda ser algo más que un juguete en manos de los poderes hegemónicos del mundo, ya sean los británicos, los estadounidenses, los rusos o los chinos. Ese escepticismo sobre nuestras capacidades como nación es en el fondo un punto de vista típicamente adeco. Hagamos un brevísimo resumen del argumento de 1998: En un mundo distópico totalmente desintegrado por los conflictos raciales, Venezuela es dividida en cuatro estados diferentes: El occidente forma la República de Perijá, que incluye también el noreste de Colombia (después de una desastrosa guerra colombo-venezolana), aprovechando viejas aspiraciones de los zulianos y norte-santanderinos de emanciparse de Caracas y Bogotá; bajo el auspicio de los colonos blancos que han debido salir de Sudáfrica una vez que los negros se apoderasen de ese país. El oriente por su parte forma un nuevo estado que abarca la antigua provincia de Nueva Andalucía más la isla de Margarita. En cuanto a Guayana, es absorbida por un nuevo estado surgido de la desintegración de Brasil por obra de los grandes imperios que lo consideraban una amenaza. Venezuela queda reducida a una cuarta parte de su territorio, la región central, carente de las grandes riquezas petrolíferas y mineras situadas en las nuevas repúblicas secesionistas.
El sucesor del Hombre de la Pipa, convertido en presidente de un país arruinado, cae en el mayor descrédito. Su porcentaje de impopularidad se hace incalculable. A punto de ser nombrado presidente vitalicio de una Venezuela reducida a “un cuadradito, rodeado de rayones que digan Zona en Reclamación”, prefiere entregarse a los perijaneros. Allí empieza una nueva aventura y un nuevo avatar: convertido en C.A.P. AC, es designado por las grandes potencias (sin que él por supuesto lo sepa) para ser el soberano del nuevo Imperio Incaico, que se ha formado por la fusión de Ecuador, Perú y Bolivia después del triunfo de Sendero Luminoso. La intención de los poderes mundiales es destruir al Imperio Incaico; y el hombre que prometió manejar la riqueza con criterio de escasez, el que había regalado un barco a Bolivia aunque ésta no tenía mar, es visto por la Pérfida Albión y sus aliados estadounidenses (país que también se había escindido para evitar los conflictos raciales) como el más idóneo para la tarea…
Hay gente que sueña con el número que saldrá en la lotería, se lo juega y gana, pero eso no es profecía. Profetizar es arrojar una luz nueva sobre algo, quizás para revelar un significado más profundo. No hubo imperio incaico que resurgiera del triunfo de Sendero Luminoso, ni el último Inca fue un presidente derrocado de Venezuela. Pero pocos años después de 1998 apareció Evo Morales… nadie se lo esperaba, no parecía probable, nunca había pasado algo así, nunca los indios habían gobernado el país donde eran mayoría, como los negros en Sudáfrica. En Estados Unidos no se ha creado un estado-tapón para almacenar ahí a los inmigrantes indeseables (todavía), pero el señor Trump ahora quiere levantar un muro en la frontera mexicana… a lo mejor si le sugieren la idea y saca sus cálculos, la solución de Herrera Luque le resulta más rentable.
CONCLUSION
José Sant Roz escribe una crónica lapidaria sobre Francisco Herrera Luque. Según él, nunca hizo historia, “ni novelas (mucho menos), ni tampoco eso de lo que
se vanagloriaba: fabular.” De Bolívar apenas sabía “vaguedades”, y por eso presenta de él (en Bolívar en carne y hueso y otros ensayos) un retrato tan desfavorable como el famoso (¿o infame?) artículo de Marx: oportunista, manipulador, inescrupuloso, que recriminaba con su voz chillona a todo el que discrepaba con él. Además, también habla mal de Manuelita. En cambio, al referirse a Betancourt, se le sale el adeco por todos los poros:
“Aparte de no tener la vocación de poder que le atribuye la gente, Betancourt no sólo acepta las discrepancias (que el pérfido Bolívar era incapaz de aceptar), sino que parece disfrutar con ellas cuando son de buena ley”. Citemos ahora más en extenso a Sant Roz:
Pero no cesa su rayo adulador hacia el Brujo de Guatire y se explaya sin
control: “Betancourt es enemigo jurado del culto a la personalidad... En
el ejercicio de la Primera Magistratura deslindó con ostentación
pedagógica, las atribuciones del magistrado y del simple ciudadano reacio a
que su inmenso poder se proyectase en la esfera personal” (pág. 77). Es
decir, un hombre muy superior al Libertador, según su ensayo.
En mi opinión, es necesario evitar el culto a la personalidad, a cualquier personalidad, si uno quiere acercarse al menos a una forma real de conocimiento. Quizás el culto a Bolívar ha impedido que veamos con claridad ciertos episodios como la entrega de Miranda o el fusilamiento de Piar. ¿Por qué tenemos que pedirle a Bolívar que sea un ser perfectamente moral e infalible? Seguramente era un hombre, ni más ni menos, como Alejandro, César o Napoleón fueron hombres y conocieron la debilidad y cometieron errores. Y Betancourt también. Yo no le caería encima a este último aprovechando la coyuntura histórica. Además, compararlo con Bolívar es un ejercicio totalmente inútil que no conduce absolutamente a nada.
Herrera Luque tampoco será un dechado de virtudes, pero tiene sus méritos indudables: dejó una obra que todavía suscita discusiones interesantes, corrió riesgos, no fue una nulidad engreída y se ganó en buena lid un puesto en la memoria colectiva de los venezolanos.
Caracas, abril de 2017